Ser joven en Luján en los años ´70: estudiantes, militancia y los espacios que la dictadura quiso borrar

A partir de dos investigaciones locales, reconstruimos cómo era el movimiento estudiantil lujanense antes y durante la última dictadura.

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Cada 16 de septiembre, la Noche de los Lápices vuelve a instalar en la agenda pública una pregunta, ¿qué significó ser joven y estudiante en los años previos y durante dictadura? A nivel nacional, en las décadas de 1960 y 1970 las y los jóvenes se consolidaron como un actor social: en la música, en la moda, en el ámbito universitario y en la política, protagonizaron una cultura contestataria que cuestionó el autoritarismo vigente desde el golpe de 1966.

Ese protagonismo tuvo, sin embargo, su contracara. Hacia mediados de esa década, un amplio arco de sectores conservadores impulsó un proyecto para «restaurar el orden» sobre esa misma juventud, un proceso que la última dictadura cívico-militar llevaría a un extremo sistemático a partir de 1976, con el despliegue del terrorismo de Estado.

Luján no fue ajeno a ese proceso. Dos investigaciones documentales locales —el suplemento Memoria, Verdad y Justicia. El tiempo de los jóvenes, publicado por El Civismo en 2017, y Fuentes para el estudio de la historia reciente local, elaborado por la UNLu en 2021 a partir de un trabajo de extensión con escuelas secundarias— permiten reconstruir solicitadas estudiantiles y entrevistas realizadas por sus propios equipos de investigación, cómo era estudiar y militar en la ciudad, dónde se encontraban esos jóvenes y qué ocurrió con ellos a partir del golpe del 24 de marzo de 1976.

Ser joven en los años ’60 y ’70 en Luján

Centros de estudiantes

Una de las expresiones de esa juventud lujanense fue la Federación de Estudiantes de Luján (FEL). Según reconstruye la investigación de la UNLu a partir de una solicitada publicada en El Civismo en octubre de 1972, la FEL nació como alianza de grupos ya existentes: el Centro de Estudiantes Universitarios Lujanenses (CEUL), la Unión de Estudiantes Lujanenses (UEL) y centros de estudiantes secundarios y primarios (CESEL, CELL, CEPRIL).

Su asamblea constitutiva se realizó el 20 de julio de 1972 en el Centro Soriano, con la participación de sesenta estudiantes, y allí se definieron los tres principios que le darían identidad: federación, autonomía y democracia directa. El objetivo, según el texto de esa misma solicitada, era discutir y transformar el sistema educativo argentino «para hallar un sistema más acorde con el proceso de liberación que vive nuestra república y América».

En el suplemento de El Civismo, la docente e investigadora de la UNLu, Analía Gómez, sostiene que esas iniciativas implicaban «un cuestionamiento al sistema educativo, porque los jóvenes no encontraban el espacio donde poder debatir y organizarse». Las demandas no eran abstractas: una convocatoria de la FEL a una asamblea estudiantil, recuperada del periódico Aquí Luján de julio de 1972, incluía puntos como la libertad de expresión y el «uso de pelo y ropa según conveniencias y posibilidades».

Esa reivindicación cobra otro sentido a la luz de lo que cuenta Viviana Maestri, alumna de la Escuela Normal entre 1972 y 1976, en una entrevista incorporada a la investigación de la UNLu: describe un régimen escolar «muy militarizado», con inspección del largo de pelo a los varones y medición de polleras a las mujeres, además de una exigencia académica sin recuperatorios. Fue ese contexto, dice Maestri, el que empujó a buena parte de su generación a organizarse.

Militancia política

Además de la militancia estudiantil, gran parte de esa generación encontró en la Juventud Peronista y en la Juventud Guevarista sus principales canales de participación política. El primer núcleo de la Juventud Peronista (JP) local se conformó a comienzos de los años 70 en el barrio «El Quinto», integrado por militantes como David Vergara, Lorenzo Michelena y Carlos Casado. En 1972, diferencias sobre cómo desarrollar esa militancia derivaron en una división: por un lado, la Juventud Peronista Luján, que tras las elecciones de 1973 sumó militantes a la estructura del gobierno municipal de Humberto De Lucía; por otro, la Juventud Peronista Combativa, encuadrada en Montoneros, que profundizó su trabajo en fábricas y barrios.

A fines de 1973, un nuevo quiebre —vinculado a discusiones nacionales sobre el rumbo de esa organización— dio origen a la Columna José Sabino Navarro y a la Juventud Peronista Regional 8, que continuó militando en los barrios Zapiola, Ameghino y Lanusse. Entre abril y mayo de 1974, según documenta también la investigación de la UNLu con una nota de El Civismo de la época, esta última agrupación llevó adelante el Operativo de Movilización Popular «Eva Perón», trabajos comunitarios de construcción de veredas en esos mismos barrios.

En la entrevista que le realizó el equipo de la UNLu, Gustavo Fernández describe su acercamiento a la militancia como «un despertar, abrir los ojos, ver que había otras opciones». Relata que la lectura de textos de revisionismo histórico y el impacto de la Masacre de Trelew, en agosto de 1972, terminaron de definir su incorporación a la Juventud Peronista Combativa. Según ese mismo testimonio, la agrupación sostenía reuniones y charlas de discusión política en el Ateneo 26 de Julio —un espacio peronista del barrio El Quinto—, mantenía un vínculo con el gremio de los trabajadores telefónicos y acompañaba los conflictos fabriles de localidades como Jáuregui, además de realizar pintadas con consignas como «Luche y Vuelve».

Por su parte, la Juventud Guevarista (JG) —rama juvenil del Partido Revolucionario de los Trabajadores, formada en 1974— tuvo una presencia más acotada y peor documentada en la prensa local. La mayoría de sus militantes integran hoy la lista de desaparecidos lujanenses: Rubén Maggio, Graciela Erramuspe, Julio Navarro y Raúl Aguirre, entre otros.

Su trabajo territorial se concentraba en el barrio El Quinto y, especialmente, en el barrio La Loma —donde también estaba la casa de Dardo Dorronzoro—, y que buena parte de sus esfuerzos se destinaban a la difusión de la prensa partidaria del PRT, los periódicos El Combatiente y Estrella Roja. En una entrevista citada por esa misma investigación, el militante Arturo Laguado recuerda que esos periódicos «se repartían mucho», y que «fácilmente en Luján repartíamos 100 ‘Combas'».

La escasez de fuentes sobre la JG se explica, según ambas investigaciones, tanto por su corta existencia como por el impacto represivo posterior. En octubre de 1975, la agrupación colocó en el mástil de la Escuela Normal una bandera alusiva al aniversario del asesinato del Che Guevara, un hecho que las autoridades del establecimiento repudiaron públicamente y que derivó en un pedido de individualización de los responsables ante las autoridades educativas.

Espacios culturales

Antes de que existiera la FEL como tal, ya había en Luján espacios de sociabilidad que funcionaron como semillero de esa generación: La Canaleta Amarilla, un local en la calle Almirante Brown 226 que Isidoro González abrió en 1967 para dar clases particulares, preparar a estudiantes para sus exámenes y dictar talleres literarios.

Con el correr de los años, y sobre todo a comienzos de la década del ’70, se transformó en un punto de encuentro donde, además de estudiar, muchos jóvenes comenzaban su militancia en agrupaciones estudiantiles y políticas. Gustavo Fernández —que llegó a la Canaleta como alumno secundario— la describe como «un lugar de encuentro» donde se tomaba mate y se hacían guitarreadas, y recuerda que fue el propio Isidoro González quien impulsó la idea de crear «algo más al estilo de un centro de estudiantes», germen de lo que después sería la FEL. Por esa misma casa pasaron, según ese testimonio, futuros militantes como Rubén Maggio y Ricardo Palazzo.

El otro espacio al que ambas investigaciones dedican mayor desarrollo es la casa de Dardo Dorronzoro, poeta y herrero, en el entonces barrio La Loma. El suplemento de El Civismo reproduce una extensa descripción de esa vivienda escrita por su amigo Osvaldo Caldú, autor del epílogo de la reedición del libro Viernes 25: una casa «de sencillez extrema», con estanterías repletas de libros —desde los clásicos hasta Marx, Engels y la poesía latinoamericana— y una puerta sin cerradura, con una moldura secreta pensada para que los amigos entraran sin llamar. Según ese mismo relato, allí se cruzaban dos generaciones de militantes y artistas alrededor del debate político y la lectura.

La trayectoria de Dorronzoro lo ubica entre los fundadores del Ateneo Literario en 1968 —el grupo de escritoras y escritores lujanenses que editó la revista Más de Uno. El taller literario, que el propio Dorronzoro dictaba en su vivienda, funcionó, hacia 1974, como uno de los puntos de encuentro de la naciente Juventud Guevarista, además de su tarea territorial en el barrio El Quinto.

A esos dos espacios se suma el Cine Club 2001, creado en agosto de 1969. Según el listado de su comisión directiva, estuvo integrada por jóvenes que también participaban del Ateneo Literario, como Arnaldo Buffa y Claudio España, junto con Isidoro González, encargado de sus relaciones públicas y prensa.

Sus proyecciones no se limitaban a un local céntrico: se hacían en el salón municipal, en bibliotecas públicas y en distintos barrios de la ciudad. Con los años, la programación se corrió de un cine europeo inicial hacia un cine latinoamericano y argentino de fuerte contenido político. Para su ciclo de 1973, el Cine Club anunció en El Civismo la proyección de films como Operación Masacre, de Jorge Cedrón, La hora de los hornos y Perón: la revolución justicialista, del Grupo Cine Liberación de Fernando Solanas y Octavio Getino, entre otros títulos que —según la misma nota— buscaban debatirse con el público en distintos barrios. Esa fue, de hecho, la modalidad elegida en mayo de 1973 para proyectar La hora de los hornos junto con la Juventud Peronista, con el auspicio de la Dirección de Acción Social de la Municipalidad.

La Escuela de Arte, por su parte, fue fundada el 8 de junio de 1974 en un local de la calle Mitre cedido por la Basílica y funcionó hasta 1980. Ofrecía los profesorados de pintura, escultura y grabado, además de la carrera de técnico ceramista, y tuvo entre sus docentes a artistas de renombre nacional e internacional, como Emilio Renart, Roberto Duarte, Roberto Páez, Rodolfo Agüero, Orlando Svetlich y Francisco Cabestany Piñol. Dictaba clases en tres turnos y, según indica la investigación de la UNLu, al turno de la noche asistían muchos trabajadores.

Su sello distintivo era un programa de estudios que comenzaba por el arte latinoamericano antes que por el europeo; durante 1975, sus estudiantes realizaron murales y actividades callejeras además de muestras con sus propios trabajos. En la entrevista que le hizo el equipo de la UNLu, Beatriz Grafia, que ingresó en 1974 al Profesorado de Grabado, recuerda que encontró allí «un proyecto político, una mirada distinta», en un establecimiento que arrancó con 89 estudiantes distribuidos en tres turnos y que, sin embargo, cargaba entonces con cierto estigma en la ciudad.

En una nota de la revista de Clarín de septiembre de 1974, citada por ambas investigaciones, los propios docentes explicaban su filosofía pedagógica. «No los educamos para ‘genios’ o para ‘artistas’, sino para que puedan aplicar sus conocimientos a nivel social», señalaba entonces la profesora Hilda Duarte. En esa misma nota, una de las estudiantes, Graciela Erramuspe, entonces de 16 años, resumía el clima del lugar: «No hay ni siquiera un escritorio que separe a los alumnos de los profesores».

La dictadura y el cierre de los espacios

El golpe del 24 de marzo de 1976 no fue un punto final abrupto, sino la profundización de un proceso de acoso que ya se sentía antes. Según narra el suplemento de El Civismo, días previos al golpe un comando paramilitar irrumpió en la casa de Dardo Dorronzoro, la destrozó y secuestró al poeta, que fue liberado a los pocos días; meses más tarde, ya en dictadura, sufrió su segunda y definitiva desaparición.

La Escuela de Arte quedó bajo «un severo control»: su profesor de cerámica, Carlos Fernández, fue secuestrado y desaparecido, al igual que cuatro de sus estudiantes —Raúl Aguirre, Ricardo Palazzo, Hilda Vergara y Graciela Erramuspe—, la misma joven que dos años antes había hablado con orgullo de una escuela sin escritorios que separaran a alumnos de profesores. A esa lista, se suman los cuatro militantes desaparecidos de la Juventud Trabajadora Peronista —Juan Carlos Barroso, Pedro Núñez, Carlos Durán y Alfonso Orellana— y la mayoría de los militantes de la Juventud Guevarista local.

Según relata Analía Gómez en el suplemento de El Civismo, la dictadura prestó especial atención al ámbito educativo: en Luján, responsables del Regimiento 6 de Mercedes dictaron charlas ante educadores, padres y estudiantes en las que se promovía la «defensa de los valores de la civilización occidental y cristiana» y se invitaba a los adultos a vigilar a los jóvenes para que no fueran «arrastrados por ideologías foráneas».

Fuentes: 

  • Grande, Nicolás y Papaleo, Horacio (2017). «El tiempo de los jóvenes. Militancia política, cultural y social». Suplemento de El Civismo. Memoria, Verdad y Justicia, Nº1.
  • «Fuentes para el estudio de la historia reciente local. Luján entre 1966 y 1976» (UNLu, dirección Analía Gómez, 2021).
Julián Inzaugarat
Julián Inzaugarat
Politólogo de la UBA. Profesor de cosas. Peronista y Maradoniano. Hincha y socio del Club Luján. Envasado en 1994.

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