Cada 11 de septiembre en el calendario escolar se reconoce y agradece a quienes diariamente educan y siembran el futuro de decenas de estudiantes. Pero, ¿qué significa ser maestra y maestro hoy? ¿Cómo viven la tarea cotidiana dentro de las aulas?
Para tener esas respuestas, Ladran Sancho dialogó con diferentes educadores y educadoras locales que concluyen en un mismo escenario: la educación está siendo atravesada por el ausentismo, por problemas edilicios, dificultades económicas y un creciente desgaste laboral. Sin embargo, también aparece la esperanza como motor y la posibilidad de transformar.
Flavia Porto, profesora de Letras, define a la escuela como un escenario educativo que ha cambiado con los años: «Si uno piensa en la foto de una escuela de hace cien años atrás, aparece un tipo de docente, en un tipo de escuela, en un tipo de estudiante. Y la transformación que se fue dando a partir del transcurso del tiempo nos sitúa hoy en un pensamiento más crítico, en donde esa esperanza hay que tenerla alimentada».
Por otro lado, Porto reflexiona sobre el labor que tiene el docente en la actualidad, el cual va más allá de pararse frente al aula y transmitir conocimientos, alfabetizar, entre otras acciones. “Hoy mi trabajo tiene que ver con crear vínculos a nivel personal e interpersonal, con generar espacios interdisciplinarios”, explica. La tarea implica acompañar trayectorias educativas y comprender las problemáticas sociales, culturales y económicas que cargan las y los estudiantes.
Ivón Bicker, directora de una escuela primaria de jóvenes y adultos de Luján, describe aulas que funcionan como un reflejo de las desigualdades sociales, en el que llegan estudiantes con realidades diferentes, trayectorias atravesadas por la exclusión, el trabajo precarizado, las dificultades económicas, responsabilidades familiares y, en algunos casos aparecen situaciones de violencia, consumo problemático o conflictos con la Justicia.
Sin embargo, Bicker comenta que sería injusto mirar esas aulas solamente desde la carencia. Para ella, la escuela es un trampolín de oportunidades y enseñar en la modalidad de adultos significa generar condiciones para que una persona pueda recuperar la confianza en sí misma, que se puedan reconocer como sujetos de derecho, que puedan volver a pensar un proyecto de vida posible. Por eso, las escuelas muchas veces se convierten en un espacio de pertenencia, escucha y cuidado.
“La escuela por sí sola no puede resolver estas problemáticas sociales, pero tampoco puede ser indiferente frente a ellas”, plantea. Frente a eso, considera que uno de los mayores desafíos actuales es construir redes y trabajar junto con otras instituciones, familias y organizaciones comunitarias.
La complejidad de las aulas también llega a las escuelas rurales. Susana Luna es docente hace 25 años y desde sus últimos 8 ocupa un cargo directivo en la EP N°3. Describe a la actualidad como un momento complicado desde el carácter económico y social, considerando que la pandemia dejó una población más enojada, en la que ese malestar se transmite en las familias y a los niños y niñas.
Desde su experiencia señala que uno de los desafíos cotidianos que aparece en la institución es la dificultad para despertar el interés del estudiantado. Considera que el celular, las redes sociales y la inteligencia artificial ocupan un lugar central en la vida de las y los jóvenes, lo que resulta más difícil motivarlos mediante la lectura o los recursos tradicionales.
La EP N°9 de Open Door actualmente cuenta con 800 estudiantes. Las dificultades comienzan mucho antes de ingresar al aula debido a que la emergencia es edilicia. «Somos la escuela con mayor matrícula del distrito pero sin ser la escuela más grande», comenta su director Facundo Vargas y afirma que urge una nueva escuela en la localidad, principalmente en el barrio Luchetti. En esa misma línea, la docente Belén Rojas agrega: «No hay un presupuesto destinado realmente a la educación. Las escuelas se caen a pedazos y eso se siente todos los días».
Rojas comparte la realidad que convive dentro de las aulas: «Hay chicos que llegan sin comer y que no pueden estudiar con el estómago vacío. También hay quienes faltan porque no tienen zapatillas o porque cuentan con un único par que, si se moja o se ensucia, les impide asistir a la escuela». Las trayectorias discontinuas impactan en la producción de conocimientos y aprendizajes y una desvinculación con pares y con la comunidad educativa.
Sin embargo, frente a ese contexto poco motivador, las y los docentes encuentran motivos para reafirmar por qué eligieron su profesión. Bicker define su trabajo como un privilegio porque implica formar parte de las trayectorias de otras personas. Habla de pequeños grandes logros: alguien que consigue escribir su nombre, leer un texto, animarse a hablar frente a otros, terminar una etapa pendiente o volver a pensar en estudiar. «Esos momentos son los que hacen que todo valga la pena», menciona.
Luna encuentra esa motivación cuando un estudiante logra avanzar y lo comparte: «¡Dire, mirá, aprendí a leer, escuchame!». Rojas la encuentra en sus estudiantes a los que alguien alguna vez les hizo creer que no podían llegar lejos. Recuerda con emoción a una alumna de once años que le dijo: “Gracias, seño, porque vos crees en mí. A mí siempre me dicen que yo nunca voy a salir de acá”.
Ser docente en el 2026 implica mucho más que estar frente a un pizarrón. Es enseñar en aulas atravesadas por desigualdades, sostener trayectorias discontinuas, buscar recursos donde no siempre los hay, acompañar situaciones que exceden la formación profesional y trabajar mientras el propio desgaste también se acumula.
También, es acompañar a alguien a leer por primera vez, devolverle la confianza a quien pensaba que ya no podía aprender, construir un espacio de pertenencia o ayudar a alguien a imaginar un futuro diferente. Este 11 de Septiembre puede ser una oportunidad para escuchar a sus protagonistas, quienes todos los días sostienen el futuro.






