«Un sombrero es fundamental»

Lucas Caballero es clown hace 20 años. Su profesión lo fue acercando a la elaboración de un objeto que utilizó para hacer sus malabares: el sombrero. En su taller de Carlos Keen, recibe pedidos de distintos lugares del mundo, y nos cuenta los detalles de un oficio casi perdido.

En un mundo donde todos los haceres migran con rapidez hacia el territorio digital, ingresar a un taller donde se elaboran sombreros es, cuando menos, conmovedor. Hay algo llamativo en los espacios que fueron construidos de a poco, con objetos formando colecciones que develan, pese a su carácter intencionado, un colorido azar. Los objetos del taller de Lucas Caballero, ordenados siguiendo pautas desconocidas, generan en quienes los admiramos una sensación de maravilla y calma.

Hasta hace un siglo atrás, era muy común el uso de sombreros. Su adopción fue una utilidad y también una moda, una decoración, algo para terminar con la composición del vestuario en sí. Con el tiempo se fue perdiendo su uso, siendo hoy más utilizado en las artes escénicas, si bien algunas personas lo llevan todavía como accesorio. Es el caso de Lucas, quien sostiene que puede olvidarse el celular, pero nunca el sombrero.

Dentro de su taller, ubicado en la localidad de Carlos Keen, trabaja todas las madrugadas en sus creaciones. Muchas veces parte de ideas propias, aunque recibe además muchos encargos de distintos lugares del mundo: España, Estados Unidos, Hong Kong. El oficio de sombrerero lo llevó a descubrir mundos inesperados, en tiempos donde el regreso a lo manual es un regreso necesario.

—¿Cómo llegaste a este oficio?

Yo soy payaso. Hace más de veinte años que vivo del oficio del clown, hasta que me encontré con este oficio del sombrerero. Estudié cine, fotografía, circo, teatro. Hubo un tiempo en que estuve en una compañía y viajé bastante; en ese momento, trabajaba manipulando y haciendo malabares de sombreros, y llegué a ellos desde ahí; utilizándolos como objeto en escena. Es muy difícil encontrar sombreros, o sombrereras acá en Argentina, y en esa búsqueda tuve un viaje a Bolivia que duró seis meses; ahí aprendí el oficio, observando a las artesanas en la calle.

—Entre ese viaje a Bolivia y construir tu taller hay un lapso de tiempo. ¿Cómo se fue gestando la idea de ser sombrerero?

Recuerdo mucho a mis amigos de circo y de teatro que me decían que me dedique a esto. Al principio los sombreros eran para los espectáculos que hacía yo, pero después me empezaron a pedir, y así comencé a investigar y a buscar. Me acuerdo de un amigo con el que estábamos en un festival en Uruguay, en Paysandú; él me pedía siempre que yo hiciera un medio de vida de esto. Después de años, vio que los estaba publicando y me encargó cinco sombreros él. Hubo también una persona de la que me hice amigo desde el oficio del sombrerero, Arnoldo, que hacía las chalupas (zapatos) del payaso. Él se arriesgó mucho cuando decidió trabajar para payasos, y uno pensaría que estaba muy limitado, pero no. Se empieza a correr la voz, armas tu comunidad. Yo seguí mi intuición, y desde el primer día que arranqué fue tirarme al vacío, porque pensaba, después de 20 años de payaso, ¿a quién le vendo un sombrero?

—¿ Y a quiénes les vendes un sombrero?

A mucha gente. Me sorprende mucho que me llamen de Hong Kong, de España. En España está lleno de sombrereras, pero no que hagan a lo mejor de este tipo de sombreros, de manipulación. De muchos lados de Latinoamérica y de Europa hacen pedidos, me pone muy contento. En un momento crítico que tenía que ver con un vaciamiento muy grande de la cultura, que fue durante el macrismo, ahí potencié mucho este trabajo, aprendiendo cada vez más. La necesidad y el deseo me impulsaron a hacer crecer este lugar. Hay cosas que fueron muy llamativas: armarle doce sombreros a un circo en Estados Unidos o personas que los piden a partir de un títere, un muñeco. Siempre trato de resolver lo que me piden. Está buenísimo, pero lleva mucho tiempo porque son totalmente artesanales, no hay un trabajo en serie. Cada sombrero es único. Puedo repetir quizás algún modelo, pero hay cintas que las hice yo, o por ahí reciclo trajes, telas, armo los colores.

—Me imagino que los mirás y ves una historia…

A veces los miro y me acuerdo desde dónde me surge, por qué vino ese sombrero. A veces me piden a través de un vestuario, imagen, bosquejo. Muchos también han creado el vestuario a partir del sombrero. Casi todas son creaciones propias que he hecho. He creado también hormas de varias maneras, por ejemplo, hice una con un tronco de árbol y una motosierra. En base a esa horma (molde) hice un sombrero, lo empecé a vender y, hoy por hoy, es una de las galeras que más me piden.

Sobre el escritorio, se ve la horma creada para confeccionar un estilo propio de galera.

—¿Cómo es el proceso de elaboración contado para alguien que no sabe casi nada de sombreros?

Yo trabajo con fieltros de lana de oveja, todo moldeado a vapor. Arranco haciendo sombreros de manipulación más que nada; lo que hago es moldear el aro sobre el ala, lo que le genera bastante peso. El aro rígido permite que tenga buen giro, buen equilibrio, para poder movilizarlo. Tengo modelos que también hago para vestir, pero el 90% de mi trabajo es con gente de teatro y circo. Y siento que además estoy profundizando en ese espacio; porque más allá de que hay sombreros o sombrereros de vestir, quedan muy pocos que trabajen solo para artes escénicas. A lo mejor vos vas a un sombrerero o sombrerera y pedís un bombín con peso y que combine con tal vestuario, y es muy difícil que te lo hagan. Me ha pasado, por eso también entiendo al compañero que viene y me dice “necesito urgente tal cosa”, y a lo mejor para gente que no trabaja con gente de teatro o circo le es difícil ponerse en ese lugar, trabajar con cierta estética. Y a mí sí, me encanta.

La máquina de vapor del taller es fundamental para el moldeado del sombrero, hecho de paño de lana de fieltro.

¿Qué similitudes ves entre tu oficio de payaso y el de sombrerero?

Creo que yo llego acá después de una construcción de muchos años. Más allá del oficio del sombrerero, vengo construyendo una estética. Y ambos son oficios que requieren años de elaboración, mucha paciencia. Y llegué desde el payaso al sombrero, es decir al revés. El sombrero es un objeto hermoso que a mí me ha hecho jugar mucho; me atrajo como objeto. Dentro de lo que es el ámbito del malabar, fui decidiendo objetos y he profundizado y me quedé con las esferas de cristal y con el sombrero. Y justamente por no encontrar (después de mucho buscar) un sombrero para mí, es que me sumerjo en el aprendizaje del oficio.

—¿Cómo es un día de tu vida?

Soy de levantarme muy temprano. Más que nada en invierno, quizás 5:30 o 6 de la mañana. Son los momentos donde me gusta trabajar, con esa energía. A lo mejor en otras épocas curtía más la noche como espacio de creación. Pero me encanta la mañana. La energía está más predispuesta. Y me pongo a trabajar con diferentes cosas; tengo dividida la semana porque a veces estoy ensayando, y también hace poco empecé a dar dos talleres de clown: uno de adultos y otro de niños, aquí en Carlos Keen.

A los sombreros llegué desde ahí; empecé a hacer malabares y a utilizarlos como objetos en escena, y arranqué a investigar sobre eso.

—¿Cómo te ves en el futuro con respecto a este oficio?

Yo creo que lo voy a hacer para toda la vida. Cuando empecé a hacer sombreros y me alejé de actuar, me agarró ese vértigo de decir “no voy a ser más payaso, me parece”. Más todavía cuando se vinieron los años de pandemia. Gracias a esto pude seguir trabajando, porque solo con mi oficio de payaso no hubiera podido, hubiera sido muy difícil. Fue el momento exacto, porque yo ya estaba bastante fuerte con el oficio. Y cuando retomé a actuar dije, “no creo que lo deje más”. Y con esto me pasa igual, no creo que deje ninguno de mis dos oficios.

«Quiero quedarme conforme con lo que estoy entregando», afirma Lucas.

—¿Qué decisiones tomas a la hora de crear un sombrero?

Me gusta tener mis tiempos porque hay algo que tiene que ver con la forma en que lo produzco. Eso me enseño Arnoldo; a confiar y aguantar, porque es difícil, cuando trabajás con intermediarios, saber quién se lleva el sombrero, ni cuánto se lo cobran. No digo que no pueda hacerlo, pero prefiero trabajar con los tiempos reales de producción para no bajar la calidad. Es decir, quiero quedarme conforme con lo que estoy entregando. Confío en dar todo a esa intuición, en decir “es por acá”. Sé que lleva mucho trabajo y mucha entrega, porque lo tenés que construir todo vos, como un espectáculo: desde la creación. Hoy el arte es un producto y hay muy pocas cosas que movilizan desde otros lugares. Ojo, no digo que sea malo. Entiendo para donde va esa necesidad, pero yo prefiero otras formas. Trabajo mucho para tratar de mantener un criterio. No quiero resignar ni negociar cosas que para mí son importantes, eso obvio tiene sus costos, pero también tiene sus beneficios y sus frutos. Me gusta estar bien con lo que hago y que sea con su propio tiempo.

—¿Hubo sombreros en tu infancia?

Sí. Hay algo que recuerdo, y es que yo los veía siempre a mis abuelos y pensaba “qué ridículo éste con el sombrero”. Todavía  tengo los sombreros de mi abuelo, de mi tío abuelo. Ellos trabajaban en el campo y tenían sombreros de fieltro de panamá, de verano. No se los sacaban y cuando lo hacían les quedaba la marca. Yo no lo podía entender. Y ahora lo entiendo (risas). La verdad es que hace muchísimos años que estoy casi siempre de sombrero. Es raro, me puedo olvidar el teléfono, pero no el sombrero. Un sombrero es fundamental.

Para contactar con Lucas, podés hacerlo a través de su Instagram.

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