Un clima de época

Julián Sotelo
Julián Sotelo
Un bastardo de este tiempo.
No te metas en lo que no te interesa,
si la lluvia no ha mojado tu cabeza, que se ahoguen todos.
Ignacio Copani (1989).

El triunfo electoral de Javier Milei en noviembre de 2023 es una nueva manifestación de la victoria cultural de los valores neoliberales en Argentina. Una sobre una, se han ido imponiendo en nuestra vida cotidiana costumbres que han naturalizado las relaciones sociales en un presente continuo, donde el pasado no sirve y el futuro no importa. Lo único importante es el ahora, lo inmediato, lo urgente. Las “historias” y los “estados” en las redes sociales marcan el ritmo frenético que guía nuestros días en la tercera década del siglo XXI.

Este presente es consecuencia de un proceso histórico que comenzó el 2 de abril de 1976, cuando el Ministro de Economía de la Nación –José Alfredo Martínez de Hoz- presentó el plan económico del Proceso de Reorganización Nacional, el último golpe de Estado empresario del siglo XX. Sí, empresario. Porque los militares que dirigen las Fuerzas Armadas son parte de un entramado familiar y comercial que los vincula directamente con la clase dominante argentina –industrial, agropecuaria y financiera-, que son quienes articularon junto a la cúpula militar el modelo económico y represivo de revancha clasista, que llevaron a la eliminación de la cultura obrera construida desde finales del siglo XIX.

El gobierno constitucional de Raúl Alfonsín (1983-1989), siguió el camino económico monetarista marcado por Martínez de Hoz, a través del Plan Austral del 1985, que profundizó la dependencia con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). En paralelo, la caída del salario y la creciente desocupación hicieron crujir las formas de la solidaridad obrera, porque la pobreza y la marginalidad empezaron a soplar más cerca de la nuca. El “pueblo” se transformó en “gente”. Compartir lo que tengo –en cuanto solidaridad-, pasó a ser dar lo que me sobra.

El patrón, el empresario, dejó de ser el oponente, y pasó a ser el envidiado, el modelo a imitar. El responsable de todos los males de “la gente”, es el Estado. Así llegamos a 1991, cuando Domingo Felipe Cavallo presentó el Plan de Convertibilidad de la moneda que, a través de una Ley Nacional, garantizó el valor de la moneda, conocido como “un peso=un dólar”. La garantía de esta paridad fueron las empresas del Estado, que se vendieron una a una. ¿Qué empresario compra una empresa que no le garantiza un negocio, es decir, una ganancia?

En 1995 Carlos Menem fue reelegido como presidente de la Nación. Las consecuencias de su modelo de gobierno llevaron al estancamiento de la economía nacional. La rueda de auxilio fue el endeudamiento sistemático con el FMI, cuya canilla se cerró en el 2001. El malestar popular se venía manifestando desde finales de la década de 1980. Sin embargo, no logró constituirse como mayoría significativa hasta las jornadas de diciembre de 2001, cuando la bronca de “la gente” se sintetizó en la consigna “que se vayan todos”.

La caída del gobierno de Fernando de la Rúa se dio en un clima de hartazgo popular y ciudadano. Se trató de una multitud que mantuvo cierta cohesión social durante el año 2002. A partir del año siguiente, el proceso de recuperación de la economía argentina devolvió a cada persona al cuidado de su economía doméstica. Ese ha sido, -y es-, el triunfo cultural del neoliberalismo. Las movilizaciones han sido sectoriales desde entonces, con la excepción de los festejos del Bicentenario en el año 2010 y la celebración del mundial de fútbol en diciembre de 2022.

¿Por qué no nos organizamos para resistir y oponernos masivamente a los aumentos de precios de los alimentos, de los servicios básicos y de los combustibles? ¿Cuáles son las razones para que no reclamemos de manera multitudinaria por las condiciones de la salud y la educación o por el acceso al empleo, a la vivienda digna, tal como dice la Constitución Nacional en su artículo 14 bis? ¿A qué se debe que no veamos como una prioridad estratégica la defensa de la industria nacional, de los recursos naturales y de la soberanía alimentaria?

El individualismo presente es hijo del proceso histórico descripto brevemente en las líneas previas. Se ha logrado poner en el centro de la discusión los alcances de la pobreza y no los límites de la riqueza. La lógica del mérito individual late en la escena pública. Los contextos y los condicionantes no importan. Si un pibe o piba no va a la escuela o a la universidad porque no le alcanza para el colectivo, es un problema suyo como individuo, no de la política estatal que define el precio del bondi y también define el nivel de los salarios que ingresan en los hogares. Las necesidades individuales no son sentidas como cuestiones colectivas.

La pinchadura que sufrió el ómnibus legislativo del gobierno de Javier Milei es más consecuencia de su falta de muñeca para mover el volante, que de la movilización de las minorías intensas que venimos resistiendo las políticas neoliberales desde hace más de cuarenta años. El viernes 2 de febrero, mientras se reprimía en las calles alrededor del Congreso Nacional, en el interior se votaba en general la Ley Ómnibus.

Para desarmar el hechizo en el ombligo que el neoliberalismo nos impuso a sangre, fuego, desocupación, pobreza y marginalidad desde hace casi medio siglo, es necesario que armemos un gualicho –en su sentido originario- y que el chaparrón, se transforme en tormenta.

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Julián Sotelo
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Un bastardo de este tiempo.

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