Trabajar por una tierra con más igualdad y menos agroquímicos

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Foto: Julieta Brancatto

A los catorce años salió de Tarija, Bolivia, tras la muerte de su madre y su padre. Fue sometida a trabajos esclavos, con jornadas muy extensas y pesadas. Luego de huir de esa situación llegó a la colonia agroecológica en Jáuregui. Marta recuerda un pasado de explotación, cuenta su presente de lucha y sueña un futuro con mayor igualdad y sin agroquímicos.

De a cinco o seis, los pollitos se amontonan y se chocan atrás de una gallina negra u otra colorada. Algunos perros ladran, cuando ven llegar gente desconocida. Van saliendo de la escuela estudiantes y docentes. El viento helado dice que la primavera se va a hacer esperar, al menos, unas semanas más.

Mientras llega, se sigue cosechando la verdura de invierno, se lava, se preparan los bolsones para la venta. De vez en cuando se escucha un auto que atraviesa la Ruta 5 y se aleja a toda velocidad al sudoeste. El movimiento en la colonia agroecológica de la UTT es constante, pero tranquilo.

Marta llegó a la organización hace ocho años, por una compañera que la invitó a las reuniones. La idea era clara: tierra para quien la trabaja. “La idea era tener una tierra pero no queríamos que nos la regalen. En lugar de estar pagando un alquiler, queríamos acceder a un crédito blando, pero, por ser pequeños productores, los bancos no los firmaban”.

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Fueron largas las luchas, muchas reuniones y acampes, hasta llegar a un acuerdo con el gobierno. “Durante un tiempo nos decían que sí, pero no nos entregaban la llave del campo. Así que averiguamos dónde quedaban esas tierras que nos estaban prometiendo y nos vinimos”. Las primeras familias llegaron hace cinco años. Marta, con sus hijos menores, hace tres.

“Antes de entrar en la organización, trabajaba en un campo para un patrón. Allí, en primer lugar estaba producir y vender y a lo último estaba la salud del trabajador. Eso no les importaba.” Mientras narra ese pasado de trabajo insalubre, Marta señala los campos vecinos.

Su historia está marcada por lucha y resistencia. A los catorce años salió de Tarija, Bolivia, tras de la muerte de su madre y su padre. Llegó a Salta con su tía y unos años después se trasladaron a Córdoba. Allí era sometida a trabajos esclavos, con jornadas muy extensas y pesadas. Huyó de esa situación a los dieciocho años, con una familia amiga que la ayudó. Juntos viajaron a La Plata, ciudad en la que conoció la Unión de Trabajadores de la Tierra. A través de la organización arribó a las tierra del ex Instituto Ramallón, en Jáuregui, para producir desde la agroecología alimentos saludables.

La soja rodea la colonia. Con ella, el glifosato. “El lunes tuvimos que ir a la comisaría de Jáuregui a denunciar el uso de mosquitos para fumigar, llevamos las fotos y videos que nos pedían. El uso de químicos nos afecta a nosotros y también a los alimentos que producimos”.

Desde su labor cotidiana, Marta desafía y refuta aquella postura proveniente de productores que consideran imposible trabajar sin químicos. “Conocemos de experiencias que están sembrando soja agroecológica. Por eso sabemos que se puede. Por eso le decimos a los sojeros que trabajan con agroquímicos que vengan a ver nuestro trabajo, a conocer la biofábrica”.

“Cuando llegamos acá, con mi marido salíamos a las cuatro de la mañana a la quinta, no entendíamos por qué, cuando volvíamos, algunos recién estaban saliendo. Poco a poco fuimos entendiendo de qué se trata trabajar sin patrón, que podíamos adaptar nuestros horarios de trabajo a nuestras necesidades”.

“Antes, no tenía idea lo que era, por ejemplo, despertarme a las ocho o quedarme en casa hasta el mediodía con mi hija”, afirma mientras recuerda que en otros lugares era común ver a las mujeres salir a trabajar desde la madrugada con mucho frío, y sus bebés en la espalda.

“El trabajo de las mujeres campesinas es muy parecido al de una mujer en la ciudad, pero con distinto labor. Si estás todo el día en la oficina, sentada, te cansás. Si vas a la cantina, con el zapín y la pala, te cansás. Todo es trabajo. Después tenes que volver a la casa y seguir trabajando, preparar a los chicos para ir a la escuela, hacer la comida, limpiar.”

Gracias a los talleres de género impulsados por la organización, las y los trabajadores fueron conociendo muchas historias dentro de la comunidad que son muy parecidas entre sí. De ese modo, ella empezó a identificar el machismo cotidiano y estructural que sufren casi todas las mujeres de la comunidad. “Hoy en día voy entendiendo que la violencia no es solamente que te peguen, la violencia también es psicológica y verbal. De a poco vamos incluyendo esto en las charlas que tenemos con nuestros maridos.”

Estos talleres fueron la puerta a que muchas mujeres empezaran a expresarse, a contar lo que les pasaba y también a reconocer que en las situaciones naturalizadas, en realidad, sufrían violencia de género. Pero también ven un cambio en muchas familias. Los hombres tienen más participación en la crianza, están presentes en las reuniones del colegio y el trabajo en la casa se distribuye.

Mira lejos, no se sabe dónde. Se queda callada un rato, la siguen unos perritos. Quizás Marta piensa en su madre, un recuerdo borroneado por los años y los kilómetros. Quizás piensa en Milagros, su bebé, que la espera en casa, a pocos pasos; o en sus frutillitas, a las que, seguramente, también les canta. “En la organización todos tenemos un objetivo común que es estar bien. Y lo estamos logrando”, dice. Sonríe y entra a la casa, donde la esperan sus hijos. Ya es tiempo de descansar.

Fotos: Julieta Brancatto