La credibilidad del INDEC cabalga sobre una legión de malos resultados para el gobierno, pero esta columna no tratará sobre estadísticas y números. Se han destruido miles de puestos de trabajo y con ellos se resquebrajan y mueren miles de sueños, aspiraciones y proyectos subjetivos. Laburo, plata, tiempo, fin de mes: ¿Cómo abordar lo que está sucediendo? ¿Cómo lo afrontan hombres y mujeres?

Escribir sobre desocupación o desempleo remite a varios tipos de análisis en los que se pueden destacar dos: el político-económico y el psico-social. No me corresponde a mí, ni me considero capaz de referirme al primer eje que, por otro lado, es el más conocido y el más controvertido.

Entonces, sólo reflexionaremos sobre los efectos de este modelo en la vida cotidiana, en lo familiar y en lo subjetivo. ¿Qué pasa con un sujeto potencialmente activo que queda sin trabajo? Las palabras des-empleo, des-ocupado o des-pedido remiten, en lo psíquico, a estar en des-uso, generando muchas veces la sensación de “ya no sirvo” y “no puedo”, relegándonos a la frustración y al fracaso.

Lo que sucede, es que en estas sociedades el estar empleado nos posiciona en la cadena “producción-consumo-competencia”. En ella, la competencia nos ubica como meros objetos de producción y de consumo, aunque paradójicamente, y casi sin darnos cuenta, somos consumidos por el nuevo amo de fin de siglo: el mercado.

Antes de continuar, me gustaría plantear lo que para mí es una gran trampa, y es la de homologar dos términos: EMPLEO y ACTIVIDAD. Usualmente, se piensa que un sujeto empleado es un sujeto activo, si entendemos por actividad al mero hecho de levantarnos, desayunar (en el mejor de los casos), viajar, trabajar y volver a casa. En este caso, lo único que existe con seguridad es la actividad biológica, muscular o cómo se llame.

Foto: Nacho Yuchark. Cooperativa La Vaca. Despidos en Telam, la agencia oficial de noticias.

La actividad subjetiva pasa, no sólo por la producción de objetos o servicios con valor de mercado, sino por la actitud de creador, generando y produciendo otros bienes, espacios o hechos artísticos, lúdicos o sociales. Por lo tanto, alguien puede tener un empleo y no estar en actividad subjetiva, simplemente estar mecanizado, robotizado y harto del trabajo. Esto también genera malestar pero no lo plantearemos en esta oportunidad.

A pesar de que el empleo no es condición de actividad, sentimos que si nos despidieran el mundo se vendría abajo.

La situación que viven muchos jefes y jefas de familia que después de 15 o 25 años de servicio se quedan sin empleo, es compleja y necesita tranquilidad y valor para ser asimilada. La primera sensación es de bronca e impotencia por haber dado tanto y recibir ese pago. Pero luego, el enfrentar a la familia y mostrarse en desuso no hace más que angustiarnos y pensar “algo habré hecho” y, por lo tanto, “soy culpable”.

En ese momento, se abren las puertas a las enfermedades de la posmodernidad: estrés, depresión, ansiedad, adicciones, insomnio, irritabilidad y, sobre todo, la sensación de sentirnos un deshecho. Al parecer, este modelo genera muchos residuos que son desafiliados de la estructura social vigente. Las relaciones en el grupo familiar se trastocan y alteran.

Para la sociedad argentina, con una historia patriarcal y machista, el lugar del varón ha sido el del trabajo y el del sustento de las necesidades del hogar. Así es que, para el varón, el desempleo es vivido como una doble herida narcisista difícil de soportar. La proveedora pasa a ser la mujer o los hijos, siempre y cuando ellos trabajen, sino la situación empeora.

Tapa del diario Página12. Durante la década del 90 Cavallo mandó a lavar los platos a trabajadores de la ciencia.

Las necesidades económicas y emocionales perjudican la búsqueda de un nuevo empleo y generan malas elecciones, cayendo en manos de empleadores perversos que sacan ventaja de la desesperación del sujeto. Todo esto hace más precario el empleo y retroalimenta la inestabilidad familiar e individual. Por otro lado, están los jóvenes que actualmente son los más golpeados por la crisis.

Si sumamos la dificultad de encontrar un trabajo digno y la necesidad de muchos de abandonar los estudios para poder trabajar, consecuentemente cada vez son menos los capacitados para ingresar al mercado laboral, dejándoles a la mayoría sólo subempleos mal remunerados y la posibilidad de ser explotados en una extraña conjunción de cibernética y cadenas del siglo XVII.

Es común escuchar la idea de que no hay futuro y rápidamente se los señala con el dedo acusador. Pero la falta de modelos sociales que estimulen el trabajo, la superación individual y colectiva, el esfuerzo, etc., hace que aquella sensación se reactive permanentemente. Las salidas fáciles, como el juego, lo delictivo, la corrupción y las drogas, se presentan bastante seductoras para un joven al cual se le niega sistemáticamente el ingreso al mundo del trabajo.

La actividad subjetiva recreada en el trabajo es una parte esencial en la consolidación y desarrollo de la personalidad y de la vida de todo ser humano. Nos estructuramos en torno al trabajo y a la posibilidad de vivir dignamente. Nos estimula y desarrolla nuestras potencialidades, asignándonos un rol en la construcción colectiva de la sociedad. El desempleo, como nueva entidad de fin de siglo, atenta contra nuestra vida psíquica, afectiva, familiar y social.

Foto: Victoria Nordenstahl. Victor, metalurgico en una PYME de Luján.

Una alternativa posible son los grupos terapéuticos-comunitarios, para superar esta crisis. Si las políticas de salud mental permanecen ausentes, entonces deberán crearse espacios autogestivos en escuelas, clubes o centros culturales.

Estos grupos apuntan primero a generar un espacio de lazo social, tomando consciencia que no estamos solos ni somos los únicos en esa situación, para desde allí cuestionarnos, reflexionar y crear posibles salidas.

Salidas que superen el reclamo político (incluyéndolo), desembocando en proyectos de autogestión y cooperativos, en la certeza del encuentro con el otro. Entre todos podemos hacer algo, es decir, transformar la queja en producción subjetiva y colectiva.

 

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