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Luján
8 diciembre 2022

Relato de una viajera

Hace cuatro años, Anita tomó la decisión de hacer de los viajes un estilo de vida. En sus exploraciones constantes, fue conociendo una cotidianeidad que la enamoró.

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Desde una cabaña en el pueblito de Los Claveles en San Rafael, Mendoza, me llega por teléfono la voz de Analía Agliani. Suena entusiasmada y amorosa, con ganas de contar las cosas que le están pasando. Cada tanto, la charla se interrumpe para renovar la leña de la estufa, o calentar el agua del mate. Anita (así le dicen sus amistades y familia), viajera desde hace cuatro años, tiene la cualidad de renovarse en soledad y de hacer que los pequeños instantes duren, gracias a una libretita donde los va anotando.

En su libro “Una guía sobre el arte de perderse”, Rebecca Solnit habla sobre la necesidad de deambular. La pregunta sobre ¿qué hay más allá?, inherente a nuestra infancia, se materializa en los vagabundeos, y en la migración y los viajes, parte esencial de la historia humana. Todo movimiento ocurre por la necesidad de modificar algo y cada persona tiene (o busca) formas genuinas de realizarlo. Por eso, en una de las tardes más frías que tuvo este invierno, llamé a Anita para saber más sobre sus viajes.

“Fui muchos años payamédica. Y ahí daba notas siempre, pero es la primera vez que me hacen una nota con respecto a mi vida. Muchas veces me encuentro con gente que me dice Estás haciendo lo que siempre quise hacer y nunca me animé. Siempre estoy hablando con personas que me contactan para charlar, y siempre termino diciendo lo mismo: Se puede”, cuenta Anita.

Hipólita, la bicicleta con la que Anita comenzó su recorrido dos meses atrás. Se llama así en honor a su amigo Juan Hipólito, quien la ayudó a armar su viaje.
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—¿Cómo era tu vida antes de comenzar a viajar?

Estudié Licenciatura en Diseño de interiores y, mientras estudiaba, empecé a dibujar planos a una agrimensora. Eso continuó porque me dediqué diez años a la agrimensura. A los 23 me fui a vivir sola, como hace tiempo quería. Terminé de estudiar, y ya estaba trabajando. Estuve muchos años en una relación; tenía el novio, la casita, el perro, las plantas. Igualmente, había una contracara de todo eso: siempre estaba estresada o enferma. Había en mí algo no terminaba de cerrar, una inconformidad que me pinchaba todo el tiempo. Después me separé, se me murió el perro y me quitaron la casa que alquilaba. Cuando quise a irme a vivir afuera me pedían cuatro alquileres juntos. Pasé una noche angustiada, y al otro día me levanté y dije «con toda esa plata me voy de viaje; no hay chance que se los dé a una inmobiliaria».

—¿Y qué te dijeron tus allegados cuando les comunicaste que querías comenzar a viajar?

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Lo primero que hice fue hablarlo con una amiga, algo que no voy a olvidar nunca. Mi amiga me dijo «Y bueno, andá». En ese momento para mí era una locura. Pero empezó con la idea de un viaje para desestresarme. El objetivo del viaje siempre fue, y sigue siendo, encontrar un lugarcito donde pueda llevar la vida que quiero, lejos de las ciudades grandes, en un lugar más saludable. Esto fue a fines de 2017. Un día encontré un aviso en la terminal sobre una promoción de pasajes para Bariloche en enero. Me fui un 6 de enero de 2018. Desde ese día, nunca más volví a vivir en Luján. Solo estuve de visita.

—Tu medio de viaje es la bicicleta. ¿Estuvo desde el principio o vino después?

No, lo de la bici es de ahora. Empecé a tramarlo el invierno pasado, con mi amigo Juan que es un gran ciclista y viajero. Mi plan era apenas pasara la cuarentena, irme al sur y cuando terminase de trabajar ir con la bici subiendo por la ruta cuarenta. Después se alargó la cuarentena, entonces arranqué el viaje en bici cuando terminé de trabajar en El Bolsón durante el verano. Esto de viajar en bici es algo nuevo en mi vida. Tengo dos amigos viajeros en bicicleta, he hablado mucho con ellos y me remarcaron «vas a flashar con la gente».

«Cuando tomás la decisión de ser viajera y lo hacés desde el corazón y con confianza, siempre habrá gente que te ayude en el camino. Confío plenamente en la ley de atracción».

—¿En qué sentido lo decís? 

— Antes de viajar en la bici, yo caía a un pueblo con la mochila y siempre encontraba dónde dormir y dónde comer. Pero ahora, con la bici, eso se profundiza mucho más; no sé si damos lástima (risas), o si me veía muy mal cada vez que llegaba a algún lugar, porque fue un mes y medio de viaje y me pasaron cosas muy flasheras. El encuentro profundo con la gente está muy a flor de piel, muy disponible. En los pueblos la gente tiene otro ritmo. Me pasa que cuando voy a Luján saludo a la gente por la calle y a veces me miran raro. No digo que en Luján toda la gente sea así. Pero, ¡está pasando alguien al lado! En los pueblos te ven llegar en bici y la gente inmediatamente te quiere ayudar.

—Hablando del vínculo con las personas en tus viajes, ¿cómo venís viviendo esa parte en contexto en Covid?

En mis viajes siempre hubo mucha solidaridad. Incluso en este momento de mundo pandémico, me sorprendió porque yo pensaba qué onda caer a un pueblo, cómo se lo tomará la gente. De nuevo me encontré con gente muy solidaria, muy hermosa. Estuve años viajando a dedo, durmiendo en medio de la nada o en casas de familias que acababa de conocer, y nunca tuve una mala experiencia. Por supuesto que el peligro está y que me cuido, pero –paradójicamente– cuando más insegura me siento, es cuando regreso a Luján.

—¿Alguna anécdota que recuerdes de personas con las que te hayas quedado?

Tengo en mi memoria a todas las familias que me ayudaron, a les amigues que conocí viajando y también al tiempo que trabajé como refugiera en El Retamal. Conocí ese mundo de la montaña que es increíble. Con respecto a las familias, recuerdo que en San Martín de los Andes me alojó una pareja que, durante mi estadía en la casa, tuvieron a su primer bebé. A esa familia la contacté por la App de Coachsurfing. Era la primera vez después del coronavirus que intentaba alojarme con alguien desde esa aplicación. Cuando ella me abre la puerta, tenía una panza gigante. Había estado antes en ese lugar, pero nunca conecté así. Una madrugada, ella comenzó con el trabajo de parto, y fueron mamá y papá por primera vez. Yo no lo podía creer. Es alucinante ser parte de la vida de las personas de esta manera. La verdad, me considero privilegiada. Sea compartir un mate y que te dediquen ese rato o vivir estas cosas mucho más fuertes, todo es importante.

En El Retamal, refugio en el trekking de Cajón Azul (El Bolsón) donde cada temporada trabaja como refugiera.

—¿Tenés alguna forma de ir registrando estas anécdotas?

A veces no me doy el tiempo que quisiera con la escritura. Pero tengo una libretita donde voy registrando frases. Algo que una persona me dijo, o que escuché, y eso automáticamente me lleva a ese momento. Y cuando quise trabajar la poesía, poner de forma más poética lo que me pasaba, le escribí a Tita Martínez. Cuando aún no estábamos en pandemia, le propuse hacer un taller online y empecé a distancia desde San Juan. A partir de ahí, algunas vivencias salen en forma de poema. Es una terapia para mí, la escritura. Me ayuda a bajar, a pasar por el cuerpo y procesar cosas que me están pasando. Siempre tengo un momento de escritura, sea en la libreta o en el celular.

—¿Cómo es tu cotidianeidad hoy por hoy?

En este momento estoy en una finca donde viven varias familias en comunidad. Intercambio trabajo por mi alojamiento en una cabañita de aquí y por comida. Los viernes es el día de compartir, hacemos trabajos comunitarios. Ahora en invierno son trabajos más de mantenimiento de la finca. Hay un molino donde muelen trigo y hacen harina integral, venden frutos secos que producen aquí en la finca. Apenas llegué me metí en una cooperativa de vecinos que estaban haciendo dulce de membrillo, así que en parte de pago me dieron unos dulces de membrillo y ahora estoy intercambiándolos o vendiéndolos en la feria. En esta cabañita en el campo, estoy rodeada de un montón de familias hermosas con niñes que están escolarizados en sus casas, con su mamá y papá. Hay talleres que van proponiendo y así se aprenden un montón de cosas. Por ejemplo, hoy hay taller de carpintería y ahí hay 11 niñes, de 8 a 15 años y todos están produciendo algo, haciéndose banquitos, mesas. También hay talleres de apoyo escolar, de música, y con una de las chicas que es bióloga y ceramista estoy explorando el mundo de la cerámica, que es algo que quería hacer hace mucho tiempo, y se dio aquí en Los Claveles.

Anita en San Martín de los Andes

—¿Algún sueño o aspiración que tengas en el presente?

Mi objetivo, desde que me fui de Luján, es encontrar un lugarcito donde construir mi casa y vivir de una manera más saludable y armoniosa con la naturaleza. Entonces cuando me muevo, a veces paso por un lugar rápido, pero si veo o siento algo que me gusta me quedo dos o tres meses y lo estudio, veo si es un lugar donde me gustaría vivir. Es increíble el ritmo que lleva la naturaleza. Lo veo en los niñes que aprenden aquí. Todos los días aprendo que se puede vivir bien, se puede vivir tranquila. Que no necesitás tanta plata para vivir. Juega un papel muy importante el intercambio, por supuesto. Acá se ve que otra educación y otro modo de vivir son posibles.

—En uno de tus posteos decís que lo que hiciste años atrás fue un salto al vacío. ¿Qué te devolvió esa decisión?

Con todas las cosas que viví, conocí la plenitud. De una Ani totalmente enferma (porque toda la gente que me conoció sabe que siempre estuve enferma) pasé a tener un botiquín por las dudas que no uso nunca, porque jamás me enfermo. Mi decisión me llevó a sentir eso de que estás «en el momento correcto, en el lugar correcto». Viví momentos indescriptibles, y siempre fueron en comunión con la naturaleza. ¡Claro que esta elección incluye sus cosas no muy bonitas! pero también están las indiscutiblemente hermosas. Vivo en búsqueda, aceptando lo no tan lindo también y creciendo constantemente. Ya no planifico tanto; antes marcaba los mapas. Pero cuando descubriste el sentido de la plenitud para vos, lo que más querés es seguir viviendo esos momentos.

Para seguir los viajes de Anita, podés hacerlo por su Instagram.

Emilia Gutiérrez
Emilia Gutiérrez
Lic. en Cs. De la Comunicación. Escritora. Collagista.

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