¿Por qué vamos al teatro?

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Todas las prácticas culturales merecen, cada tanto, que nos detengamos a repensarlas. El teatro no es la excepción. Rocío Gómez Cortez acerca la pregunta y nos invita a la reflexión.

Hace no mucho tiempo, a mediados del siglo XX, el director polaco Jerzy Grotowski se propuso encontrar el elemento indispensable del teatro; la esencia, la médula, algo que explicara su supervivencia a través de los siglos, desde los antiguos chamanes, pasando por Grecia y el teatro isabelino, hasta la actualidad. Quiso exponer también, su desacuerdo con el pensamiento wagneriano de que el teatro es la combinación de todas las artes. La iluminación, la música, el vestuario, el maquillaje, el escenario, son sólo complementarios. ¿Qué es el teatro cuando se lo despoja de todos los adornos?

Grotowski escribe sobre el “Teatro Pobre” en una época en la que las industrias cinematográfica y televisiva ya lideraban el podio del entretenimiento, dejando al viejo teatro en un segundo lugar. Éste, sin embargo, no se daba por vencido, y eran cada vez más frecuentes las producciones teatrales fastuosas que incluían elementos innovadores a montones. Dichas presentaciones se valían del uso de pantallas, de juegos de luces, de escenarios movibles, de distintas tramoyas y efectos especiales que buscaban hacer de la puesta teatral una competencia para el cine.

Este teatro “rico” –rico en defectos- nunca podría alcanzar a la industria audiovisual, no importara cuanto presupuesto y tecnología hubiera detrás de él. Los veloces cambios de locaciones, los saltos en el espacio-tiempo, objetos (como un tren) o lugares (como el mar) reales sólo pueden aparecer ante un público gracias a la magia del cine. El teatro siempre será inferior en este sentido y Grotowski lo tenía muy claro.

Entonces, ¿qué tiene el teatro que el cine y la televisión no? O mejor dicho, ¿cuáles son los elementos de los cuales la puesta teatral puede prescindir? Hay teatro sin vestuario y maquillaje. Hay teatro sin música y sin números de danza. Hay teatro sin puesta de luces, humo, arneses. Hay teatro sin escenografía y sin elementos. Hay teatro sin un espacio de representación “tradicional” (un escenario). Incluso puede haber teatro sin texto.

Pero ¿puede haber teatro sin un actor en escena? No.

¿Y puede haber teatro sin un espectador que lo contemple? Tampoco.

Y así nos remontamos al teatro primitivo, al hombre prehistórico que contaba historias a los demás miembros de la tribu usando sólo su cuerpo y su gestualidad. Tal vez haya inventado “la máquina del tiempo” y no nos dimos cuenta.

Grotowski plantea que es esta relación actor-espectador la que hace posible al teatro, y que cuanto más “pobre” sea la puesta, cuantos menos artificios externos utilice, más auténtica será la representación.

Espectadores que suben a escena.

Ahora bien, el Teatro Pobre surge del actor. Él mismo es el teatro. El actor o la actriz hacen uso de su instrumento, y sólo de su instrumento, para contar una historia, para construir un personaje sin necesidad de ropajes que hablen por sí mismos, o para mostrarle al espectador que el escenario vacío es la cubierta de un barco o el castillo de un rey. Y así como el actor debe estar entrenado, también debe estarlo el público. Si el verdadero teatro es pobre, entonces el espectador teatral debe querer ser parte de este sacrificio que realiza el actor al despojarse de todo, al “quitarse la máscara” y mostrarse como es.

A Jerzy Grotowski no le interesan ni el espectador snob que busca mostrar cierto status social al asistir al teatro, ni el espectador ocioso que quiere despejar su mente una tarde de domingo. Que ellos se unan a un club de lectura o vean la televisión.

Aquel polaco soñaba con un espectador tan activo como el mismo actor. Un espectador que pueda identificarse (o negarse a hacerlo) con lo que ve en la puesta. El que se permite sentir el mismo dolor, la misma furia, la indignación o la alegría que el personaje en escena está sintiendo. Y así encontramos la esencia del teatro.

Los que vamos al teatro porque realmente queremos ser parte, lo hacemos por esa sensación única de ver a Antígona lamentarse frente a todos los ciudadanos de Atenas (que somos los espectadores mismos) ahí, en ese instante, en ese lugar. Es algo vivo. Algo presente. El teatro es la relación real que existe entre el público y los actores. Ellos pueden hacernos parte de su historia voluntaria o involuntariamente. En el teatro, Julieta despierta junto al cadáver de Romeo y los espectadores lo sentimos tanto como ella, sin la necesidad de ser influenciados por sangre falsa, música lúgubre, sets de castillos y montañas, o vestuarios medievales. Que esos adornos se los quede Netflix.

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