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Luján
3 diciembre 2022

«Por Cacho, por la Esperanza. Justicia»

A 30 años de su impune asesinato, la comunidad rinde homenaje al Padre Zaccardi. Desde Ladran Sancho recorrernos su biografía y algunas de sus reflexiones.

Sobre Zaccardi se escribieron cientos de notas periodísticas, se rindieron homenajes, cantatas, hay calles con su nombre en varias ciudades y se colocaron placas recordatorias en instituciones que atestiguaron su paso como hombre de la Iglesia y del pueblo.

Los testimonios se van amontonando hasta el punto en el que se vuelve indisociable la imagen del cura con el crecimiento de las barriadas populares por las que anduvo. Entre la gente que ya peina canas hay una especie de «antes y después de Cacho”. Sobre todo cuando se relata como llegó el asfalto, las luminarias, las canchitas de fútbol, comedores comunitarios, el puente de Acceso Oeste sobre la calle Libertad, las sociedades de fomento, casi una decena de capillas y un jardín de infantes.

Algunas fotos de archivo lo muestran alzando a su perro Epitalamio Doloso y con frecuencia aparece en archivos barriendo las escalinatas de la Iglesia tras los casorios, en un ritual que ocurría con los casados aún en la puerta y el sacerdote apurando el ritmo de la escoba para despejar el arroz del mármol y evitar que alguna doña se patine.

A 30 años de su asesinato, todavía impune, la comunidad le rinde homenaje y vuelve a pedir justicia por el pastor, el amigo, el compañero. Desde Ladran Sancho recorremos su biografía a partir del archivo documental, periodístico y los testimonios de vecinos y vecinas que lo conocieron.

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“Pasó haciendo el bien”

La biografía de Zaccardi parece guionada por San Pedro. Moldeada en fechas y sucesos que van orientando su vida al servicio religioso. Una anécdota familiar -reflejada en un documental colaborativo– narra que el parto contó con una particularidad que, según los obstetras, se da rara vez y a la que la tradición popular le atribuye la protección divina. Al nacimiento con la bolsa amniótica se la conoce, entre otros nombres, como el “manto de la Virgen”. Fatum o casualidad, José Lindor Zaccardi nació un 8 de diciembre de 1932, el día de la Inmaculada Concepción de María.

Junto a su perro, Epitalamio Doloso.

Se crio en Chivilcoy en el ceno de una familia de campo y durante su primera infancia colaboró con la alimentación y el cuidado de la producción familiar de cerdos. También entregó productos de granja y se ganó un apodo que lo acompañó en sus años de la primaria: «Queso». A sus ocho, y junto a su hermana Nélida y su hermano Nicolás, acompañaron el emprendimiento comercial de la familia, un almacén de Ramos Generales en su pueblo natal que para la época no supera los 40 mil habitantes. Ya de joven recibió instrucción en piano y mecanografía. Obtuvo su título de Bachiller del Colegio Nacional “José Hernández” en 1950 y antes de tomar los hábitos llegó a rendir en condición de libre algunas materias de abogacía en la Facultad de Derecho, de la Universidad Nacional del Litoral.

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Una opción por los excluidos

Zaccardi se ordenó como sacerdote un 17 de diciembre de 1960 bajo el lema “Gracia, paz y alegría”. Su hermana Nené recuerda que el tiempo previo a iniciarse como seminarista fue especialmente difícil para su padre y que la religiosidad que se practicaba en la familia era más bien popular. El llamado al sacerdocio no fue bien recibido. Sin viento a favor, se impuso su vocación y culminó la formación con una carácter más firme del que inició a sus casi 20 años.

Su primer destino fue la parroquia San Ignacio de Junín donde trabó una relación de confianza con la comunidad que le permitió realizar sus primeras obras barriales entre las que resalta la creación del templo de Nuestra Señora de Fátima.

Para 1969 fue enviado a Chacabuco como párroco de San Isidro Labrador. En este pueblo, aún más pequeño que Chivilcoy, comenzó junto a otros dos sacerdotes el desarrollo parroquial que frecuentaron decenas de jóvenes. Entre ellos se destaca el referente político Julián Domínguez quien en una visita a Luján recordó al cura que influyó decididamente en su formación espiritual y política.

Por instancia de su amigo y colega, el cura párroco Roberto Giecco, Zaccardi no tardó en sumarse al Movimiento por un Mundo Mejor (MMM) para ser dos décadas después su principal referente en América Latina y una constante molestia para la Cúpula de la Iglesia Argentina que había optado por su cercanía al poder y la indiferencia al pueblo más sufrido.

El movimiento nació como respuesta al llamado de renovación del Papa Pio XII a comienzos de la década de 1950 y que tiempo después desarrolló la “Nueva Imagen de la Parroquia” dirigida a las familias y la juventud con una fuerte impronta de descentralizar la presencia de la Iglesia en los territorios. El concepto de Justicia se fue transformando en uno de los principales temas de debate para cuando Zaccardi lo integró.

«Su obsesión era la Justicia. Es la virtud que para él resumía todo el pensamiento social cristiano», recuerda el cura Luis Jáuregui, uno de sus principales discípulos en Luján y ofrece anotaciones de Zaccardi sobre el tema.

«Todos los actos caen en el campo de la Justicia. Todos, hasta los que parecen más privados, tienen un aspecto social. Es lo que debe ordenar el bien común». Anotaciones del Padre Zaccardi. 

El cura combinó su formación en el movimiento con su trabajo en las comunidades de Chacabuco hasta el primer aniversario del Golpe de Estado perpetrado el 24 de marzo de 1976. Para entonces, su mensaje y su obra habían superado el umbral de la incomodidad que fijaba la Junta Militar y el Monseñor Tomé decidió resguardarlo en la Curia de la Diócesis.

Zaccardi junto al grupo del coro juvenil en Chacabuco. Archivo Literario de Chivilcoy.

«Nunca pudimos hablar con Zaccardi. La Iglesia lo sacó de Chacabuco. Hubo gente que lo visitó alguna vez y contaron que estaba muy triste. Que lo habían recluido a un archivo, entre papeles», testimonia para una trabajo académico la vecina de Chacabuco, Ana María Pregal.

Por medio de esta investigación realizada damos con un dato que explica el alcance de Zaccardi en tiempos de la dictadura. Así lo describen Juan José Chazarreta y María Soledad García Riopedre para el Instituto de Investigaciones Gino Germani de Facultad de Ciencias Sociales de la UBA: «El denominador común que une a los jóvenes desaparecidos de Chacabuco fue su participación en el coro municipal y en el grupo juvenil de la parroquia San Isidro Labrador dirigido por el Padre José Lindor Zaccardi».

Siguiendo los relatos que dan cuenta de cómo se iba forjando el carácter y la cercanía del sacerdote con su comunidad se hace imposible pensar que aquellos tormentos le eran ajenos. Otro dato parece confirmar cuál fue su respuesta a la violencia de la dictadura cuando en 1977 fue detenido por la Policía local de Chacabuco. Es a partir de entonces cuando el Monseñor Tomé decidió apartarlo de la exposición que tenía en la parroquia.

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La limpieza del patio interior de la iglesia

«La dictadura militar encontró al episcopado en un estado de ánimo propicio para esos argumentos. Los cambios copernicanos producidos por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y los documentos aprobados en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), produjeron una fuerte crisis interna en la Iglesia argentina; sorprendieron y desbordaron a los obispos, que no estaban preparados para encabezarlos y conducirlos. Los desenvolvimientos políticos de la década del 70, en parte producto de esa conmoción, terminaron por asustarlos. Su única preocupación consistió, entonces, en encontrar la forma de sacarse de encima a los perturbadores y volver al antiguo orden. Los militares se encargaron, en parte, de cumplir la tarea sucia de limpiar el patio interior de la Iglesia, con la aquiescencia de los prelados». Fragmento de Iglesia y Dictadura; Emilio Fermín Mignone.

Apartado de la comunidad, Zaccardi fue recluido al archivo y al trabajo administrativo durante toda la dictadura militar. Una «protección» que le causaría un profundo dolor pero que iría combinando con una mayor formación teórica y algunas experiencias en el sur del país. Durante este período registró varios viajes a Neuquén junto con grupos misioneros para trabajar en las diócesis de Jaime de Nevares, un referente en materia de Derechos Humanos, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Mientras las botas militares lo mantenían lejos del trabajo territorial, Zaccardi fue asignado como prefecto en el Seminario de La Plata donde termina siendo titular de la cátedra de «Doctrina Social de la Iglesia«. Corría 1980 y todavía faltaba un trecho para el recuentro del cura con su pueblo.

Como Párroco de Sagrado Corazón. Archivo: El Civismo.

Según recuerda Luis Jáuregui el asunto de la Doctrina Social de la Iglesia era una de los temas preferidos de Zaccardi. Las discusiones sobre el marxismo eran inevitables en un tiempo en donde el muro de Berlín aún permanecía rígido pintando al mapa mundial en dos colores: comunismo o capitalismo.

Las anotaciones de Zaccardi sobre el tema, recuperadas por Jáuregui, indican: «Ambas corrientes, tanto el liberalismo como el marxismo han sido cuestionadas por la Iglesia, y sin embargo a veces ocurre que parece que la única ideología peligrosa es el marxismo y no el liberalismo».

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«Mi vecino, mi hermano»

Entonces Cacho les dijo, asomándose a la puerta: – hay mucho auto estacionado, pero poca bicicleta.

Fragmento de la Cantata al Padre Cacho por Quino Luna.

Zaccardi desplegó un mapa que desbordaba el escritorio y con el dedo señaló todos los barrios de la jurisdicción de la Parroquia Sagrado Corazón. El territorio nacía en el centro de la ciudad y se extiendía hasta los límites en barriadas populares que no conocían el paso del asfalto ni de otros servicios públicos.

Es 1985 y hacía 8 años que el cura no tenía una parroquia a su cargo. Tampoco estuvo compartiendo la vida cotidiana de los barrios. La «limpieza del patio interior de la Iglesia», como describe Mignone, consistió en disciplinar, además de matar, torturar y desaparecer, a los perfiles populares de la Iglesia. Luego de la reclusión en la Curia, Zaccardi retomó su actividad plena desde en el centro de Luján. Su intención era expandir la presencia de la Iglesia a los barrios de la periferia, siguiendo los postulados de la «Nueva Imagen de Parroquia» que diseñó el grupo promotor del Movimiento por un Mundo Mejor.

Recién llegado, Zaccardi siguió recorriendo el mapa y le preguntó a un grupo de laicos: «¿Alguien conoce cómo se vive del otro lado de la ruta 7?».

El cura recibió gestos de incertidumbre. En el grupo de colaboradores que tenía su antecesor, el Padre Pico, aún no entendían para dónde iba la cosa. Durante las primeras charlas continuó la incomprensión pero Zaccardi avanzó con sus proyecciones. Todo el tiempo les repetía: «Mi vecino, es mi hermano».

A los pocos días mandó a pintar una pared de la parroquia de la calle Rawson con esa frase e inició las primeras caminatas por los barrios de la periferia de Luján.

Con la “Carta a los cristianos”, un boletín de reparto semanal comenzó a frecuentar a las familias creyentes mientras iniciaba actividades comunitarias con quienes eran más esquivos a la palabra del señor. “Nunca nos preguntó si éramos creyentes, escuchaba nuestras inquietudes sobre el barrio y enseguida empezaba a proponer cosas”, recuerda un vecino de Villa del Parque.

Otros testimonios resaltan la integración de personas separadas o divorciadas a los grupos pastorales, nada habitual por aquellos años en los que la Cúpula de la Iglesia encarnaba una enfática resistencia a la propuesta de Alfonsín.  El punto no es menor si se tiene en cuenta que desde 1979 el obispo de Mercedes era Emilio Ogñénovich, principal referente opositor en la lucha contra el divorcio y más tarde un socio imprescindible en la estructura de poder del menemismo.

Sobre el tema del divorcio no encontramos más que amplitud en Zaccardi para integrar a su círculo a quienes se pronunciaban en favor. En cambio, se registra que su superior movilizó a Plaza de Mayo en contra de la medida y reprendía a los hombres de la iglesia que no se sumaban. Las movidas incluyen la salida, por segunda vez en la historia, de la imagen de la Virgen del Santuario Nacional.

En ese contexto donde algunos curitas se distanciaban de la cúpula eclesiástica, Zaccardi seguía embarrándose los zapatos y la túnica por las calles de tierra del barrio Villa del Parque, Lanusse, Zapiola y Ameghino. Aquellos cuadraditos perdidos en el mapa empezaban a llenarse de nombres propios y apodos.

«Te imaginás lo que puede pasar si la gente descubre a Jesús», repetía a un grupo cada vez más numeroso que se sumaba a las travesías. En su mayoría jóvenes de entre 20 y 30 años.

En poco tiempo la paciencia y el humor del sacerdote fue despojando de prejuicios a la clase media y provocando el encuentro con el pueblo pobre. “La gente no entraba en la capilla, las homilías de Cacho se escuchaban desde la calle”, recuerda un feligrés.

El trabajo sostenido en los barrios populares que cruzaban la ex ruta 7 iniciaron con un salón de usos múltiples en Villa del Parque que más tarde transformaría en una capilla y comedor comunitario. Apenas se cumplía un año del arribo del cura a la parroquia Sagrado Corazón y pasarían otros 7 años hasta que esa capilla de Villa del Parque ganara el rango de parroquia.

A lo largo de su estadía en Luján, Zaccardi organizó a vecinos y vecinas para construir las primeras aulas del Jardín N°921 que hoy lleva su nombre y se sentaron las bases de una comunidad que continuaría gestionando la llegada del asfalto, servicios, sociedades de fomento, escuelitas de futbol y más capillas que formarían parte de la jurisdicción de la nueva parroquia Sagrada Familia.

Los y las vecinas con más antigüedad no disocian la figura del cura del crecimiento de los barrios y del entramado de entidades intermedias que surgieron durante la segunda mitad de la década del ´80. El anecdotario es interminable y difícil de conmensurar en los seis años que el cura dedicó a estos territorios.

Aquella primera obra en Villa del Parque, el Salón de Usos Múltiples convertida en Parroquia.

Como se ve, el trabajo eclesiástico se combinó con el comunitario y este a su vez iba permeando a la política. Homilías picantes para la época donde Zaccardi descargaba contra dirigentes y una clase media paqueta que miraba con desconfianza a la periferia y reclamaba por los más humildes. La renovación generacional y el pobrerío en bicicleta y alpargatas hacia ruido en las mesas más pudientes.

«Vayan y digan que es posible el amor, vayan y digan que es posible la paz, vayan y digan que es posible la vida. Vayan y díganselo al mundo de este tiempo. Vayan y díganselo a la Argentina de este tiempo, que tanto necesita escuchar este mensaje. Vayan y díganselo al Luján de este tiempo, que a veces se aplasta tanto que le cuesta marchar…»

Fragmento de una homilía del Padre Zaccardi. 30 de marzo de 1991.

***

A medida que “Cacho” se ganaba un lugar en los corazones de las barriadas de la periferia lujanense se ensanchaba la distancia con la cúpula de la Iglesia, especialmente con el obispado a cargo de Emilio Ogñénovich.

Zaccardi consiguió que el obispo le acepte el pedido para dedicarse de lleno al Movimiento por un Mundo Mejor. Asumiría la referencia en América Latina y le demandaría tiempo completo combinando viajes y trasladándose a Villa Soldati para vivir lo que reseñaba como «sus últimos años útiles de vida». Aún no llegaba a los sesenta años.

«Gracias de un modo especial a los más pobres que tanto me enseñan siempre», dijo durante una misa celebrada en junio de 1991 sin saber que serían sus últimas palabras en Luján. Se despedía de su pueblo para dedicarse a la “la animación de comunidades”.

Su discípulo y sucesor en la tarea parroquial en Luján fue Luis Jáuregui. Con una palabra define a Zaccardi: un Maradona.

Zaccardi durante un Domingo de Ramos recorriendo los barrios. Foto: archivo El Civismo

No había pasado un año desde que Zaccardi se despidió de su comunidad de Luján y estaba instalado en la Comuna 8 de Villa Soldati. Combinaba el trabajo en Argentina con viajes a Perú y Chile dando cursillos y organizando nuevas misiones.

Para entonces ya se había ilusionado y defraudado con al ascenso del peronismo al gobierno.

«Es el triunfo del pobrerío. Hoy les toca celebrar a los pobres», le dijo a Jáuregui tras las elecciones de 1989.

«¡Que desilusión, pobre Cacho! Con el paso del tiempo se veía que el rumbo era otro y que no lo podía entender. ¡Y eso que no llegó a ver lo peor!», recuerda Jáuregui.

Más crecía la desilusión de Zaccardi con el menemismo y más ascendían a los puestos de poder en la Iglesia quienes eran consecuentes. Ogñénovich fue uno de los representantes más destacados de estas facciones amigables al poder político y llegó a ser amigo y confesor del ex presidente riojano.

«Recuerdo sus broncas por las actitudes de la Iglesia ante el proceso o las «amistades» con el menemismo, la negación de algunos sectores a la teología y la praxis de la liberación…», dice Luis Jáuregui.

«Por Cacho, por la esperanza… Justicia»

El 16 de noviembre de 1992 la noticia empezó a recorrer las casas más humildes y los despachos más lujosos. El desconcierto fue, tiempo después, transformándose en impunidad.

Aquel mediodía cuando familiares y amigos de Zaccardi fueron alertados desde Santa Fe y Mendoza por la ausencia del cura en un cursillo que debía dictar como principal orador enfilaron para su casa en Villa Soldati.

Para cuando su hermana y su cuñado llegaron la policía ya había ingresado y revisado el lugar. Demoraron varios minutos en dejar entrar al cuñado de Zaccardi y fue entonces cuando los gritos resonaron en toda la villa:

«Lo mataron, lo mataron», confirmó al salir.

El cuerpo del sacerdote yacía boca abajo en una cama, a poca distancia de un importante charco de sangre. Los tormentos sufridos daban cuenta de un crimen con un sello mafioso. Una mensaje, una advertencia. Las manos atadas tras la espalda en un juego de nudos que se conectaban con las piernas, cruzadas y dobladas, y a su vez, rodeando el cuello hasta el punto de la asfixia. Una mordaza que volvía imposible cualquier pedido de ayuda.

A los pocos días Zaccardi fue despedido en una misa en la que el obispo refería al «fallecimiento». La palabra asesinato no fue nombrada y los intentos por acallar el crimen lograron permear toda la investigaciones judicial en el marco de la causa Nº55066 que tramitó el Juzgado de Instrucción Nº5.

Movilizaciones populares para pedir «Justicia» por el cura asesinado. Archivo: El Civismo

Las marchas del silencio fueron transitando por los barrios por los que anduvo el cura y el centro de la ciudad de Luján. Vecinos y vecinas de Chacabuco, Junín y Chivilcoy se sumaron al pedido de Justicia y se encolumnaban tras una bandera que rezaba: «Por Cacho, por la Esperanza… Justicia».

Durante varios noviembres el Concejo Deliberante de Luján aprobó resoluciones dirigidas al poder judicial pidiendo el esclarecimiento del crimen y en alguna ocasión también lo hicieron desde el Congreso Nacional. Los informes en respuesta hablaban de una investigación detallada pese a la cual no se determinaban autores materiales ni instigadores intelectuales. Mucho tiempo después, supieron en las comunidades movilizadas que la causa había sido archivada un año después del asesinato del cura.

A 30 años de su impune asesinato la comunidad de Luján retomó una grilla de actividades que se iniciaron con una muestra fotográfica y de archivo periodístico, continúo con la cantata y finalizará con el estreno de un documental colaborativo y una misa el 15 de noviembre en la Sagrada Familia.

Entre las actividades resaltamos una en particular que explica la continuidad de Zaccardi más allá de su ausencia física. En el Jardín de Infantes de Villa del Parque, que lleva su nombre en homenaje al impulso que dio a la creación de la institución, los y las más pequeñas esbozaron su retrato y explican la importancia del Padre Cacho para esta comunidad.

Retratos del Padre Cacho por niños y niñas del Jardín de Infantes 921

Foto de Portada: Archivo El Civismo

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