O’Kif-MG, el oficio de ilustrar codo a codo

Mónica Gutiérrez y Alejandro O'kif abren la puerta de su casa a Ladran Sancho. Una invitación a sumergirnos entre lápices e historias, en el mundo de la ilustración.

Por los bulevares de la Avenida España algunos chicos caminan a casa después de la escuela, un grupo de gente hace gimnasia o pasea el perro y otros andan en bici despacio, dejándose entibiar por el sol del mediodía. Un poquito más allá, pasando la avenida, viven Mónica y Alejandro. 

Tal vez algún día, revolviendo y revisando la biblioteca de la escuela, hayan visto esa aquella firma O’Kif-MG. Quizás conozcan sus trabajos más no sus nombres, o en una de esas jamás se hayan preguntado quiénes son los responsables de crear esos dibujos que abren la puerta de la imaginación en las tapas de los libros. Aquí, se lo contamos todo. 

Más de sesenta tapas llevan las líneas de Alejandro y los colores de Mónica, la edición de Loqueleo del clásico «Un elefante ocupa mucho espacio», de Elsa Bornemann, «Chat Natacha Chat, de Luis María Pescetti, y «Un Cuento de amor en Mayor», de Silvia Schujer, son solo algunos, pocos, títulos que ilustraron….la lista real es interminable.  

A lo largo de los años,para los casi veinticinco que trabajaron juntos el mundo cambió y también lo hizo el oficio al que se dedican. Después, aquella firma colectiva quedó atrás. Cada uno tomó caminos diferentes que, igualmente, los encuentra trabajando codo a codo en el taller de Luján.

La ilustración es una herramienta de comunicación explica Alejandro. La imagen no decora, sino que también cuenta la historia. Foto: Victoria Nordenstahl.

Mónica y Alejandro son oriundos de Rosario, pero vivieron y trabajaron en Capital Federal y en Francisco Álvarez antes de aterrizar en Luján, ciudad que ambos consideran similar a su tierra natal. Cuando piensan en los inicios de su oficio recalcan que son historias bien distintas, con motivaciones y escenarios particulares que los llevaron a hacer del dibujo una carrera y un trabajo. 

Alejandro O’Kif conoció la ilustración como un juego desde niño, ya que su padre era ilustrador publicitario. “Mi papá me sentaba en una mesa con cartulinas, pinceles, témpera o tinta, acuarelas, lápices de colores, y me decía sentate ahí, no jodas, dibujá”.

Además de los materiales, Alejandro tenía contacto con la información porque en el taller de su padre tenía acceso a libros y revistas que desarrollaban el lado teórico de la disciplina. “Para mí fue entrar en un mundo maravilloso”, recuerda, “y fue dándose de manera muy natural porque para mí era como un juego”.   

Al terminar la escuela secundaria, Alejandro evaluó que la ilustración no era una profesión que pudiera dar garantías a la hora de ser redituable. En busca de un futuro más o menos estable, comenzó a estudiar ciencias económicas…“No me sirvió para nada. O, en realidad, me sirvió para darme cuenta que tenía que estudiar Bellas Artes”. 

El trabajo de las y los ilustradores se digitalizó, sin embargo, para Mónica y Alejandro, una parte del proceso creativo sigue siendo análogo. Foto: Victoria Nordenstahl.

“Empecé a trabajar para editoriales haciendo ilustraciones de notas políticas para un diario, haciendo humor gráfico”, después, cuando apareció la Revista Fierro cerca del ‘84 volcó su trabajo al cómic y siguió diversificando sus dibujos: “lo importante para mí era dibujar”, recuerda. La Urraca fue la editorial que lo trajo desde Rosario hasta Capital Federal. 

Mónica no tardó en sumarse al equipo, un poco por necesidad, explica ella. Por aquellos años, la Revista Billiken publicaba historietas de cuatro páginas con títulos clásicos como La Guerra de los Mundos, de Orwell. En esas publicaciones O’kif hacía el plantado y la resolución de la línea y Mónica hacía el color.  

«Nos vinimos a vivir a capital de muy jóvenes, teníamos un bebé de tres meses y una necesidad laboral”, expresa Mónica,y agrega que “Alejandro trabajaba en relación de dependencia y a parte hacía sus trabajos particulares en casa, fue un momento de pico en su carrera y no daba a basto. Ahí decidimos que podía empezar a ayudarle, así comencé a pintar sus historietas con fibrón». 

Mónica estudio diseño de interiores durante algunos años y también cursó en la Escuela de Bellas Artes «José Pipo Ferrari». La mayor parte de su carrera, explica, la construyó de forma autodidacta. Foto: Victoria Nordenstahl.

Así Mónica se metió de cabeza en la ilustración, «después de mucho tiempo con los fibrones pasé al pincel y tintas, alguna que otra página arruinada… hacer el trabajo fino de limpieza con cloro, fui aprendiendo el oficio a prueba y error, trabajábamos todo el tiempo, mucho», recuerda.  

A la par de estas publicaciones infantiles para Billiken, Alejandro trabajaba en historietas para Italia y Argentina junto a Carlos Trillo y Guillermo Saccomano, “dos semidioses que han formado el género de la historieta en Argentina” ,cuenta él. De esas épocas quedaron títulos como «CaZados», «De-Generaciones», «Iggy» y «Leticia Imagina». 

Para Mónica, uno de los momentos más difíciles vinieron con el desarrollo tecnológico. «Un día nos dijeron mirá, para el mes que viene todos estos dibujos que vos traes originales tienen que estar en archivos digitales». De esa manera, las editoriales se ahorraban al menos un 70% del costo de montado y fotografiado, «así fue, nos dijeron que teníamos un mes».

«Ilustrar no es otra cosa que ir solucionando problemas. Una vez que pusiste el lápiz sobre el papel es buscar, buscar y buscar» explica Alejandro O’Kif. Foto: Victoria Nordenstahl.

«Fue una carrera contra el desconocimiento total, compramos una computadora, ¿y? los libros venían en inglés, era imposible, quisimos hacer un curso. El flaco tenía la computadora y los veinte alumnos sin computadoras, llegaba a mi casa y me sentía peor que antes».

Por el día Mónica hacía el trabajo análogo, pintando a mano para mandarlo a scanear, por las dudas que fallara, y por las noches se quedaba despierta para aprender a hacerlo en la computadora. «Más de una vez quise tirar la computadora por la ventana», bromea sobre aquella etapa desesperante, «no había nadie que te ayudara a resolverlo». Mirándolo con perspectiva, Mónica y Alejandro opinan que las computadoras son una herramienta muy útil, sin embargo, rescatan algo del trabajo analógico, de mancharse las manos con tinta.

Analizando también cómo cambió el mundo de la ilustración desde un enfoque de género, ambos coinciden en que la presencia de mujeres se fue incrementando en las últimas décadas. «Las redacciones de diarios eran ultra-machirulas», recuerda Alejandro. «Creo que el quiebre fue en la época del destape español, cuando salió por ejemplo la Revista Sex, al comienzo de los ’80, empezaron a aparecer mujeres». Mónica suma que en el mundo editorial era un poco más igualitario. Sin embargo el humor gráfico o la historieta siguen siendo mayormente desarrolladas por varones.

Codo a codo, comparten taller en el patio de su casa. Una guitarra, discos, y algunos de sus trabajos los acompañan en el quehacer cotidiano. Foto: Victoria Nordenstahl.

«Seguimos siendo un equipo», dice Alejandro, aunque los años de O’Kif-MG hayan pasado. Ahora, Mónica desarrolla su trabajo en el mundo de la literatura infantil y, sobre todo, fuera del país, con ilustraciones, por ejemplo, para adaptaciones de clásicos como «Three little pigs and a lone Wolf» (Los tres chanchitos y un lobo solitario), o «Bink and Slinky’s Ark Adventure» (La aventura en Arca de Bink y Slinky), entre otros.

En Luján, tanto Mónica como Alejandro, participaron de las ilustraciones para el libro «Las lunas de Lirba», de María Paola Arguello, una poética fantástica que homenajea a Liliana Bodoc, editado este año por el sello Amalgama. Con ansias, comentan que en el mundo de la cultural, en Luján, está todo por hacer.

Sobre la organización de las y los ilustradores en nuestro país por el reconocimiento de sus derechos laborales, comentan que existe al Asociación de Dibujantes Argentinos (ADA). Algunos reclamos históricos tienen que ver con la autoría de los textos ilustrados, que mayormente se les reconocen solo al escritor, otros están relacionados con derechos de todos los trabajadores, como la inclusión en un sistema previsional.

Interrogados por sus influencias, Alejandro recuerda una idea de David Bowie: «Él decía que David Bowie no existía como tal sino que era una mezcla, una especie de bolsa donde iban a parar un montón de egos y el tipo mezclaba e iba armando determinadas cosas. A todos nos gusta mucho el trabajo de otro, lo miras, lo ves, lo copias, lo aprendes, lo procesas y sale otra cosa distinta, con una identidad propia. Hay influencias que no te las podes sacar nunca de encima».

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