Ocio Programado. Capítulo 10

Ladran Sancho abre una puerta a la combinación entre artistas locales. Viajes, existencia, lo aparente y la superficie en este domingo de encuentro entre Inti y Fátima para un nuevo ocio programado.

POEMA II

Cierra la puerta
del jardín
y deja detrás
la piedra
que arroja la mano
Sabes
que los pájaros negros
escurrirán
su cuerpo de escamas
a través de la luz
y es mejor cerrar los ojos
no mirar y perdernos
el color
que figuramos
en el arte
y que gritemos fuerte
para oírnos
callar
lo que sentimos
y que no sé
giraste la llave
perdimos el color
tropezaste con la piedra
y tomé la mano
sin gritar
los pájaros negros
reptaron hacía mi
y al desplegar
sus alas
tiñeron el verde
tuve la intención
de detenerme
ante la pávida voz
que simulaba
y no
no pude
no quise
es que no sé
ya cuando
evanescimos el jardín.

POEMA I

Llueve aquí dentro mientras
alguien llora fuera.
El escándalo en su destello se luce
y un escalofrío recorre mi piel.
Las persianas semi abiertas,
o semi cerradas según la condición,
desdibujan la claridad que escasea en la sala.
El recuerdo de un amor
se mece en la hamaca con aroma de flores,
vino y café.
Las gotas de mi ventana vacilan,
escogen el camino seguro,
y atraídas por la gravedad se dejan caer.
Ya no recuerdo que se siente.
El té perdió su calor en un olvido
y heló el corazón que en él naufragaba.
Nunca exigí tener a mi lado
aquello que no deseé lejos.
Las primeras gotas
llevan consigo presagios de petricor.
Y aquí tan en vela nos trae el amor,
que no reparamos en hacerlo.

POEMA IV

Algo
no decimos,
pues
no tiene nombre.
Significamos,
resignificamos,
pero
no tiene nombre.
Es como sí…
pero
no tiene nombre
y no se puede decir.
Eso,
discutible,
evidente
e innombrable
que existe,
pero sin nombre.
Creo se lo robaron.
Lo mintieron,
lo sepultaron,
que no exista
y existe igual,
pero sin nombre.
Es algo,
no pasa
y sucede
sin nombre
entre vos,
yo, ellos,
aquellos,
y los otros.
Algo
que no tiene nombre
estamos queriendo decir.

POEMA III

Tengo miedo,
de que los techos oculten la aurora
y en mí no salga la luz.
De que los pasos del humo,
vueltos el amanecer,
nos narren al oído
la impropia felicidad.
Tengo miedo,
de abrir los ojos
en tus pupilas,
otra vez, cada vez,
y nos preguntemos a diario
¿Tal así es lo impuesto?
Tengo miedo,
de que no te gusten los colores de mi casa
y nos aborrezca la vida al pasar.
De que seamos el lamento
incruento,
el une del otre
sin más.
De que todo ese viejo armazón
nos desvista con su amargura
y cómodos nos quedemos
acortando el camino.
De que en tu vaso de vino
yo vuelque mi copa
y la vida sorda
nos bese la cara.
Tengo miedo
a la vuelta invisible
de la apariencia.
Y disipar
lo quiero.

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