Foto: Victoria Nordenstahl

En voz propia, testimonios de trabajadores desprotegidos en la maderera Kopruch.

Damián, el primer valiente. Da un paso al frente tras meses de silencio y disciplina. «Yo lo entiendo, lo hace por nosotros. Tenemos una familia» explica su compañera de vida, Alejandra. Están frente a la maderera Kopruch junto a familiares y amigos que con pancartas y aerosol intentan exponer una realidad tapada. «Basta de violencia patronal» o «trabajadores, no esclavos» resumen un historial de maltrato, abandono y negligencia por parte de los herederos de Carlos Korpuch.

A Damián lo rajaron por pedir licencia psiquiátrica tras sufrir un accidente que le quitó los dedos de su mano y el abandono en la planta. A partir de su historia, otras empezaron a salir a la luz y encausarse en una demanda que la empresa desconoce.

Dante, hermano de Damían también se movilizó este mediodía. Tiene tres hijos que ahora banca con changas como albañil pero durante varios años supo ser oficial en Kopruch, aunque figuraba como peón y cobraba la mitad de su sueldo en negro.

Por aquellos años vio despidos, maltratos, asistió a su hermano cuando una amoladora le arrancó los dedos de su mano útil y presenció el fallecimiento de un joven a fines de 2008. «Yo estuve cinco años en blanco y uno en negro. En el recibo figuraba que me pagaban ocho horas por día pero yo laburaba doce. Eso lo pasaban en negro. Otra de las negligencias que vi es el accidente de Matías Emanuel Espinelli cuando lo mandaron a limpiar unas canaletas a las siete de la mañana sin ninguna medida de seguridad» contó con la voz entrecortada.

Disciplinar. A Dante le llegó la baja hace algunos meses tras pedir la recategorización que le correspondía hace tiempo: «A mi me echaron por pedir la categoría laboral que me correspondía. Yo tenía la categoría de peón y me correspondía la de oficial. A mi me despidieron sin pagarme nada, me echaron como a un perro y tengo una familia, tengo tres chicos».

La vida de los laburantes sigue, pese a todo, con la prioridad puesta en traer el mango a casa. Alejandra lo explica y recuerda por lo que tuvo que pasar su compañero Damián: «Él llegaba y estaba pálido, nervioso, con los ojos llenos de lágrimas porque había visto un accidente. Un compañero se había cortado y es increíble pero hasta el día de hoy no hay una gasa para contener la sangre y poder curar. Muchas noches no pudo dormir por lo que veía adentro. Cuando él se amputa los dedos se tuvo que hacer un torniquete con su propia campera para no desangrarse mientras que el hermano pedía una gasa y le decían que no tenían. Después del accidente llegaba a casa y me comentaba que le hacían usar las máquinas para cortar una madera y que no podía decir que no porque lo despedían».

Las historias se repiten, aunque no todas aceptan salir en público. Hay temores y complicidades. También silencios, de esos que aturden. Más de 60 empleados en la planta de Kopruch padecen el mismo abandono y desprotección. Una realidad que debe empezar a cambiar.

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