La crisis sigue pegando fuerte en las familias laburantes. ¿Cómo es campear el temporal económico desde abajo? Ladran Sancho compartió una jornada de laburo con Alan, vendedor de huevos a la vera de la ruta.

Mi nombre es Alan Lutte, tengo 29 años y soy padre de familia. Desde 2009 hasta marzo de 2019 fui empleado metalúrgico. Al quedar marginado del sistema laboral tradicional y después de haber entregado más de 40 currículum y no tener ningún llamado de ninguna empresa, me vi obligado a buscar otras alternativas dignas de fuente de trabajo: la venta ambulante.

En una familia de cuna laburante Alan aprendió los dotes de vendedor en algún puesto durante las peregrinaciones a Luján. A sus veinticinco formó una familia junto a su compañera y durante 10 años la bancaron con el sueldo que ganaba en la empresa Flex N Gate hasta que fue despedido.

Con la caída en picada de la industria, la metalúrgica ubicada en Gamboa y Mitre despidió a decenas de trabajadores. Entre el montón, Alan apretó los dientes y sin espaldas para bancar el tiempo que tardaría un juicio decidió agarrar la indemnización y empezar de nuevo.

Tiró currículum por empresas y comercios sin suerte. Pasó varios meses de changa en changa. “Estaba de peón de albañil en una granja con gallinas y se me ocurrió que podía vender maples de huevo” recuerda, ahora bajo la llovizna a la vera de la ruta 192.

Una convocatoria dirigida a vendedores ambulantes circula por redes sociales y denuncia: “Hace unas semanas venimos siendo perseguidos, hostigados y decomisados de muy mala manera por personal del municipio”.

Charlar un rato con la gente que se gana el mango en la calle deja relatos y adversidades comunes: jornadas donde no se hace un mango, desplantes, choreos y nunca falta la coima de algún oficial. Cuando se pone difícil el laburante no afloja y repite como un mantra “necesitamos trabajar”.

Alan reconoce que “estamos en falta porque no tenemos un permiso formal para hacer lo que día a día hacemos, que es salir a buscar el pan para nuestra familia. No pido que nos dejen trabajar sin pagar ningún tipo de impuesto, todo lo contrario, queremos colaborar en todo, pagar lo que haya que pagar y estar tranquilos. Y no que nos persigan como delincuentes”.

De izquierda a derecha, Julio y Alan. Foto: Victoria Nordenstahl.

El tendal de despedidos, quebrados y endeudados que dejó el macrismo es serio. La calle y el barrio son las nuevas fábricas para cientos de familias. Alan surca en la tierra arrasada.

Para llevar un mango a casa se compró una camioneta a gasoil con la guita de la indemnización y se puso a vender maples de huevo. Arranca temprano en su casa del barrio Lanusse, carga los maples y lo acompañan su hermana Milagros, que también se está desocupada, y su primo Julio.

“Si nos llega a tocar un día malo capaz que no llegamos a los 200 pesos cada uno. Ahí es complicado. Pero si el día ayuda la vamos zafando con esto”, cuenta Alan. “115 Pesos el maple de huevos”, dice el cartel cerca de la chata. “Sale del culo de la gallina al puesto”, bromea, asegurando que el producto es de calidad.

Leo garante

Alan entendió que su despido se enmarca en una ola más grande y de dimensiones políticas. Mientras se rebusca, apostó sus fichas al cambio que prometió el actual intendente Leonardo Boto. «Yo hice campaña, convencí a mi familia y a mis amigos que votaran a Leo», cuenta mientras se apoya y descansa contra la caja de la camioneta.

Todavía no pierde las esperanzas en que la cosa pueda cambiar, pero los últimos días no fueron buenos. Hace unas semanas que inspectores municipales le caen seguido por el puesto y lo quieren correr. Alan aguanta y explica que «no tengo otra cosa. No cobro ningún plan ni asignación, necesito que me dejen trabajar».

De la última vez que le decomisaron la mercadería le costó recuperarse. Antes de arrancar de nuevo, buscó respuestas y apareció una garantía particular. «Justo lo encontré a Boto en la puerta de la municipalidad, le expliqué lo que me pasa pero me dice que tengo que regularizar mi situación, y que si me alquilo un local, él me sale de garantía. Pero yo le saco menos de 10 pesos de ganancia al maple de huevo, es imposible que me alquile un local».

El laburante no bajó la guardia, consiguió el celular del Intendente y le envió una carta por WhatsApp. «Me clavó el visto» cuenta frustrado. «Desde el municipio van a hacer una feria para todos los vendedores ambulantes y eso está bueno, pero nos piden que esperemos y lo que no entienden es que nos mantenemos con lo que hacemos en el día. No podemos esperar».

La llovizna empieza a caer más fuerte sobre la ruta. Hoy no va a ser una buena jornada para Alan y habrá que ajustar el presupuesto del día, apretar lo dientes y hacerse de paciencia. «Si nos corren, vamos a volver. Y si me llegan a meter preso, cuando salga vuelvo a vender porque no tengo otra cosa». Mientras tanto sigue repitiendo: «Necesitamos trabajar».

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1 COMENTARIO

  1. Que visión sesgada siempre. Pensar que un pueblo puede vivir exclusivamente del estado y de sacarle el dinero a los privados. Mencionen un modelo exitoso no liberal o capitalista. Mencionen un país exitoso donde exista el peronismo.

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