Mantener viva y masiva la memoria histórica

Diego Motto
Diego Motto
Militante popular en el Frente Patria Grande y profesor de literatura.

El domingo 24 de Marzo se cumple un nuevo aniversario del último golpe de Estado en la Argentina: el más asesino, el más largo, el más articulado continentalmente, el más contundente en cuanto a los objetivos económicos, políticos y sociales propuestos por sus impulsores.

Del 24 de marzo de 1976 al 10 de diciembre de 1983 el Estado-Nación Argentino estuvo al mando de militares, que llevaron adelante un plan sistemático de persecución, tortura, asesinato y desaparición de personas, con el objetivo de transformar la estructura económica y social de la Argentina en función de las necesidades de las potencias de aquel momento, sobre todo de las necesidades geopolíticas de EE.UU. La sociedad argentina vivió una de sus peores épocas. El país, en tanto nación, uno de sus momentos de mayor retroceso en cuanto a soberanía, capacidad productiva, autonomía regional.

A poco más de cuarenta años de la vuelta de la democracia, para quienes creemos que es posible que la Argentina y la América Latina sean, en el presente y en el futuro, zonas del mundo que permita el buen vivir de las mayorías, nos toca comprometernos con dos cuestiones muy necesarias para el futuro, que en este caso tienen su origen en el pasado.

Por un lado, mantener activa, masiva y plena de participación popular, el ejercicio de memoria histórica en relación a lo acontecido durante la última dictadura. Cada 24 de marzo y sus fechas anexas tienen que reventar de gente las plazas centrales de la Argentina, las redes sociales, los medios de comunicación, las charlas familiares, los recitales y cualquier ámbito colectivo. Hay que darle ruedo a la creatividad con la que organismos de derechos humanos y distintos organismos del Estado lograron construir un acuerdo firme en la sociedad que no deja dudas en cuanto a que los métodos del terrorismo de Estado y genocidio llevados adelante por la última dictadura están mal, fuera de las opciones posibles de un pacto democrático en nuestro país.

Hay que seguir difundiendo como un logro importantísimo cada nieto recuperado, cada avance de cada juicio (que todavía no han terminado) que aplique justicia sobre algún genocida, hay que seguir elogiando la bravura y el heroísmo de quienes se enfrentaron a la última dictadura en los peores momentos, de la mejor manera posible, que es imitando su ejemplo y haciéndoles caso en sus enseñanzas para luchar contra las injusticias del hoy.

La memoria histórica argentina sobre la última dictadura es un elemento de orgullo nacional. En otros países del cono sur quienes cometieron crímenes terribles gozan incluso de los honores de Estado. Sin embargo, no es para nada “algo ganado”, “algo que seguirá existiendo independientemente del compromiso de cada quien”. El siglo XXI ya dio sobradas muestras de que no es un tiempo en el que se desarrolla “lo mejor del Siglo XX” con más adelantos tecnológicos y calentamiento global light. Viene fulera la mano, hay que despabilarse, y si queremos vivir en una sociedad en la que las masacres no sean algo “normal”, “natural” o “aceptable” hay que ponerle el cuerpo y tomar decisiones públicas para condenar a las masacres experimentadas como cercanas en tiempo y espacio, y de esta manera conjurar su aparición en el presente y en el futuro.

En este sentido, el ejercicio práctico de la memoria histórica es un tema muy presente, y muy necesario para las disputas sobre un futuro marcado por crecientes niveles de injusticia económica y social, desequilibrios climáticos y de escasez de recursos naturales.

En segundo lugar, ya a cuarenta años de recuperación de la democracia, y con el aditamento de Milei como presidente, tenemos la obligación de, sin dejar de luchar para acompañar las heridas aún abiertas que dejó la dictadura en términos de causas y responsabilidades, y sin dejar de protagonizar e invitar a la participación colectiva en las fechas que conjuran la vuelta de gobiernos genocidas, comenzar a profundizar en un balance político sobre cómo es que influyó en los principales actores económicos y políticos lo acontecido durante aquellos años.

Plantear que fue una etapa absolutamente aberrante, y que hay que actuar para conjurar y que no se repita, no debe hacernos cerrar los ojos de bronca, sino ya a esta altura abrirlos con capacidad analítica para sacar lecciones hacia el futuro, y ya no solo lecciones sobre cómo actuar para que no haya nuevamente gobiernos genocidas, sino también para analizar cuáles fueron las fibras más golpeadas (y cuales las menos golpeadas) para continuar la lucha y la construcción de una patria justa, libre, soberana.

Porque la última dictadura militar no logró desarmar o destruir en su totalidad al movimiento popular en Argentina. Ejemplo de esto es que logró imponer en los ’80 el Juicio a las Juntas, y ya a mediados de los ’90 estaba fortalecido y luchando con masividad, creatividad y bravura contra las políticas neoliberales del patilludo (el llamado “santiagueñazo”, la primera pueblada que sufrió el gobierno del riojano y que abrió el ciclo que culminó en el 2001, fue en 1993). Tampoco es que desapareció del todo la industria nacional luego de la dictadura (hoy en día, el 94% del empleo formal está dado por pequeñas y medianas empresas, que en su mayoría venden sus productos en el mercado interno). Ni tampoco es que la dictadura logró quebrar la memoria histórica sobre que somos un pueblo que quiere tener derechos, que culturalmente defiende su soberanía y tiene orgullo por sus potencialidades.

Tampoco estamos bárbaro, es decir, no estoy planteando que la dictadura no dejó ninguna consecuencia sobre la economía, el campo popular o las fuerzas políticas de orientación popular en Argentina. Sin dudas la dictadura tiene que ver con procesos que han hecho que Argentina sea un país más injusto, más endeudado, más subordinado a necesidades de potencias mundiales. Que incluso no esté claro para el campo popular cómo construir un país más justo y soberano (¿hay que “incluir a quienes se quedan afuera”, o transformar un sistema que “deja afuera” a una parte cada vez mayor de la sociedad?, ¿hay que darle “todo el poder a los trabajadores” y con eso basta y sobra para un futuro a puro sol para las mayorías?).

Es decir, en Argentina logramos construir una memoria histórica que condena la última dictadura militar, porque la última dictadura militar no logró derrotar (del todo) al proyecto que puja por la construcción de un país justo, digno, soberano, potencia regional. Pero le aplicó golpes y achaques y bajas muy importantes.

Para mantener en el presente y en el futuro a raya a quienes ya cometieron crímenes para conseguir sus objetivos políticos y económicos, hay que actuar para mantener viva y masiva la memoria histórica, pero además avanzar en reflexiones y conclusiones políticas que nos permitan mejorar la capacidad del campo popular en la lucha por la orientación del estado en cuanto a proyecto de país y de sociedad.

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Diego Motto
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Militante popular en el Frente Patria Grande y profesor de literatura.

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