Para muches -redactora incluída- este noviembre es el primero en que se sale a la calle y se camina con el orgullo en la piel, en la ropa y en la sonrisa. Por eso también el camino sirve para hablar de la importancia de hacerse visibles en Luján, poner la cara y el nombre, sin contar con el anonimato de la Capital Federal. Una vez en el subte, parece ser un buen momento para empezar a cantar, comenzando a palpitar el agite de la fiesta que esperan. Pero esto es adelantarnos un poco.

Porque, antes, mientras la lluvia latente amenazaba con caer, un puñado de lujanenses aguardaban el Sarmiento en la estación de trenes de la Universidad Nacional de Luján. Un par de banderas, algunos abrazos y las gargantas evidentemente agotadas por la jornada histórica del día anterior eran su equipaje. La primera Marcha del Orgullo Disidente en Lujan llevó semanas de organización, mente y cuerpo para hacerse real. Ahora tocaba viajar a la 27° Marcha del Orgullo en Capital Federal, para sumarse a la multitudinaria manifestación de la comunidad LGTBIyQ. A medias nada.

Estación tras estación, los vagones se cargaban de personas distinguidas con los colores del orgullo. Con el paso de los minutos aparecerían los mates, y –si la cámara acompaña- se podía ver que un poco más allá alguien se animaba a los sanguches de miga que un vendedor sacó de un tupper enorme. Mientras tanto ¡maquillaje-maquillaje! El maquillaje en compeñeres sirve, entre otras cosas, para pasar más rápidamente las paradas que faltan para llegar a Once. Algo así como una parada técnica con estilo.

Disidentes a la plaza: lucha y fiesta

Aquí y ahora, cerca de las cuatro de la tarde la Plaza de Mayo recibe a la comunidad LGBTIQ con un escenario repleto de artistas, feriantes en las veredas, Britney y los Back Street Boys en el sonido ambiente. El sol comienza a salir -de a poco- entre las nubes. Aunque allí también se pudo aseverar que para ver el arcoíris no hace falta mirar al cielo.

La concentración se hace difícil en un momento como ese. Hay mucho para percibir, para leer, para enamorarse fugazmente y dejar ir, para fotografiar con la mirada y guardar directamente en la memoria de las marchas. Esa plaza, en la que tantas veces se vio pedir Verdad y Justicia, es ahora escenario de lo raro, del amor en todas sus manifestaciones, de la belleza diversa y también de la lucha política.

Sobre una de las diagonales se suceden los camiones de diferentes organizaciones, cada uno es una fiesta temática con su música, sus colores –todos- y sus consignas. La multitud se mezcla, se abraza, se funde en una sola masa, se mueve como una. La disposición rizomática de los cuerpos es la manifestación física del modelo de pensamiento no binario.

Las líneas entre las categorías tradicionales -hombre/mujer– se vuelven difusas y otras identidades como lesbianas, trans, travestis, gays, intersexuales, pansexuales, queer, entre muchas otras, se hacen visibles y salen a la calle por el reconocimiento de sus derechos humanos fundamentales. Alrededor de las seis de la tarde, siguiendo el ritmo de los camiones y los redoblantes, las columnas comienzan a marchar por Avenida de Mayo. A la principal consigna: “Basta de genocidio trans-travesti. No al ajuste, la violencia y la discriminación. Macri y la iglesia son antiderechos”, se le suma el reclamo por la legalización del aborto y la implementación de la ley de cupo laboral trans-travesti, entre otras.

También hay lemas informales como Abortá a tu paki. Genera curiosidad y más de une se acerca a preguntar. Una vendedora de remeras explica que “Paki no entendido sólo como la persona heteronormada. Para mi Paki es el pro-vida, Paki el que apoya a Macri”. En otras palabras: rebelarse contra las imposiciones de un sistema machista y patriarcal que nos oprime, margina y estigmatiza.

Entre las locas, las lesbianas visibles, los osos y lxs turistas, las Drag-queen se roban la atención de les presentes. Esos rostros, de una belleza que jamás vista, se elevan unos centímetros sobre las cabezas del resto. Resulta cautivante la pose histriónica y algo cómica, los zapatos altos, los maquillajes complejísimos, la construcción de los personajes. Es una manifestación artística que se lleva en y con el cuerpo, y que sorprende por el deseo nómade y volátil que provoca.

Fin de fiesta, independientemente sin fin

La marcha llega a su destino y es hora de dejar la columna. Es momento de buscar aire fresco y un poco de silencio para poder sistematizar la galería de imágenes que se suceden en la mente y que quedaron grabadas en la retina. Estómagos grandes, pancartas combativas, amigues y compañeres, besos inmorales, niñes con glitter y un viejo que saca a hacer pis a su caniche: todes desfilan con orgullo frente a los ojos del país que observa desde los balcones de los edificios, por la televisión o por las redes sociales.

La masa de gente no impide que pongan su cuerpo a bailar para ganar espacio en la columna que camina hacia Congreso y por allí andan les lujaneres que lograron acomodarse entre un camión de ATE y la murga de AFROS LGBT. Todes con el gesto político de reclamar la garantía de sus derechos. Es que, además algo es fijo: cuando gobierna la derecha los sectores populares salen a la calle a ocupar el territorio que les pertenece.

“Torta de barrio” se puede leer en el abdomen de una mujer que camina con una sonrisa enorme por el micro-centro porteño el día en que se dan encuentro todas aquellas personas que se sienten fuera de la hetero-norma, aquellas que saben que no existe una sola forma de amar, de desear, de ser, de existir.

Con esa consciencia salen a la calle a decir soy quien soy, como soy, como me gusta ser, un ser sexuado, único y particular; pero que se identifica a su vez en un colectivo con las mismas necesidades y derechos vulnerados, una comunidad que atraviesa las generaciones y los sectores sociales.

Se observa el Congreso, con el recuerdo aún latente de cuando se tiño de color verde. Una vez más queda demostrado cuando la causa es justa, lucha y fiesta pueden ser una misma cosa. Y como dice Sussy Shock: “Que otros sean lo normal, yo, esta noche, voy a soñar en colores”.

Fotos: Victoria Nordenstahl

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