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viernes, 7 mayo 2021

«Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan»

¿Qué novedades trae el movimiento obrero en estos tiempo? ¿Hay un lado A y un lado B de la economía que mueven los y las laburantes? Un recorrido desde los mártires de Chicago a estos tiempos y algunas reflexiones tras otro día de los trabajadores y trabajadoras.

El 1º de mayo de 1886 una huelga obrera paralizó la ciudad de Chicago en Estados Unidos. El reclamo por la reducción de la jornada laboral a un máximo de 8 horas diarias no tardó en expandirse a otras partes del mundo. Recordamos y homenajeamos a los huelguistas asesinados en aquellas protestas y sobre todo a quienes fueron condenados a la horca por incentivarlas, entre ellos un tipógrafo, tres periodistas y un carpintero que se suicidó en su celda antes de que el guardia lo buscara para cumplir la condena capital.

Durante mucho tiempo, el trabajo asalariado representó una importante porción de nuestra sociedad. Primero en Europa y más tarde en América. Hombres vestidos de overol en pleno desarrollo industrial de nuestro país por ejemplo, se mestizaban con peones rurales poco antes de que crecieran las profesiones liberales gracias al acceso libre y gratuito a las universidades.

También fueron los tiempos de la organización en sindicatos pujantes que conquistaron nuevos derechos: vacaciones, aguinaldo, cobertura médica y ante accidentes laborales. Aquellos fueron los años `40 y `50. Progresivamente, las mujeres también se abrirían paso al mundo del empleo aunque aún existen diferencias salariales según los géneros y los techos de cristal no han sido derribados.

“Ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño y ocho para la casa” era el lema con el que se iniciaron las protestas el 1 de mayo de 1886.

Ahora, con tanta agua bajo el puente, ¿cómo se representa el mundo del trabajo en la actualidad? Sin dudas en nuestro país, existe una fuerte tradición identitaria en lo fabril. Pero va más allá si se tiene en cuenta que las pequeñas y medianas industrias emplean al 70% de la población registrada laboralmente; aunque el grueso de quienes necesitamos trabajar para vivir, ya no tenemos una única identificación. Al menos dos generaciones de argentinos y argentinas no hemos construido nuestras vidas en torno a la fábrica ni hemos gozado de un sueldo digno, vacaciones, aguinaldo y obra social, tampoco de un sindicato que pelee por nosotros y nosotras. La promesa de ascenso social y económico a partir del empleo se hizo añicos.

Las políticas de privatización, ajuste y precarización laboral fueron construyendo, o mejor dicho, destruyendo la estructura de empleo y con esto, la unidad simbólica de representación para las masas asalariadas. El brazo financiero fue ganando la pulseada al productivo y llevó al descarte a otra importante porción de laburantes. Sobre las ruinas, cientos de miles de trabajadoras y trabajadores, recuperaron fábricas y parieron cooperativas para organizarse y producir elementos de limpieza, para reciclar residuos, para levantar casas o construir muebles. El trabajo doméstico y de cuidados también fue ganando reconocimiento. Sin embargo, las conquistas del movimiento obrero en la actualidad son patrimonio de una porción cada vez más pequeña, y como sugería Eduardo Galeano, se ha vuelto un tema para arqueólogos.

Pibes y pibas repartiendo comida en Pedidos Ya, un ex empleado fabril que mantiene la parrillita al costado de la ruta, vendedores ambulantes, cartoneros, una empleada domestica y también una jubilada. Más de un tercio de la población económicamente activa, es decir, entre 18 y 60 años no tiene un trabajo registrado en Argentina. Según el INDEC, para el cuarto trimestre del 2020 éramos 4.486.000 laburantes en esta condición.

Aún quienes tienen empleo regular atraviesan el cuarto año consecutivo de pérdida de poder adquisitivo y cada vez son más los «trabajadores pobres», es decir, asalariados pero por debajo de la línea de pobreza. Recientemente se definió el aumento del salario mínimo vital y móvil en Argentina y será de 29.160 pesos para febrero del año que viene mientras la canasta básica ya trepa 60.874 pesos. ¿Qué queda de aquel Chicago de 1886?

La clase trabajadora sufrió al menos dos pandemias en la última década, la del gobierno neoliberal que ofrecía a los y las laburantes autónomos ser «empresarios de sí mismos» en el relato «emprendedor» y tras llovido mojado, la pandemia del covid-19. Según el Centro CEPA en los 4 años de Cambiemos la desocupación creció 3,2 puntos porcentuales mientras que en el 1° año de pandemia creció 2,1. «El desastre de la gestión económica de Macri supera hoy al impacto regresivo de la pandemia global» explicaron.

Movimiento obrero precarizado

El estallido «social» de 2001 fue la consecuencia de un largo derrotero político y económico, de aquellas esquirlas se encendieron cientos de miles de laburantes desplazados de las fábricas y de las empresas de servicios. Las grandes urbes se llenaron de cartoneros y en los barrios florecieron comedores y merenderos. Lentamente, la patria obrera buscó reconstruirse de entre las ruinas y de aquellos polvos a estos lodos, nació el movimiento de fábricas recuperadas, las cooperativas y organizaciones sociales que por estos días discuten el porvenir del trabajo en Argentina y el mundo.

A último momento, antes de abandonar los comandos del Estado, el kirchnerismo reconoció legalmente a este «nuevo» sujeto trabajador que desde hace 30 años se viene poniendo de píe. Ese mismo año, la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) que nuclea al 30 por ciento de la población económicamente activa, logró un régimen de agremiación complementario, ampliatorio y compatible con el modelo sindical vigente, que hasta entonces únicamente contemplaba la situación de los trabajadores en relación de dependencia.

«Para empezar con la Reconstrucción Argentina la prioridad deben ser los últimos de la fila» expresan desde la Unión de Trabajadores de la Economía Popular.

Entonces la novedad, fue que el Estado reconoció que una gran mayoría de laburantes sin patrón no son ni aspiran a ser microempresarios, beneficiarios de planes sociales o desocupados, sino trabajadores y trabajadoras. Quizás, implícitamente, la clase dirigente haya reconocido entonces, que una enorme masa de laburantes no será empleada por la industria ni el sector público y que en sus diversas actividades producen valor y se interrelacionan con otros sectores que componen el complejo y diverso mundo del trabajo. A partir de entonces, se realizaron censos, se oficializaron registros y se dispusieron medidas para este creciente sector de laburantes, por caso el Salario Social Complementario que se emparenta con el REPRO que reciben las PyMEs por ejemplo. Progresivamente, se van conquistando nuevos derechos laborales.

Recientemente, estos y estas laburantes, dieron otro importante paso, su propio gremio. La Unión de Trabajadores de la Economía Popular obtuvo su «DNI» Sindical y podrá integrar la Confederación General del Trabajo (CGT). El sector que ejerció su voz en las calles, podría sumar su derecho al voto en instancias de negociación de las grandes cuestiones del mundo del trabajo, por ejemplo en la definición del Salario Mínimo, Vital y Móvil.

Esta es la gran novedad de los últimos tiempos en lo que al movimiento obrero se refiere. Si hay que poner el ojo y la oreja en algún lugar en especial para entender las transformaciones que están en marcha, será sin dudas, el diálogo entre laburantes y sus representaciones gremiales con tan diversas trayectorias y recorridos. Los grandes cambios políticos, económicos y sociales suelen estar precedidos por encuentros entre diversos sectores. Las nuevas conquistas en el plano laboral sin dudas requieren una mayor unidad. Esto recién empieza.

«Una sola clase de personas: las que trabajan»

Formales, informales, autónomos, en dependencia, populares, precarizados, quienes tributan el impuesto a las ganancias y quienes quisieran poder hacerlo. En fin, cada 1 de mayo es el día de todas las personas que necesitan trabajar para vivir. De aquel Chicago a estos tiempos el mundo del trabajo sufrió infinitas modificaciones, no todas fueron motivo de celebración aunque han dejado algunas enseñanza indelebles: las luchas de ayer son los derechos de hoy y las luchas de hoy son los derechos de mañana.

Durante las revueltas obreras que hoy recordamos, un joven periodista cubano se ganaba la vida como periodista del diario La Nación de Argentina, era José Martí. Algún tiempo antes, ya había pronunciado una de sus frases más recordadas: «Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan».

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