Los actos escolares, un resguardo de la memoria en tiempos de amnesia colectiva

Griselda Canoves
Griselda Canoves
Vecina de Luján, compañera de Lucas, mamá de Guillermo, Martina y Juan. Docente, Licenciada en Ciencias de la Educación y Coordinadora Pedagógica de Enseñanza Primaria.

Llega mayo y las escuelas se visten de celeste y blanco: carteleras, pasillos y actos que conmemoran y celebran lo que para muchxs es la gran fiesta patria. Nuestra biografía escolar nos remite a personajes estereotipados y relatos banalizados o edulcorados de la historia. Como alumna siempre amé participar de los actos en mi escuela, las maestras solían elegirme para leer las glosas o actuar de algún personaje histórico. Memorizaba la letra con facilidad y me encantaba leer en voz alta.

Algo de aquello conservo y otro poco se fue aquietando con los años. Los actos escolares para lxs docentes, suelen operar desde dos variantes: pueden ser vividos como una “carga” más dentro de la enorme cantidad de tareas que supone su labor o puede ser vivida como una gran oportunidad. Una oportunidad para que la escuela hable a su comunidad y con su comunidad.

En particular, me encanta saber que nuestra gran fiesta patria sea una “revolución” y por lo tanto me encanta “enseñarla” como tal. Hablarles a mis alumnxs de quiebre, de ruptura, de rebeldía, de héroes y villanos, de un rey preso, de un emperador francés, de criollos y españoles peninsulares, de reuniones secretas y una plaza como testigo omnisciente de todo lo que acontecía. A fin de cuentas la(s) plaza(s) continúan siendo eso…

En los últimos  años, la perspectiva de género se hizo presente en las propuestas pedagógicas y didácticas en torno a los acontecimientos históricos dentro de las instituciones educativas. Basta con hojear libros, revistas, documentales y manuales escolares para advertir la manera en que las mujeres fueron totalmente invisibilizadas en la mayoría de los relatos historiográficos.

Con justicia, hoy además de los “próceres de la patria”, lxs chicxs conocen a María Remedios del Valle, a Catalina Echeverría, a Manuela Pedraza y a Julieta Lanteri, entre tantas otras. Convengamos que “Zamba” hizo lo suyo y traccionó la enseñanza de la historia argentina en las escuelas transformándose en un gran recurso audiovisual que supo marcar cercanía con las niñeces desde un relato amigable pero sin subestimar la capacidad de entendimiento y reflexión de lxs pibes. En más de una ocasión mis alumnxs salieron al recreo al grito de “¡A la carga mis valientes!” o tarareando “Juana Azurduy, sol del Alto Perú”.

Podríamos pensar que la incorporación de las mujeres al relato de nuestra historia estaba saldada, que aquellos relatos que les mezquinaron la memoria de sus actos habían sido cuestionados, problematizados y hasta reemplazados…sin embargo un buen día, un gobierno tildó todos estos avances de “adoctrinamiento” o “ideologización”. ¿Será que un niño marrón, de nombre José, que vive en Clorinda, Formosa y viste un guardapolvo blanco no puede osar de “contar” la historia que por siglos fue patrimonio de otros? La historia contada por  Mitre sí, la historia contada por un niño, no. Es que las niñeces corrieron la misma suerte que las mujeres si de “relato (liberal) de la historia” hablamos.

Hace poco, el historiador Pacho O´ Donnell, en una clase magistral a sala llena del teatro Trinidad Guevara,  hablaba justamente de esto, de lo que él llama “los misterios de la historia”. Mencionaba que estos misterios nunca son inocentes al tiempo que señalaba a Mitre como un hombre que comprendió que la historia debía ser la base ideológica del triunfo del liberalismo de la oligarquía porteña sobre el resto de las provincias. O´Donnell también afirmaba que la historia tiene objetivos políticos e ideológicos y nos invitaba a aprender a leer esa historia y así descubrir aquello que nos quisieron ocultar. Pues a nosotrxs nos ocultaron a las mujeres, nos ocultaron a lxs niñxs, nos ocultaron a los pueblos originarios, a la población afrodescendiente, entre tantos otros “olvidos” o “misterios”.

Cabe mencionar que las mujeres y lxs niños no sólo le “sobraban” al relato liberal de otras épocas sino también al actual. Un claro ejemplo de esto fue el cambio de nombre del Salón de las Mujeres de la Casa Rosada por el de “Salón de los Próceres” que anunciara el vocero presidencial, Manuel Adorni. Cabe destacar además que este anuncio del vocero del presidente Javier Milei se realizó el pasado 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, por decisión de la secretaria general de la presidencia, Karina Milei. Se bajó el cuadro de Remedios del Valle y Alicia Moreau de Justo y se subió el de Julio A. Roca y Juan B. Alberdi. Éstos últimos ya son calle, ya son monumento, ya fueron billete, ¿era necesario un salón con cuadros de todos hombres y ni una mujer?, ¿por qué hacerlo un 8M?, ¿por qué volver a mutilar a las mujeres como protagonistas de luchas y procesos históricos, políticos, sociales y culturales?

Adoctrinamiento, ideologización…de eso tildan hoy a las universidades públicas, a sus docentes y de eso tildan al niño de Clorinda prohibiendo en algunas instituciones educativas su uso como recurso didáctico. Me niego a pensar la escuela y nuestras prácticas de enseñanza desde la neutralidad, me pregunto si es posible “contar” la historia sin un posicionamiento. Ya nos advertía Althusser de la escuela como aparato ideológico del Estado y la historia como disciplina obviamente no está exenta de tal etiqueta. En nuestro país, la enseñanza de la historia fue fundamental para homogeneizar a la población. Desde los orígenes de la estructuración de la educación en sistemas, la enseñanza de la historia fue piedra angular para “acomodar”, para “controlar”  a la “barbarie”, a la masa inmigrante y por supuesto para “adoctrinar los cuerpos”. En esa última empresa, las mujeres se llevaron la peor parte.

Quienes hablan hoy de adoctrinamiento e ideologización desconocen (entre otras cosas) acerca de la historia de la educación en nuestro país, su razón de ser y de existir, su función cargada de ideología dominante, un sistema que desde su fundación tuvo como objeto la producción de individuos disciplinados que revistieran la doble condición de trabajadores productivos y ciudadanos. Sabemos que la falta de consenso que señalara Cecilia Braslavsky sobre la función social de los sistemas educativos continúa vigente: para algunos está al servicio de las transformaciones sociales y para otros tiende a la reproducción de un orden social cuyo centro es la dominación de determinado grupos sobre otros.

En fin, quizás en estos días te llegue una invitación al acto de tu hijx donde personificará a un Belgrano, un Saavedra, un Cisneros…Si es niña quizás representará una esclava o vendedora ambulante…sacaras fotos para tus redes sociales y seguramente el epígrafe de tu posteo culminará con un ¡viva la Patria! (porque obviamente no queda ideológicamente correcto hablar de “Mapatria”) Habrá docentes leyendo glosas e intentando quizás enviar en sus “palabras alusivas” algún mensaje subliminar estrechando vínculos entre el pasado y el presente. Ojalá se invoque la palabra LIBERTAD desde lo que significaba en 1810 y no las acepciones con las que se la invoca hoy, porque hasta eso profana el liberalismo actual: el lenguaje. Hoy temo mencionar la palabra libertad cuando antes amaba decirla y gritarla. Pero respiro y sigo…porque celebrar, estudiar, militar, investigar, soñar, crear, errar, cuestionar, sembrar, cosechar, participar, escuchar, imaginar, inspirar y amar…todas riman con enseñar y de manera asonante, riman con LIBERTAD.

¡VIVA LA MAPATRIA!

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Griselda Canoves
Vecina de Luján, compañera de Lucas, mamá de Guillermo, Martina y Juan. Docente, Licenciada en Ciencias de la Educación y Coordinadora Pedagógica de Enseñanza Primaria.

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