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miércoles, 21 abril 2021

Lo que no se nombra, no existe

El discurso público nos habla siempre de pobreza e inflación. Pero casi nunca de cuales son sus orígenes. La riqueza y la concentración de mercado entre las responsables.

Durante la semana que pasó gran cantidad de columnas de opinión, notas y editoriales llenaron los medios de comunicación con explicaciones sobre los datos informados de la pobreza en nuestro país.

También aparece como recurrente la preocupación sobre los altísimos niveles de inflación que corroen mes a mes el poder adquisitivo de las mayorías.

Llamativamente, o no tanto, lo que queda de manera permanente fuera de la agenda pública es, por un lado, la contrapartida de los niveles de pobreza: los niveles de riqueza. Y, por el otro, los responsables de la inflación: los formadores de precios.

Dos caras de la misma moneda.

Argentina, como casi todos los países poseen y publican estadísticas oficiales sobre niveles de pobreza e inflación, pero no sobre niveles de riqueza, ni datos sobre los actores económicos que producen el aumento de precios.

De esta forma se instalan hace años en el inconsciente colectivo problemáticas que afectan día a día a millones de personas, pero de las cuales se desconoce con precisión cómo se producen y sus principales responsables.

La principal razón a la hora de analizar el aumento de la pobreza es la pérdida de capacidad de compra del salario y el aumento permanente de alimentos y elementos básicos.

Según un informe exclusivo del CEPA para el diario Tiempo Argentino realizado en septiembre de 2020, de 30 categorías de consumo masivo, más del 40% de los productos son vendidos por una sola empresa.

Son los poco conocidos «formadores de precios»: Papelera del Plata (papel higiénico), Clorox (lavandina), Mondelez (jugos en polvo), Unilever (caldos, desodorantes, detergentes), Johnson & Johnson (repelentes), Danone (postres y yogures), Molinos Río de la Plata, Cañuelas y AGD (fideos y aceites), Swift (embutidos), La Serenísima (lácteos) Pepsi y Coca Cola (aguas gaseosas). El 70% del consumo masivo total corresponde a estos rubros.

Según el informe realizado por el Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas (OCEPP), la línea de riqueza, definida como «la línea que delimita el ingreso necesario para eliminar la pobreza medida por ingresos, es decir, si se redistribuyera el excedente por sobre la línea de riqueza alcanzaría para que no haya más pobres» en el primer trimestre de 2020 se ubica en promedio «en un Ingreso Total Familiar (ITF) de $202.305 pesos mensuales y abarca al 1,4% de la población, las cuales tienen un ITF promedio de $316.059 pesos mensuales. El ingreso de los “ricos” representa el 10,6% del ITF total del país».

Los resultados muestran que si se redistribuyera el 28% del Ingreso Total Familiar del 1,4% de la población más rica, se eliminaría la pobreza medida por ingresos sin modificar significativamente la situación de los “ricos”, que después de la redistribución aún tendrían un ingreso familiar de más de 200 mil pesos.

En otras palabras, si el 1,4% más rico de la población, resigna un 28% para que sea redistribuido entre la población más pobre, la pobreza por ingresos sería 0%.

Viendo el rechazo que produjo el Aporte Extraordinario a las Grandes Fortunas, que afecta tan solo al 0,027% de la población parece impensado que algo así prospere. Entonces pensando al Estado como regulador o mediador de intereses, resultan insuficientes los intentos que no modifiquen las relaciones estructurales a corto plazo.

En los territorios locales, como nuestra ciudad, la supervivencia obliga a encontrar mecanismos que eviten, los aumentos incesantes de precios y caer en el mercado oligopólico alimenticio. Cadenas de comercio justo, compra directa a productores locales y almacenes populares son solo algunos ejemplos.

Estas propuestas, necesarias y urgentes, requieren ser potenciadas para no quedar como pequeños parches que, al no tener la estructura necesaria para escalar en masividad y llegar a la población que más lo necesita, terminan siendo válidas pero insuficientes ante la emergencia.

Las experiencias progresistas al mando del Estado en nuestro país han chocado de manera repetida con la misma piedra. El intento de generar consensos con los sectores concentrados del sistema capitalista, quienes en primera instancia ofrecen una aparente predisposición, pero a la hora de cerrar las cuentas siempre juegan su propio juego.

De un lado las buenas intenciones o la impericia y del otro una concentración económica nunca antes vista en la historia de la humanidad, la gestión actual enfrenta un difícil desafío: comenzar a enfrentar los poderes estructurales o volver a ser el blanco del clima volátil de una clase media que no entiende de explicaciones una vez que le sobra mes al final del sueldo.

Mientras tanto, en los extremos de esa disputa, el sistema económica se consolida en su camino, los pobres son cada vez más y cada vez más pobres, y los ricos son menos y cada vez más ricos.

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