Ley 26.743: una década de «ser quienes somos»

El anochecer del 9 de mayo de 2012 no fue igual a ningún otro. Poco más de dos horas después de que comenzara la sesión, el Senado aprobó la Ley de Identidad de Género. Después los abrazos, la fiesta, las lágrimas y un horizonte más claro para un colectivo que escribe su propio destino. 

Narra Josefina Fernández en “No pasar por la vida como un fantasma” que los tejes para la construcción de la Ley 26.743 sucedieron en el restaurante Nueva Embajada, en el centro de Capital Federal. El 8 de mayo de 2012, con las cartas ya jugadas, Lohana Berkins encaró la calle, pero antes de salir miró a los mozos del lugar y gritó: ¡Han sido testigos de un hito histórico, compañeros! 

 

La noche del 9 de mayo, Aldana prendió la tele apurada para verificar lo que acaba de avisarle su amiga por mensaje de texto. La confirmación hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas. Daban las 21:15 en el zócalo del noticiero que, en blanco sobre rojo, informaba que con 55 votos afirmativos, 0 negativos y una abstención, acababa de aprobarse la Ley de Identidad de Género. 

Quizás lo sospechaba y en la emoción había tintes de presagio, algo en este derecho adquirido por y para el pueblo, que iba a cambiar su vida. Lolo, su hijo, en ese momento tenía 4 años. Tenía también otro nombre y otro género en el DNI, el que le había asignado el obstetra al nacer. Esa noche de miércoles se abría una puerta para andar la verdadera identidad. 

Un año antes, en la sede de la CTA, el Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género había presentado su proyecto sostenido fundamentalmente en cuatro des:  despatologización, desjudicialización, desestigmatización y descriminalización. De esa forma se construía una normativa que apuntaba a que el cambio de género en el DNI fuera un trámite sin proceso judicial, sin adecuación de sexo ni certificado psicológico. 

Ahora, al mismo tiempo que Aldana prendía su televisor en el Barrio Padre Varela, bajo la noche fría pero arropados en el calor de un abrazo popular frente al Congreso, el sueño de muchas y muches se hacía realidad. Esa letra que se habría escrito en memoria de todas las que habían muerto sin poder escribir su verdadero nombre en el cajón, que se había trabajado,  repensado y construido, entre rosca y trascendencia, en un restaurante en Avenida de Mayo al 600, que era vanguardia en el mundo y que la oposición había votado callada a pesar de la presión de los obispos, era Ley. 

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Actividad frente al Municipio, a 10 años de la Ley de Identidad de Género. Foto: Victoria Nordenstahl.

Por ese mismo mayo, Fran tenía 14. Al igual que Lolo, le habían asignado otro nombre y otro género al nacer. En ese momento la noticia de la Ley de Identidad de Género no le hizo mucha mella. Sus amigos y amigas estaban en otra y en la escuela ni se hablaba del tema. 

Pateando las calles de Luján arriba de su skate, era un adolescente más que empezaba a experimentar la sexualidad con las herramientas que tenía y al que el ejercicio de la ciudadanía no le llegaba más que como una materia en la escuela, algunos textos de manual, que no tenían mucho uso práctico. 

Del mismo modo comenzó la transición de género tres años más tarde, sin acercarse ni conocer a otras personas del colectivo. Encaró solo al aparato burocrático y al sistema de salud, quizás un poco porque nunca fue muy sociable, otro poco porque la organización del colectivo en Luján no levantaba la cabeza. Trámites, médicos y todo lo que trajo la transición lo vivió de manera solitaria. 

Siempre fui una persona que se las rebusca—cuenta Fran—siempre en esa

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Cuando tenía 12 años, Lolo sentó a su mamá en la mesa de la cocina y le pidió que comenzara a llamarlo con un nombre de varón. En su casa siempre se había hablado de feminismos y de identidades trans, y eso habilitó la posibilidad de explicitar el pedido. Aldana lo había percibido desde temprana edad y había intentado acompañarlo en el proceso, pero ese punto de inflexión igualmente representó un desafío. 

Su hermanita de seis años fue la que mejor y más rápido lo entendió en su casa. “Los niñes vienen con otro chip”, dice Aldana, que buscó y encontró acompañamiento en sus compañeras de la Coopram, la cooperativa de carpinterías donde trabaja, fundamentalmente en una compañera trans que integraba el espacio. 

Actividad frente al Municipio, a 10 años de la Ley de Identidad de Género. Foto: Victoria Nordenstahl.

A pesar de que su familia lo acompañaba y eso era clave, Lolo y su mamá se encontraron con dos de las dificultades más habituales a las que se enfrentan las personas trans en el ejercicio de sus derechos en Luján: el registro civil y la hormonización. En el primero fue necesaria la intervención de una abogada de niñes y adolescencia del Ministerio Nacional de las Mujeres para iniciar el trámite de rectificación de los datos del DNI. En cuanto a la terapia hormonal, como les sucede a todes les lujanenses, el tratamiento implica el viaje a hospitales fuera de Luján, en el caso de Lolo, en el Posadas. 

—Mucha burocracia y falta de empatía—explica Aldana—Pero la vida nos fue poniendo en frente a personas muy buenas que nos fueron apoyando en todo este proceso. 

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Este verano Fran se juntó a matear con un compañero de Luján y una compañera de Rodríguez. Después de esa juntada salió otra en la que cada une invitó a más compañeres. Poco tiempo después Les Transformers tomó forma, un grupo de adolescentes y jóvenes trans de Luján y alrededores que comparte vivencias y experiencias, y se organiza para el cumplimiento de la norma que hoy cumple diez años, pero que todavía no es efectiva en todo el territorio.  

—Uno que está más grande, que lleva más tiempo en la transición, puede orientar a les más chiques que recién están viendo qué onda—resalta y así la vivencia en solitario se transformó en colectiva, en abrazo, en una mano brindada a otro.  

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El anochecer del 9 de mayo no fue igual a ningún otro. Cuándo Lohana Berkins gritó a los mozos del Nueva Embajada que habían sido testigos de algo histórico quizás ellos no captaron la magnitud, no podía saber que esa Ley iba a habilitar que un niño de cuatro años en el barrio Padre Varela de Luján pudiera empezar a vivenciar su verdadera identidad. No tenían forma de dimensionar la importancia que iba a tener para un adolescente que patinaba por las calles del centro de la misma ciudad sin saber que, a esa misma hora, en el Congreso las travestis se abrazaban y festejaban y gritaban que una herida comenzaba a sanar.

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