Las cartas de amor de Delmira

Mabel Ramos
Mabel Ramos
Ama de casa, desde el rincón de las hornallas

El análisis de la conferencia inaugural del historiador Felipe Pigna en el lanzamiento de la Escuela Luján para el Pensamiento Nacional realizada el 20 de marzo en el Teatro Trinidad Guevara, se lo voy a dejar a los historiadores y periodistas.

Yo me voy a ocupar de una mujer, la única nombrada esa noche por Felipe en ocasión de referirse a Manuel Ugarte, escritor, diplomático, embajador en México y Cuba, que dedicó parte de su vida a recorrer América Latina, para marcar fervorosamente la agresividad del imperialismo de EE.UU, actividad que lo llevó a participar de congresos internacionales donde conoció a Lenin y Rosa Luxemburgo.

La mujer nombrada fue la poeta uruguaya Delmira Agustini que acostumbraba enviar sus libros a otros escritores y poetas, como Rubén Darío, Enrique Reyes y al señalado Manuel Ugarte. La correspondencia de Delmira se puede leer, entre otros, en el libro “Cartas de amor. Delmira Agustini” de Ana Inés Larre Borges, con prólogo, nada más y nada menos que de Idea Vilariño.

Ya nos dice Graciela Cabal en “El vicio impune”, lo que son los escritores y poetas solos, y cuando se juntan se potencian “bombas de tiempo son”. Y lo eran Delmira y Manuel, quienes se conocen en el casamiento de ella con Enrique Jacob Reyes en 1913, en el que Manuel sale de testigo.

Delmira y Manuel al poco tiempo entablan correspondencia, copio un fragmento:

“Usted hizo el tormento de mi noche de boda y de mi absurda luna de miel…lo único que yo esperaba era su mano…Usted, sin saberlo, sacudió mi vida”.

“Déjeme que me acerque, que la haga crujir apretándola contra mi cuerpo y que ponga al fin en su boca, largo, culpable, inextinguible, el primer beso que siempre nos hemos ofrecido”.

La pasión, dicen, quedó encerrada en las cartas.

El matrimonio con Reyes duró para algunos, 53 días, para otros poco más de 20.

Delmira volvió a la casa con sus padres con “La novela de las horas” y “Los días bajo el brazo”, y es la primera mujer en iniciar un divorcio en el continente por noviembre de 1913.

Algunos biógrafos afirman que Delmira se siguió carteando y viéndose a escondidas con su esposo antes del fallo de divorcio dictado el 5 de junio de 1914.

Como dicen en el barrio, esto no podía terminar bien y el 6 de julio de 1914, su ex marido la asesinó y luego se suicidó.

Ni Reyes, ni la sociedad de su época, ni el grupo de escritores modernistas, ni los críticos que vieron en sus versos solo literalidad, valoraron en su momento, la obra de esta poeta excepcional.

Vale la pena leerla.

Aquí va uno de sus poemas:

El intruso.

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
Luego, la puerta abierta sobre la sombra helante
Tu forma fue una mancha de luz y de blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
Bebieron en mi copa tus labios de frescura,
Y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
Me encantó tu descaro y adoré tu locura.
¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
Y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
Y tiemblo si tu mano toca la cerradura;
Y bendigo la noche sollozante y oscura
Que floreció en mi vida tu boca tempranera!

 

(De El libro blanco (Frágil), 1907)

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