Patricia sobrevivió a un intento de femicidio. Su ex pareja, Carlos Dungel la roció con alcohol y la prendió fuego. Pasaron cinco años y aún no logró sanar aquellas heridas que le dejó y que van más allá de sus cicatrices. Sin embargo entiende que mostrarlas y contar su historia, es la mejor forma de curarlas y ayudar a otras mujeres.

Este 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, violencia que se repite en todos los rincones del planeta, incluyendo a Luján; una ciudad que comenzó a sorprenderse ante el avance del movimiento feminista, pero que aún no asume completamente que las historias de mujeres violentadas están en todos los barrios.

Una de ellas es Patricia Hernández, vecina del barrio Juan XXIII. Tiene 50 años, cuatros hijos y aún vive en la misma casa donde convivió durante 15 años con el hombre que la abusó, golpeó, manipuló e intentó matarla. Esa casa -su casa- está repleta de recuerdos que se cruzan con el relato de Patricia y consiguen que quien la escucha pueda ver cada escena cotidiana de su vida junto al femicida Carlos Dungel, incluyendo aquel día negro.

Las imágenes, los olores y los sonidos están en sus palabras. Las cicatrices de su cuello, espalda, pecho y brazos son testigos eternos de aquella tarde donde la muerte entró a su hogar, pero no se quedó. Los detalles de ese día completan el ciclo violento de una larga historia, donde pasó mucho tiempo y dolor. El 9 de septiembre de 2013 se apagó la luz.

“La primera vez que me pegó una trompada me dejó la cara morada, me pidió perdón y me dijo que no lo iba a volver a hacer. Y lo perdoné, pensaba que era verdad que no lo iba a hacer más, que era mi culpa porque ‘¿Para qué me había puesto eso si sabía que a él no le iba a gustar?’ pensaba. No me daba cuenta de lo que pasaba, no me daba cuenta de que era violento conmigo, ni tenía a alguien que me dijera ‘Mirá Patricia, eso que te está haciendo está mal, te está controlando, te está violentando'”.

Esa situación se repitió durante años, donde la violencia psicológica, económica y física se volvieron cotidianas para Patricia. Tras ver campañas contra la violencia de género en la televisión y en el hospital municipal, un día se cruzó por su cabeza la idea de que Dungel la podría matar. Y no estaba tan errada, porque una tarde la golpeó tanto “que pensaron que me había agarrado un ACV”.

En ese momento fue a la comisaría a denunciarlo y vio a una mujer “con la cara desfigurada, y el personal policial que le preguntaba qué había hecho para que el tipo la golpee. En ese momento no me animé a decir que iba a denunciar a mi marido, dije que quería saber cómo cambiar el documento”.

Varias semanas después -el 19 de agosto de 2013- Carlos Dungel se fue de la casa que compartía con Patricia y no volvió más. Con el tiempo comenzó a hostigarla diciéndole que quería ver a su hijo, que la seguía amando pero estaba bien con su nueva pareja y que quería que sean amantes. Patricia aún recuerda su respuesta: “Yo con un golpeador no vuelvo nunca más”.

Otra vez. Esta vez, el fuego del infierno

Apenas unos metros la separaron de aquella puerta blanca y la hornalla encendida. Foto: Julieta Brancatto

“Ese día, el 9 de septiembre, no se molestó ni me demostró nada. Quedamos en que íbamos a mi casa a que se lleve su ropa. Me subí al auto y arrancamos”. En el camino comenzó la violencia. La abusó sexualmente en dos oportunidades, hasta que Patricia le dijo que si la tocaba otra vez, se tiraba del auto. No la tocó más.

“Llegamos a casa y como me tenía que ir a trabajar lo primero que hice fue prender la cocina para hacerme una sopa instantánea. Se aseguró de que no haya nadie, yo creo que tenía todo planificado”, agrega Patricia tras una necesaria pausa.

“Fui a la habitación y empecé a poner su ropa arriba de la cama y ahí arrancó a las trompadas e insultos, me agarró en todas las partes de la casa. En un momento me roció todo el cuerpo con dos botellas de alcohol que tenía en mi casa. Tras varios golpes y forcejeos logré zafarme y quedé cerca de la cocina, entonces empezó a empujarme y en un último empujón caí sobre la cocina. Ahí comencé a prenderme fuego”.

“Carlos apagame, te juro por los chicos que no voy a decir nada, no voy a decir que me quemaste, llevame al hospital por favor” le decía Patricia desesperadamente, mientras se veía y sentía morir entre llamas. Un balde con agua cercano, que le tiró encima del cuerpo, alivió la situación pero el violento nunca la auxilió de manera inmediata.

Las marcas de la violencia aún aparecen en la casa de Patricia. Golpes, quemaduras y roturas abundan por las paredes del Juan XXIII. Foto: Julieta Brancatto

“Me estaba prendiendo fuego y pensaba que me iba a morir. Tras el balde de agua parecía más calmado, entonces fui al baño a intentar limpiarme y veía como se me caía toda la piel. Mientras tanto le seguía pidiendo que me llevara al hospital. Pero estaba segura de que me iba a dejar ahí, que iba a dejar que me muera. Me agarró, me dejó tirada en el hospital y se fue”.

Cuando Carlos Dungel se fue del hospital tras intentar matar a Patricia, no le avisó a nadie más lo que había pasado. Fue a la comisaría y denunció que ella se había querido suicidar prendiéndose fuego. “Tengo un hijo muerto y salí adelante, los hombres van y vienen. La vida mía vale mucho y nunca me voy a matar por un hombre”, asegura Patricia con la frente en alto.

¿Por qué crees que te salvaste? se vuelve una pregunta inevitable tras escuchar a Patricia decir “Pensaba que me iba a morir”. “Me lo pregunté muchas veces. Supongo que para ayudar a otras mujeres. Contar lo que me pasó a mí para que sepan que no hay que callarse para salir adelante. No es joda cuando decimos que las compañeras estamos acá para ayudar, yo no tenía a nadie cuando me pasó”.

¡Click!: luz tenue, pero encendida

Detrás de la ventana, la luz del atardecer deja entrever una historia de vida, de superación y lucha. Foto: Julieta Brancatto

La recuperación fue dura. Durante dos años Patricia sufrió de depresión y durante todo ese tiempo no podía acercarse a las hornallas de la cocina. “Me costó mucho porque me levantaba, miraba todo y me quería ir de este infierno que viví toda la vida. Me maltrataba a mí, a mis hijos, pensaba que no tenía sentido estar en un lugar donde había pasado tanta violencia y maltrato. Pero es mi casa, ¿por qué me tengo que ir de mi casa? me preguntaba. Fui superando lo que la vida me puso delante y estoy acá, me quedo acá, en mi casa, con mis hijos. Esta lucha la gané yo”.

Carlos Dungel fue condenado a 15 años de prisión pero no fue, ni es, suficiente justicia para Patricia. “Sentí que por más que vaya preso nunca va a pagar lo que me hizo. Me dejó marcas en mi cuerpo, en mi casa, en mi familia, en mi cabeza, en las fechas que pasan. Todo el tiempo eso te va marcando día a día. Eso no se olvida. Me dejó marcas y heridas. La quemadura es una, pero va más allá, adentro. En el alma, en los sentimientos”.

A pesar del dolor, aquella luz se hace cada vez más clara. El acompañamiento de la Defensoría de Género de Luján y otros grupos de mujeres la ayudó a salir adelante y a sentirse fuerte para acompañar a otras que también sufren violencia.

“Tengo compañeras con las que puedo contar, que me ayudan, que me escuchan, que me dan soluciones cuando tengo bajones y no sé para dónde salir. Me gustaría que las mujeres que pasan por eso sepan que pueden buscar apoyo. Yo no lo tuve, pero hoy estoy para aquellas que pasan lo mismo que yo. Porque se puede salir, se lo puede enfrentar y superar, y acompañada es mucho más fácil”.

Belén Grosso y Sebastián Pani fotografiaron por primera vez las cicatrices de Patricia para la publicación “No Renunciaremos #1”. Foto: Julieta Brancatto

Pasaron cinco años del día en que Patricia le ganó a la violencia. Afirma que aún no sanó, que cree que nunca se termina de hacerlo, pero que eso no impide que se sienta fuerte, porque “ya no me siento víctima. Víctima era antes, pero él siempre va a estar presente, estas cicatrices las voy a tener hasta el día que me muera”.

En fotos mira esas marcas, las que le dejó el fuego. La violencia extrema destruye lentamente la identidad de las víctimas, por eso es tan difícil comprender por lo que pasan. Aunque no puede evitar emocionarse ante esas imágenes que reflejan a esta nueva Patricia, la que tiene heridas en todo el cuerpo, ella sabe quién es y por qué vive.

“Esta soy yo. Aprendí a aceptarme, no del todo, pero lo hice. Veo como me cambió el cuerpo y también pienso en por qué estoy viva. Sigo pensando que es porque hoy estoy para ayudar a otras chicas a que puedan seguir viviendo, como yo”.

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