La Salud Mental y los discursos de la época

Alexis Sepúlveda
Alexis Sepúlveda
Lic. En Psicología, con trabajos en diversos equipos interdisciplinarios en atención y coordinación, y actualmente abocado a la labor clínica. Repartiendo el tiempo entre la música y la literatura como anclaje necesario para el día a día.
“El capitalismo es lo que queda en pie cuando las creencias colapsan en el nivel de la elaboración ritual o simbólica, dejando como resto solamente al consumidor-espectador que camina a tientas entre reliquias y ruinas”. Mark Fisher

En el año 2019, en Chile, un grupo de jóvenes decide saltar el molinete del subte para no pagar el boleto como forma de protesta ante su aumento desmedido. Ese acto, inaugura inesperadamente una de las revueltas sociales más grandes de los últimos tiempos en dicho país. Las consignas eran diversas pero orientadas hacia un mismo lugar: las cosas ya no podían seguir como estaban.

Llamativamente, días previos a la revuelta, destaca el escritor Benjamin Labatut en “La Piedra de la Locura”, el presidente chileno de aquel entonces se ufanaba de ser un oasis en la región, intentando así despegar a su país de las crisis que atravesaban sus países vecinos, y dejando en evidencia la desconexión que puede existir entre un pueblo y sus representantes.

De los episodios de aquel entonces que finalizaron con el intento de redacción de una nueva constitución (no sin conflicto) el filósofo Emiliano Exposto rescata una frase que se repetía en varios carteles y ante la cual quisiera detenerme, la frase decía “No era depresión, era capitalismo”.

El valor de la frase reside en que apunta directamente contra una práctica muy actual tendiente a individualizar y sobre responsabilizar a la persona y su padecimiento. El cartel, entonces, vuelve a poner sobre la mesa las cuestiones políticas, sociales y económicas que se entraman en los afectos.

Los tiempos que corren en lo que se ha denominado como sociedad del consumo o posmoderna, en donde, siguiendo a autores como Lyotard o Lipovetsky, encontramos un marcado individualismo o un cambio del saber y los discursos, parecen traer aparejados afectos/efectos tales como violencia, incertidumbre, desazón, consumos problemáticos o depresión. El asunto concomitante a estos afectos/efectos, más allá de las singularidades o particularidades de cada caso, parece radicar en el lazo social y los discursos que la época propone.

El imperativo de la felicidad o de éxito, por ejemplo, como uno de los discursos prevalentes, empuja a los sujetos, sino a la explotación de sí mismos, al escarnio de la culpabilidad cuando todo intento voluntarista fracasa.

La política afectiva de la época aparta a aquellos afectos que no encajan en el dispositivo productivo general. No hay tiempo para estar triste porque inmediatamente hay que darle salida a la angustia, y si persiste, entonces la patología. Así, la demanda de productividad hace que todo síntoma se vuelva “disfuncional” al sistema que exige estar siempre dispuesto y disponible; y como consecuencia, a lo que se sale de eje, muchas veces le corresponde un trastorno.

Por supuesto que existe la singularidad y la importancia de un diagnóstico, pero hay que estar advertidos de las coordenadas epocales y singulares de un sujeto, sino se corre el riesgo no solo de banalizar un elemento importante (como lo es el diagnóstico a tiempo), sino también de reproducir los mecanismos que dicho sistema propone.

Hace tan solo unos días, bajo la denominada Ley Ómnibus, se intentó modificar la Ley de Salud Mental (ley 26657). Los argumentos reproducidos hasta el cansancio para justificar dicha modificación se basaban en criterios individuales, experiencias recortadas, y relatos peyorativos de sectores de poder que no son ingenuos a esta situación.

Estos poderes se inscriben y se sostienen en los discursos de la época antes mencionados, y combinan, peligrosa e intencionalmente, libertad individual y libertad de mercado. Se amparan en las falencias o deficiencias del sistema de atención pública, y, para favorecer sus intereses privados, omiten la responsabilidad que les compete.

El avance de estas políticas de precarización y discursos individualistas, destinados a fragmentar y segregar, deja librados a los sujetos a su voluntad y excluye la otredad. Empujan, entonces, al padecimiento a una cuestión privada, y recortan así la potencialidad que puede tener el malestar como elemento disruptivo y colectivo.

Es por ello que, los actores y efectores de salud, tenemos el deber ético de tomar cartas en el asunto, y desde el lugar en el que nos encontremos, desarmar con todas las herramientas posibles esta lógica de privilegio a la que apuntan el mercado y sus discursos.

Como dice Bifo Berardi “Cuando a la libertad se le sustrae el tiempo para poder gozar del propio cuerpo y del cuerpo de otros, cuando la posibilidad de disfrutar del medio natural y urbano es destruida, cuando los demás seres humanos son competidores enemigos o aliados poco fiables, la libertad se reduce a un gris desierto de infelicidad”.

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Alexis Sepúlveda
Alexis Sepúlveda
Lic. En Psicología, con trabajos en diversos equipos interdisciplinarios en atención y coordinación, y actualmente abocado a la labor clínica. Repartiendo el tiempo entre la música y la literatura como anclaje necesario para el día a día.

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