‘Presumido y que se comporta de modo arrogante por gozar de una posición social acomodada o vestir con elegancia’ nos tira el diccionario bajo el lunfardo, cajetilla. Para María Cristina, desde el domingo, la palabra agregó un nuevo significado.

Cristina es ama de casa y se gana la vida cuidando a una señora mayor: la madre de una comerciante coqueta y próspera de Luján. Cama adentro, entra los miércoles a la tarde y sale los lunes por la mañana.

El domingo arregló para votar temprano. Rumbeó para la escuela 29 en el barrio San Bernardo antes que nadie. Para las 9 y pico de la mañana, junto a Cristina, se habían amontonado un puñado importante de vecinos y vecinas. Pero las puertas seguían cerradas. La mayoría de las autoridades de mesa no quiso madrugar.

Un gendarme abrió tímidamente una puerta e hizo ingresar a las primeras personas. Enseguida volvió a cerrar sin que nadie terminara de entender qué sucedía. Cristina quedó del lado de adentro.

Le explicaron que faltaban las autoridades de mesa y le ordenaron asumir el rol de presidenta en la que ella votaba. Quizá más acostumbrada a obedecer que a dar órdenes, intentó explicar que no podía, que tenía que ir a trabajar, pero de todas formas se sentó.

“Tía! ¿Qué hacés acá?” se sorprendió su sobrina cuando cerca de las 11 fue a votar y la encontró a Cristina recibiendo los DNI y cortando troqueles.

Así comenzó una una postal repetida pero poco contada.

A las 9:50 de la mañana, un rato antes que sobrina y tía se encontraran, Elena Falcó, dueña de una empresa de turismo local, se acercó a la mesa donde Cristina debutaba, involuntariamente, como presidenta.

«La patrona» no tardó en subir el tono e imponer la contraorden: «Te vas a quedar sin trabajo. ¿Vos qué te pensás que te vas a quedar sentada acá todo el día? ¿Quién va a cuidar a mi mamá?». Cristina apenas pudo temblar. Sus manos delataron el nerviosismo y la mirada de sus compañeros de mesa activaron la intervención de la autoridad.

El gendarme le explicó a la cajetilla: «La señora no se puede retirar porque retuvimos su DNI. No se la puede llevar porque es presidente de mesa». Y así la patrona se fue a los gritos.

Cristina comentó su preocupación como pudo. Se estaba quedando sin laburo en plena macrisis.

Sus medicamentos contra la hipertensión habían quedado en la casa de la doña. La fila de votantes no paraba de crecer y ella tenía toda una jornada por delante. Acostumbrada a aguantar, Cristina esperó a que finalizara la fiscalización y allí se descompensó.

Hoy no tengo derecho ni pa’ embromarme dentro el salario canta El Pampa. Cristina tampoco, la poca plata en mano que la patrona le daba por quincena le servía apenas para pucherearla y, últimamente, elegir qué servicio pagar. El gas hace rato está cortado y el teléfono también.

Con un poco de viento a favor, y con los lazos solidarios extendidos, a Cristina le ofrecen una mano y la recomiendan en casas de familia o algún otro empleo. Con algo de suerte el episodio será una mala anécdota en su larga vida de laburante.

Según la Organización Internacional del Trabajo, las María Cristina en Argentina son miles y recién en 2013 fueron reconocidas al sancionarse la ley del Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares. Hasta 2016 se registraron unas 400 mil mujeres sobre un total estimado de 1.150.000 empleos no registrados en el rubro.

La estadística dejó de crecer en el vendaval económico de los últimos años que las desprotegió y generó el clima de época necesario para que se desate la prepotencia de las cajetillas.

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1 COMENTARIO

  1. Pobre mujer, que falta de moral y de sensibilidad. Es increíble tanto desprecio por el ser humano al que dejás a cargo el cuidado de tu Mamá. Y por algo que te exede totalmente, espero que María Cristina tenga trabajo y mucha salud.

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