La mujer en la Ciencia

Bibiana Vilá
Bibiana Vilá
Investigadora Superior del CONICET. Profesora Titular Universidad Nacional de Luján Autora de más de 100 trabajos científicos, capítulos y libros. Ha recibido en 2024 el premio a la trayectoria de “Científicas que cuentan” otorgado por la embajada Francesa y el Ministerio de Ciencia.

Las Naciones Unidas declararon al 11 de Febrero el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Esta conmemoración busca promover el protagonismo de las mujeres en la ciencia y el desarrollo de las vocaciones científicas en las niñas. En las crianzas, en las educaciones en casa y en escuelas, muchas veces hay roles asignados, así como modelos y estereotipos que moldean lo que las infancias y adolescentes pueden imaginar para sus vidas futuras, sus sueños y ganas de ser.

Justamente el estereotipo del científico, suele ser un varón en un laboratorio, un tipo genial, obsesivo y despeinado, algo inútil en la vida en sociedad. Además del prejuicio de que las ciencias más duras, la matemática, la física son temas de varones. Podemos reconocernos en algunos de estos pensamientos y seguro que lo hemos vivido más de una vez.

¿Y aquellas personas que quieren ser científicos/científicas e investigadores/investigadoras cuando terminan el secundario? En general estas y estos jóvenes reciben numerosos comentarios poco alentadores en términos de su futuro económico, del esfuerzo de estudiar la carrera y de la demanda “vocacional” del trabajo posterior.

¿Y si son mujeres? A estos comentarios anteriores se suman un sinnúmero de sesgos y prejuicios de género que incluyen casi siempre aspectos de la vida privada, en relación a formar una familia, tener hijes, la disposición de tiempo para la casa y los otros. Se señala la necesidad de no tener un trabajo que tironea intelectual y afectivamente y te separa de los demás construyendo un mundo propio de pensamientos, hipótesis, laboratorio, trabajo de campo, estar en ese lugar.

Muchas mujeres logran ser científicas y en el caso de Argentina, de los 11.800 investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el país, las mujeres son mayoría (unas 6400). ¿De qué se quejan entonces? Cuando analizamos estos datos, vemos que, si los consideramos en las 5 categorías de la carrera del investigador científico, en las dos más bajas (asistente y adjunto) las mujeres superan a los varones, se equilibran en la categoría media y en la más alta (investigador/a superior) sólo hay un 26% de mujeres (57/217). Acá encontramos un dato importante.

La otra pregunta sería, ¿piensan distinto las mujeres de los varones cuando hacen ciencia? ¿Acaso la ciencia no es universal, neutra y objetiva y entonces cualquier cerebro (de mujer o de varón) pensando científicamente llega a los mismos lugares?

La ciencia es un producto de la sociedad y no siempre se han valorado los descubrimientos de mujeres al nivel que corresponde. Si fuera así, deberíamos tener a Rosalind Franklin recibiendo el premio Nobel junto con los “descubridores” del ADN, quienes se apoyaron, entre otras evidencias, en un estudio cristalográfico de ella para deducir la estructura de doble hélice. Hablando de premios Nobeles, solo el 6% es para mujeres y entre ellas la maravillosa Madame Curie, la única mujer en ciencia que todos conocen y que tuvo dos premios Nobel.

También es necesario visibilizar las problemáticas a las que se enfrentan las mujeres cuando producen ciencia, especialmente en temas ambientales. A la hora de hacer valer sus resultados en temas controversiales de contaminación, destrucción de hábitats o biodiversidad, las investigadoras suelen recibir comentarios (que no son habituales para los colegas varones) acerca de que la investigadora en realidad quiere a los ecosistemas donde trabaja, se enamora de plantas y animales, es idealista y apasionada.

Todos comentarios que sugieren que los resultados están influidos por un ánimo romántico femenino y de poca confiabilidad, especialmente cuando los mismos dan cuenta de los estragos para el planeta que generan muchos de los modos tradicionalmente patriarcales de producción, de sacar los recursos, de desmonte y extractivismo, sólo darle valor económico a la naturaleza.

Cuando se observa a las mujeres (en este caso científicas) cuidando la Tierra, lo primero que varias personas piensan es que lo hacemos porque las mujeres compartimos con la madre tierra la posibilidad de dar vida y nutrir y eso es lo que nos acerca y sería una razón que podemos denominar “biológica o natural”.

Sin embargo, Simone de Beauvoir, una de las pensadoras claves en temas de mujeres nos hace reflexionar que “no se nace mujer, se llega a serlo”, y entonces descubrimos que las dificultades para las mujeres científicas cuidadoras de la tierra tienen dos cuestiones que no son biológicas sino sociales: una de vocación temprana respecto a que la ciencia no sería un perfil profesional esperable para una mujer sobre todo si tiene que hacer trabajo de campo, dejando la familia; y por otro como son “enamoradizas de sus investigaciones”, no serían lo impecablemente neutrales que se espera en la ciencia y que por eso, muchas “militan” sus resultados. Pensando la ciencia, las miradas de mujeres aportan diversidad y eso enriquece cualquier cuestión.

Y hablando de ciencia, estamos en un momento muy difícil. Con personas que ponen en discusión nuestra ciencia argumentando sobre el costo la actividad. Y todos los países del mundo con autonomía y estándares buenos de calidad de vida (a los cuales nos queremos parecer o se toman de modelo) invierten un montón en ciencia, como, por ejemplo: Estados Unidos 3,45% del PBI, Alemania 3,14% del PBI y Japón 3,26%.

Argentina invierte poco en ciencia, el 0,31% del PBI y, sin embargo, el CONICET es la mejor institución gubernamental en ciencia en Latinoamérica por quinto año consecutivo. Estamos en la posición N°22 en el rango mundial por delante de la NASA (quien con un presupuesto muchísimo más grande está en el puesto N° 28). O sea, más allá de lo importante que es la ciencia en términos de descubrimientos que mejoran la vida de las personas y generan datos valiosos, en nuestro país lo hacemos con poca plata. Y como dijo uno de los premios nobeles argentinos Bernardo Houssay “la ciencia no es cara, cara es la ignorancia”.

Tener una ciencia propia nos hace bien, nos permite tomar decisiones pensadas y basadas en evidencia, nos ayuda a la identidad nacional, para saber quién somos, nuestra historia, nuestros patrimonios naturales y culturales, un desarrollo tecnológico autónomo, saberes nuestros, dignos. La ciencia brinda descubrimientos, evidencias, datos, insumos necesarios para hacer buenas políticas, esas que necesitamos urgentemente para renacer.

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Bibiana Vilá
Bibiana Vilá
Investigadora Superior del CONICET. Profesora Titular Universidad Nacional de Luján Autora de más de 100 trabajos científicos, capítulos y libros. Ha recibido en 2024 el premio a la trayectoria de “Científicas que cuentan” otorgado por la embajada Francesa y el Ministerio de Ciencia.

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