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miércoles, 21 abril 2021

La marginalidad al centro

El caso M expuso la vulnerabilidad en la niñez y la extrema desigualdad pero duró poco. Con su rescate también se perdió de agenda el debate sobre lo verdaderamente urgente. ¿Cómo dar vuelta la página?

Pasó la maratón televisiva y bajó la espuma de las redes sociales respecto al caso de la niña buscada de 7 años que fue encontrada en Luján. Por algunas horas, ella y su captor fueron protagonistas involuntarios de la exprimidora mediática y, en ese momento, también la marginalidad, la extrema consecuencia de la desigualdad económica, estuvo en el centro del interés público. 

A la vera de la autopista Dellepiane, vive la familia de la niña en una pequeña casilla donde cartones y lonas ofician de paredes y dos plantas de ciruelas de techo. La historia de Savans, el hombre que mantuvo en vilo al país, no difiere mucho respecto a las condiciones materiales de vida. 

La marginalidad, los y las que «sobran» cada vez son más. Para 2020, en Argentina vivimos bajo la línea de la pobreza el 40,9% si solo se tiene en cuenta la variable “ingresos”. Si se consideran otros aspectos como el acceso a agua potable, cloacas y acceso a la salud entonces el porcentaje es mayor, un 47% de la población. 

La niñez es el sector etario más afectado cuantas más variables se consideren a la hora de indagar en sus condiciones materiales de vida, por ejemplo si se tiene en cuenta la escolaridad. Entonces, encontramos que la pobreza infantil llegó al 62,9% en el segundo semestre de 2020 y no descenderá más que al 61,3% para 2021 (INDEC). 

Entre las políticas de fondo y las políticas «del Fondo»

La desigualdad en nuestras ciudades no puede entenderse de manera cabal sin ampliar el lente a los Estados nacionales y a la cuestión regional. También a la historia reciente. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe la pobreza llegó al 33,7% mientras que la pobreza extrema o indigencia subió al al 12,5%. Según el mismo organismo, Argentina se ubicó como el sexto país más pobre de la región con 38,8% de su población por debajo de la línea de la pobreza y 8,1% en la indigencia.

La brecha entre quienes más tienen y menos pueden es año a año cada vez más grande. Para entender esto hay que mirar no solo el crecimiento del producto bruto interno del país sino las políticas de distribución. Durante los últimos años del gobierno kirchnerista, según el coeficiente de Gini había disminuido la brecha entre ricos y pobres, pero de 2016 a 2020 la desigualdad volvió a subir. Cuando se trata de pérdidas, los sectores populares sufren más.

A lo largo de la pandemia la caída de los ingresos en términos reales fue fuerte para todos los deciles, pero particularmente para el más pobre, cuyos ingresos medios cayeron 38%, mientras que para los integrantes del decil más rico la caída fue casi la mitad: 18%. La pandemia agrietó con más fuerza la diferencia entre ricos y pobres. Durante los meses de mayor confinamiento, el Estado debió alimentar 3 millones de personas más que durante el ocaso de la gestión Cambiemos donde ya eran 8 millones quienes dependían de la asistencia alimentaría. Durante la pandemia, no solo familias pobres e indigentes pidieron el socorro estatal, también los sectores productivos.

Del caso M no nació una sola propuesta política. En menos de 48 horas ya era historia vieja y la desigualdad volvió a taparse con otras noticias. Ayer nomás, en una votación espectacular, el Congreso aprobó subir el piso impositivo para el sector asalariado que más gana mientras el impuesto a la riqueza todavía no se pudo cobrar y a pesar de que lo previeron y buscaron evitar, la justicia dio lugar al primer amparo por parte de magnates que se niegan a aportar.

En medio de vendaval, el peso de la deuda con el FMI que contrajo el gobierno anterior y la negociación por parte de la actual gestión del Frente de Todos deja poco margen para esperanzarse con la capacidad del Estado para asistir los sectores más pisoteados.

Municipios, el primer mostrador

La pobreza, la indigencia y la miseria extrema son números, líneas curvas en un grafico o fracciones en una «torta». Así sucede con la estadística hasta que cada tanto, podemos poner un nombre y una cara a esos 6 de cada 10 niños que viven a la vera de una autopista. Pero como no se cansaba de repetir un ex intendente apelando a su costado más sensible «para nosotros, esas cifras tienen nombre y apellido y vienen a la puerta del municipio». Así, en los territorios las estadísticas frías cobran corporalidad.

Para meter termómetro a escala local, al menos en materia estrictamente de gestión, hay algunos síntomas a considerar: la capacidad de recaudación del Estado, las políticas de redistribución que implemente el gobierno, el orden de prioridades que fije en los presupuestos, y otras variables similares.

Pero más allá de los intentos, logros o fracasos que pueda cosechar cualquier gestión, en materia de desigualdad, es necesario plantar bandera. Lo que no se nombra no existe. Si algo tienen a su favor los sectores de poder, los promotores de la verdadera grieta entre quienes comen salteado y quienes tiran el pan, es que han logrado naturalizarla, reducirla a lo social y divorciarla de su carácter económico y político.

Las derechas en cualquier parte del mundo, desde un pequeño municipio a una gran nación, logran su arribo al gobierno dando entre otras, la batalla por el sentido común; y es fundamental para su ascenso que la desigualdad que promueven no cope las agendas. Es entonces, tarea militante retomar premisas y reafirmar el rumbo.

Aún con viento a favor y las velas desplegadas en la capitanía del Estado, es sabido y reconocido en el gobierno que el mercado laboral no absorberá la inmensa demanda de quienes buscan empleo, ni dará respuestas a la marginalidad. Por el contrario, la fragmentación social crecerá entre quienes más tienen y menos pueden, a menos que una fuerte convocatoria nos inunde el pecho y salgamos al encuentro del otro, de la otra.

Fragmentación social

La cajita feliz que llegó a M contrasta con el llamado a la policía o la seguridad propia en todos los locales de Mc Donalds, cuando niños y niñas van a pedir una moneda o revolver entre las sobras. La indiferencia se pasea por las veredas.

«De los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, qué no creen…. Solo nos falta saber por qué los pobres son pobres… ¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?» nos recuerda Eduardo Galeano.

Acaban de cumplirse 45 años del golpe de Estado en Argentina, aquella generación de militantes salió al encuentro de los y las más humildes. En sus perfiles, sus historias de vida, conocemos de la militancia en barrios carenciados y villas de emergencia. De la crisis de 2001 nació una red de contención primero y organización después que retomó la cultura del encuentro y buscó zurcir las fragmentaciones entre clases medias y sectores populares en una misma búsqueda de justicia social y redistribución económica. De ahí, que podemos sacar algunas claves pero para ello será imprescindible desacostumbrarnos de la marginalidad, correr los límites, volver a indignarnos pero también permitirnos la esperanza.

Fotos: Julieta Brancatto, Victoria Nordenstahl y Facundo Felice.

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1 COMENTARIO

  1. Excelente comentario. Nos golpea. Revitaliza la tarea del cuerpo a cuerpo con todos ellos. Propone cambiar la culpa que sentimos por propuestas posibles a manos de cada una, uno. Nuevamente Gracias, Ladran…

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