La juventud en movimiento

Griselda Canoves
Griselda Canoves
Vecina de Luján, compañera de Lucas, mamá de Guillermo, Martina y Juan. Docente y Coordinadora Pedagógica de Nivel Primario. Ayudante de Cátedra del Taller II de Psicopedagogía de las carreras Licenciatura y Profesorado de Ciencias de la Educación y Trabajo Social de la Universidad Nacional de Luján.

Suelo encontrarme con ex alumnxs en cualquier parte, en los lugares más comunes o cotidianos (Luján tiene ese de pueblo todavía) y también en los más insólitos e inesperados. En un negocio, en la calle, en un pub, en la universidad, en la playa, en una marcha o asamblea. Enseguida surge el abrazo y las miradas a veces desencajadas.

Cuando nos ven sin guardapolvo, lxs chicxs suelen mirar dos veces para asegurarse que sos vos esa que ven transeúnte, igual al resto. ¿Tendrá que ver con una suerte de fantasía que siempre nos ve con la vestimenta y las “formas” que hacen de tu profesión, una que, aunque devaluada política, social y económicamente, aún resguarda el prestigio que sólo le da el haber dejado “marcas” (y no heridas) en niñeces y adolescencias y que te asegura un lugar importante en sus recuerdos y experiencias en su paso por la escuela? ¿Cuándo lxs docentes tomamos verdadera consciencia de eso que generamos en nuestros estudiantes? ¿Lo enseñan en los profesorados? Claramente, no.

Me gusta saber de sus vidas, las carreras que están estudiando, si aún conservan sus amigos de la escuela, cómo están sus familias… En esa línea van nuestras conversaciones al pasar.

Hace un par de meses llevaba a un grupo de alumnxs al Museo móvil de Ana Frank que se montó en el edificio de la Cúpula de Luján. Resulta que por ese entonces quería que escribieran un diario, después llegó el “Operativo aprender” y tuve que postergarlo. Al llegar al espacio no había guías adultas y en su lugar salieron al encuentro dos adolescentes… Nos abrazamos fuerte -les dije que esta es siempre la primera reacción, casi instintiva, lo primero que aflora-.

Yo había sido su maestra en sexto año. Es que trabajé en muchas escuelas. Resulta que soy media nómade y me voy de las instituciones cuando no me siento libre. Mientras esperábamos al otro grupo de estudiantes que llegaría más tarde me contaron de sus vidas -ya les dije que ese era el segundo paso de estos reencuentros-.

Belén quiere estudiar diseño en la UCA. Le recordé esa vez que me regaló un retrato de Alfonsina Storni cuando les conté que amaba su poesía y les leí “Yo frente al mar”. Lucas quiere estudiar Psicología en la UBA. Me contó orgulloso que es “abanderado de la nacional”. Hablaron de guerra, de Hitler, de muerte, de una niña de 13 años cuya historia perdura a través del tiempo y su diario continúa tan vigente como ayer y hasta se animaron en cruzar paralelismos entre el Holocausto y la última dictadura militar en nuestro país.

Hace poco volví a cruzarme a Belén y a Lucas, esta vez fue en la Plazoleta de los Derechos Humanos. Era 10 de diciembre, la democracia cumplía 40 años al tiempo que Javier Milei asumía como nuevo presidente de la República Argentina. Paradojas de la vida -y de la Historia-, ¿no? Les entregaban un reconocimiento de parte de la Comisión de Familiares y Amigos de Detenidos Desaparecidos de Luján por acompañar las iniciativas y actividades que lleva adelante la Comisión.

Es en esos momentos donde siento que todo vale la pena, donde entiendo que las nuevas generaciones recogen el guante de contar la Historia y que seguir plantando memoria en ellas será el bastión de la resistencia siempre. Juventudes asumiendo un rol protagónico poniendo en jaque el adultocentrismo que impera en nuestras instituciones y nuestras prácticas. Juventudes que invitan y convidan a construir sociedades más justas, solidarias y respetuosas de los Derechos Humanos.

Solemos escuchar y asentimos con la cabeza cuando se habla de que el gran propósito de la escuela es formar una ciudadanía plena en una sociedad democrática y diversa, pero en el aula esto se torna más difícil, nos atraviesan a diario miles de aristas que nos distraen de lo verdaderamente importante.

¿Alguien elige la docencia para dejar que el mundo siga funcionando tal como lo hace? Lamentablemente, sí. Ya nos advertía Althusser en la década del 70 acerca del papel reproductivista de la escuela, una escuela que trabaja de forma silenciosa, durante muchos años, es obligatoria y se presenta como una institución neutral y desprovista de ideología.

Pero también sabemos que hay otra escuela posible y que existieron y existen experiencias que han desafiado con su impronta emancipadora las dinámicas institucionales y las relaciones pedagógicas de ese sistema educativo nacido de la modernidad. De alguna manera embadurnarse de esas experiencias que a lo largo de la historia han sido muestra de resistencia y de alternativa contrahegemónica, nos permite sentirnos esperanzadxs.

Última postal de mis encuentros: Valentín fiscalizaba para la Libertad avanza al lado mío durante la jornada de balotaje entre las fórmulas presidenciales de Sergio Massa y Javier Milei. Entre charla y mate me contó que tenía 17 años, que estaba en el último año de la secundaria de una escuela donde yo trabajé -que está subvencionada por el Estado que su jefe tanto odia- y que el año próximo, es decir el 2024, planeaba estudiar Economía en la UBA. ¿En qué andará Valentín hoy? ¿Ya habrá leído en su totalidad ese conjunto de medidas impulsadas por el Poder Ejecutivo (DNU 70/23, Ley Ómnibus) que amenaza y vulnera hasta sus propios sueños de estudiar en una universidad pública? Quisiera cruzarlo en alguna esquina para preguntarle.

Todas estas postales hacen que hoy más que nunca abrace la pedagogía de la pregunta, renuncie a clásicas asimetrías y me atreva a “pensar” mi práctica docente como una larga trenza, en una suerte de intersección de saberes, roles y vínculos. Salgo al encuentro de esas niñeces y juventudes que me cruzo cada día dentro y fuera de la escuela, tal vez en una marcha, tal vez en una mesa fiscalizando para este u otro partido, tal vez en una plaza levantando la misma bandera. Porque en todos esos lugares lxs encuentro “en movimiento” y sin movimiento no hay transformación posible.

También me atrevo, siguiendo la invitación que nos hace Santiago Morales, a abrazar la noción de ternura, para prescribir y persuadir en torno a la necesidad de reconfigurar la forma en que se dan los vínculos intergeneracionales asumiendo a la ternura como virtud ética (y por lo tanto política). Es decir, la ternura como aquello que emerge del encuentro entre subjetividades que se reconocen, se respetan, se valoran y se cuidan.

Al final de esa jornada donde fiscalizábamos las elecciones en la Escuela Normal, me abracé -con ternura- con Valentín, él estaba feliz por el triunfo de su partido y yo lo hice con la total y absoluta convicción de que ese día estaría triste pero eso sólo sería algo que me permitiría ese día, porque mañana sería momento de secarme las lágrimas y salir a ponerme en movimiento más que nunca. Me sentí joven y poderosa.

Dedicado a Ariela y Bernardita, dos ex alumnas que me crucé en la marcha contra el DNU de Milei frente a la Municipalidad de Luján.

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Griselda Canoves
Griselda Canoves
Vecina de Luján, compañera de Lucas, mamá de Guillermo, Martina y Juan. Docente y Coordinadora Pedagógica de Nivel Primario. Ayudante de Cátedra del Taller II de Psicopedagogía de las carreras Licenciatura y Profesorado de Ciencias de la Educación y Trabajo Social de la Universidad Nacional de Luján.

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