junio 14, 2024
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La historia de Rosita Palazzo: un puente generacional para (re)construir el presente

Silvia Palazzo, hija de la Madre de Plaza de Mayo, exhibió material de archivo perteneciente a su familia. El encuentro abrió el debate sobre los acuerdos pendientes cuando se piensa en la soberanía nacional.

Silvia Palazzo visitó la casita de la Corriente Nacional de la Militancia en Luján, ubicada en Ituzaingó 74, para dar a conocer el trabajo por la Memoria, la Verdad y la Justicia de su madre, Rosita Palazzo, y su hermano, Ricardo Luis “Palito” Palazzo, desaparecido por la dictadura de 1976. Además de jóvenes y representantes de la organización, a la actividad realizada el sábado 1° de junio asistieron compañeros de militancia de Palito.

Recordaron a Rosita mediante fotos, recortes periodísticos, testimonios orales y una entrevista televisiva de archivo. El debate nutrido giró en torno a la posibilidad de que, de una vez por todas, las y los argentinos levanten la bandera de una sola y gran clase humana guiados por la moral fraterna y el principio de una palabra, vetusta, pero que hay que desempolvar: solidaridad. 

“Se trata de un deber encontrarnos con Silvia para reconocernos en Rosita y reconstruir la memoria de forma colectiva. Son cuarenta años de lucha que no se pueden entender si no es entre todos”, expresó la referente del espacio, Natalia Correa. 

En la entrevista proyectada, Palazzo habla de su labor como Madre de Plaza de Mayo. “El círculo no tiene comienzo ni fin”, en referencia a la caminata de los jueves, pero, como metáfora, esas palabras pueden aplicarse a varias cuestiones.

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Rosita falleció en 2019. Recientemente, Silvia comenzó a sistematizar la documentación aguda que le legó su madre. Gracias a ese trabajo se supo que existió una tercera madre que quería sumarse a la lucha pero, como su marido se lo impidió, siguió la causa de forma silenciosa. Queda pendiente saber qué fue de ella y pensar cómo darla a conocer a la sociedad.

“Con mi participación en actividades por la memoria busco que se conozca la lucha de las Madres y de otros organismos, que tanto hicieron por la memoria, la verdad y la justicia, sobre todo en tiempos en los cuales atravesamos un recambio generacional, y la gente joven, muchas veces, desconoce la historia reciente. Además, como sabemos los presentes, hay otras construcciones que intentan imponerse y no le hacen honor a la verdad”, comentó Silvia.

Rosita, militante de la Memoria

Para Analía Gómez, historiadora, investigadora y docente, Rosa Sierra, conocida como Rosita Palazzo —apellido de casada—, fue una mujer como tantas otras que, durante la última dictadura cívico militar, salió a buscar a su hijo secuestrado el 16 de septiembre de 1976. “El secuestro no fue en Luján, sino en CABA, en un departamento donde Palito buscaba refugio”, explicó Gómez. 

“Atravesábamos momento de efervescencia: entrabas a una fábrica o a la universidad y, a los tres meses, te volvías un peronista comprometido”, sumó Santiago Lazzari, compañero de Palito. Otro amigo contó que la intendencia de Sallaberry actuaba en connivencia con la Policía, las Fuerzas Armadas y la Iglesia, instituciones que permitían el ingreso de camiones para realizar razias. No existía en Luján un centro clandestino de detención; marcaban personas a dedo, las secuestraban y pasaban por la comisaría para ser reconocidas por las autoridades locales.

“Palito era conocido en Luján, una ciudad chica, donde era fácil encontrarlo, y creyó, como otros militantes, que podía escapar ocultándose en CABA, pero el genocidio fue un genocidio, y no dejó lugar donde no aplicara el secuestro y la desaparición”, subrayó Gómez.

Desde su desaparición, Rosa salió a buscarlo y recorrió todos los lugares posibles: la comisaría local, el Ministerio del Interior, la Iglesia, dependencias militares, Mercedes, entre otros. En ese momento encontró a otras familias de Luján y forjó un lazo muy especial con Ana Aguirre, otra madre, y con Nelly Dorronzoro, compañera de vida de Dardo Dorronzoro.

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Rosita y Ana fueron las impulsoras de la primera comisión de Derechos Humanos y, luego, la filial de Madres de Plaza de Mayo Luján. “El legado de Rosita es esa enseñanza de lucha que tiene que ver con no bajar los brazos nunca, junto con la visión de futuro que implicó preguntarse qué iba a pasar cuando ellas no estuvieran. Esa generosidad con la que nos enseñó a muchos cómo militar la memoria para pasar la posta”, definió Gómez.

El legado de una madre

Silvia destacó que las Madres han sabido aggiornar sus consignas a las realidades políticas de cada momento sin dejar de estar del lado de los vulnerables y de los olvidados del sistema. Desde su presente, recupera la lucha de quienes creían en un mundo más justo y suma, en su rol de hija, la necesidad de transmitir toda la información que esté a su alcance para continuar con el legado. 

—¿Cómo se organizaban los compañeros desaparecidos?

—Se organizaban a partir de, por un lado, la sensibilidad social y la habilidad para formar alianzas, dialogar y armar agrupación, que es lo que cuesta tanto hoy, tan marcados como estamos por el individualismo. Tenían nortes comunes vinculados con transmitir ideología política, pero, también, con ser partícipes de las comunidades para pelear por mejores condiciones de vida con todo lo que eso conlleva. Había sensibilidad, objetivos comunes y también mucha empatía y capacidad de escucha. 

—¿En un nivel de análisis profundo, por qué creés que los desaparecieron y cómo repercute eso hoy?

—Esa militancia estaba cambiando la sociedad, estaba generando otras conciencias, estaba produciendo mayores niveles de participación de lucha. Fueron consiguiendo muchos derechos que iban en contra de los intereses mezquinos de los grandes grupos económicos. ¿A qué poder puede hacerle gracia esto? Además, habían encontrado la manera de tener un impacto social concreto. Lo que soñaban realmente podía llevarse a cabo. La revolución cubana estaba cerca. Esta juventud politizada con sensibilidad social existió con el convencimiento de dar la vida para cambiar la realidad social si era necesario.

—¿Y con respecto a la militancia de las Madres qué opinás?

—Nos han dejado enseñanzas numerosas que son un ejemplo en cuanto a encontrarse para pensar en conjunto y discutir sobre qué objetivos proponerse. Nos enseñaron que debemos ser coherentes con esas consignas, con esos objetivos planteados entre todas. Para ellas, no hay posibilidad de reparación alguna si no existe la justicia, si no existe la verdad, si no pagan sus culpas los militares y sus cómplices cívicos y eclesiásticos. 

—¿La historia es cíclica? 

—Más que cíclica es espiralada. A veces hay hechos históricos que se repiten, como volver a gobiernos neoliberales, volver a políticas económicas que generan mayor desigualdad, que hambrean al pueblo a favor de los grandes intereses económicos de pequeños grupos concentrados. Se vuelve a zonas ya transitadas, pero nunca desde el mismo lugar. Cambiamos socialmente. El regreso de las políticas neoliberales hoy no van a echar por tierra estos cuarenta años de democracia, no van a echar por tierra toda la lucha de las madres y de tantos movimientos políticos populares, sindicales, campesinos. Mucho de lo sembrado no se pierde, aunque volvamos a políticas económicas similares a las que tenía Martínez de Hoz y la dictadura, y que ya lo vivimos también en el 2001. La historia deja su huella y no se puede tapar. Y hoy ya somos muchos los que entendemos el momento tan cruel que estamos viviendo. Creo que es cuestión de tiempo para que la verdad vuelva a florecer.

¿Qué entendés por “reparación histórica” y por “Justicia”?

La idea de reparación histórica tiene mucho sentido, pero ha estado muy denostada porque, muchas veces, la utilizaron los gobiernos neoliberales que han querido instalar esto de la reparación, entendida como conciliación y como perdón. Y todo esto va de la mano con olvidar, con no reconstruir la historia reciente y con hacer borrón y cuenta nueva. Sin embargo, me parece que las luchas sociales y de los organismos de derechos humanos y de las Madres más que por la reparación histórica han ido por la memoria, la verdad y la justicia. Esto se vincula con no olvidar y con reconstruir la historia, con esclarecer lo que pasó y con bregar para que paguen las culpas quienes participaron del plan genocida.  Todavía falta. Por eso es necesario seguir luchando, para que las causas judiciales continúen y concluyan con las condenas pertinentes, para que aparezcan los nietos apropiados. Aún tenemos mucha deuda.

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