Jubilaciones que no jubilan

Edith y su tienda de barrio con más de 45 años de antigüedad es una de tantas historias entre los adultos mayores que se ven obligados a seguir trabajando

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La vidriera está repleta de colores y de cosas que nada tienen que ver entre sí. Buzos de jogging, suéteres de lana, juegos de mesa, billeteras, aritos y adornos. Me quedo mirando una caja musical con forma de tocadiscos dorado, del tamaño de un centro de mesa.

Hay tantas cosas juntas que mirándolas se te pasan los minutos ahí parada. La puerta de vidrio está cerrada con llave, y el cartel blanco con letras rojas dice que está abierto hasta las 13:30. De repente se acerca desde adentro una señora mayor y miro mi celular. Son las 13:27. Le digo a través del vidrio que paso a la tarde y es ahí cuando me entero de que la señora es la dueña y se llama Lidia, pero le dicen Edith.

-Hace casi 47 años que tengo la tienda. Imaginate, vos ni habías nacido.

Acaricia la pila de cuadernos en los que anota con lapicera los precios y las ventas, mostrándomelos como si fueran la prueba irrefutable de lo que me está diciendo.

-Empecé acá, que era un living chiquito y la entrada a mi casa. Empecé con una mesita y un sillón, a vender ropa interior y medias, a familiares y vecinos que venían de visita. Arranqué justo el 11 de mayo del 79, me acuerdo porque es la fecha de mi cumpleaños.

Este año Edith ya cumplió los 80 y está jubilada. El living y la mesita se expandieron tanto que necesitó también de lo que fue su dormitorio y más adelante el de su hija, pero el comienzo no resultó tan sencillo.

-Había veces que venía gente, había veces que no. Yo no conocía nada del rubro. Hice cartelitos que después ponía en la carnicería, en el almacén, en todos los lugares que me permitieran. Vi dos o tres días que no vino nadie, y llegó mi marido de trabajar y le dije “no, yo no quiero seguir con esto”. Porque yo le había gastado los ahorros que él tenía, todo. Le dije que esto iba a ser para perder, y él me dice “no, te metiste, ahora seguís”.

Y siguió. Una prima suya, que también tenía negocio, empezó a mandarle a los viajantes.

-Me traían mercadería y yo lo pagaba a contraboleta, como se hacía en ese momento.

Para fin de año ya tenía hasta juguetes, y una fila en la puerta esperando para ser atendida. Su tienda fue tomando toda su casa en El Mirador, cuando el barrio ni siquiera tenía asfalto, agua corriente y tampoco gas natural. Ella dice que corría “a lo loco”, pero que siempre le gustó vender. Que disfruta del trato con la gente y que, incluso, había familias enteras que venían a comprarle desde otros barrios.

-A la gente le gustaba mi trato y les empecé a dar a pagar también. Inclusive cuando llegó la época de Alfonsín, que vino la hiperinflación y no todos daban crédito. No daban nada. Yo le seguí dando a la gente de la misma manera, sin ninguna entrega podían llevar cosas. Pero la condición era “mirá, vos llevás esto. Si cuando venís a pagar aumentó 100 pesos, lo compartimos. Yo te aumento 50 y 50 lo pierdo yo”. Y a veces si era muy mínimo no se lo diferenciaba tampoco.

Las crisis se sucedieron y llegó el 2001, pero nunca pensó en cerrar. Cuenta que al no alquilar ni tener que pagarle a personas que la ayuden pudo atravesarlas. Como está intentando hacer ahora, dice, aunque con varias salvedades.

-Yo ya no tengo la misma edad, no tengo las mismas ganas. Trabajo desde muy chiquita, empecé a los 11 años porque mi hermano tenía telares y algunos vecinos también, y a los 14 entré en la Flandria. Estuve 15 años ahí, me faltaba un mes para cumplir los 15 años de trabajo. Me fui porque me casé y la tuve a mi hija, y quería poder criarla yo.

Entrar en la Tienda San Antonio se parece a viajar en el tiempo. Los estampados modernos conviven con zapatillas vintage y adornos de la casa de la abuela. Edith, aunque ya no tenga las mismas ganas, resiste su paso y resiste las crisis. La misma tienda que fue ocupando su casa hoy se convirtió en lo que la sostiene.

-Estoy jubilada pero con la mínima, mi marido también. Llegamos y no debemos nada gracias a Dios, pero porque tenemos el negocio. Porque siempre hay alguna venta, algo siempre sale. Sino no nos alcanzaría. Se nos hace difícil, nos gustaría disponer de un poco más de libertad en el dinero para darnos un gustito, hacer alguna otra cosa.

Le pregunto si, al menos, después de tantos años de trabajo, le alcanza para hacer un viajecito o salir unos días de vacaciones.

-No, no, no. Ya hace tiempo que no.

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