No es una fecha más para aquellos tripulantes sobrevivientes del hundimiento del Belgrano. Es una fecha de mucho dolor y de recuerdo. Un 2 de mayo de 1982, en plenos intentos de mediaciones diplomáticas, el crucero fue atacado por el submarino nuclear inglés HMS «Conqueror» en momentos en que navegaba a 35 millas al sur de la zona de exclusión determinada por Gran Bretaña alrededor de las Islas Malvinas, por órdenes de la Primera Ministra Margaret Thatcher.

Allí murieron 323 tripulantes, mientras que el resto de la tripulación naufragó y se tuvo que enfrentar a las mareas, los vientos, las aguas a bajísimas temperaturas y el hambre para poder sobrevivir. La historia del Belgrano es muy particular: fue construido por la armada estadounidense en la década de 1930 y resultó ser uno de los pocos buques que sobrevivieron al ataque japonés de Pearl Harbor en diciembre de 1941. Diez años más tarde, fue incorporado por el Estado Nacional bajo el nombre de «ARA 17 de Octubre». Tras la consolidación del Golpe de Estado de 1955, el buque fue rebautizado por «ARA General Belgrano».

Gustavo Altoé es el único sobreviviente lujanense del hundimiento del Belgrano. A 39 años de uno de los momentos claves en la Guerra de Malvinas, el veterano hace memoria y recuerda el ataque inglés. Clase 62, le tocó hacer el servicio militar en la Base Naval de Punta Alta, Bahía Blanca, donde realizó 76 días de instrucciones a bordo del Belgrano.

Sirvió como maquinista y hoy rememora cada momento de aquel domingo 2 de mayo de 1982, a las 15:55 de la tarde, cuando dos torpedos impactaron en popa y proa del Crucero. En diálogo con Ladran Sancho, Gustavo no se olvida de sus compañeros que quedaron en Mar Argentino.

—¿Te tocó hacer el servicio militar en el General Belgrano?

Sí. Hacíamos viajes a Usuhaia y Puerto Madryn, que eran los puertos donde podíamos entrar. Hacíamos Zafarrancho de combate, de abandono. Era un buque viejo que estuvo en Pearl Harbor, donde los kamikaze lo bombardearon y no lo pudieron hundir. El barco estaba todo reparado y tenía un buen alcance entre cañones de 3,5 pulgadas y antiaérea, tenía 56 bocas de fuego y hacía efectividad a 14 kilómetros, pero por arriba. Nosotros fuimos atacados por abajo.

—¿Cuál era tu rol?

Yo era maquinista. Me desempeñaba en máquina de popa, donde pegó uno de los torpedos. Siempre se hacen 8 horas de guardia en navegación. Recibía órdenes del puente de comando. Tiene una tarea importante el maquinista, donde hacés una maniobra mal puede ser un problema.

—¿Cómo te enteraste que ibas a Malvinas?

El 2 de abril zarpa toda la flota y nosotros zarpamos el 16 de abril, porque teníamos un problema en una máquina de popa. Una hélice se calentaba. Estuvimos navegando a 17 nudos, fuimos hasta Usuhaia a reabastecer víveres y munición. Ahí el comandante habló con nosotros y nos dijo que íbamos a hacer un trabajo de pinza. El Piedrabuena, el Bouchard y el Crucero Belgrano por el sur, la Santísima Trinidad y el porta aviones por el norte. Nos dijo que no iba a tocar más zafarrancho de combate y abandono, que si tocaba iba a ser real.

—¿Cómo fue el primer día que entraron en zona de exclusión?

El 1 de mayo el comandante recibe órdenes de entrar a la zona de exclusión. Cuando entramos estaban todos los compartimientos cerrados, listos para combatir, hicimos oscurecimiento, que significa que no puede haber ninguna luz en cubierta, no se hablaba por los teléfonos del buque para nos ser interceptados y a las 8:00 del 2 de mayo el comandante recibe órdenes de salir de esa área de exclusión y ahí entiende que hay que abrir todos los compartimientos. En el caso mío me toca la guardia normal de navegación, de 8:00 a 12:00. Fuimos a buscar dos corbetas inglesas que nunca las encontramos.

—¿Cómo fue el día del ataque?

Ese día a las 15:55 fue cuando impactan los torpedos. Uno impactó en popa, otro en proa y uno que no alcanzó a pegar al Bouchard. Cada torpedo tenía 1650 kilos de explosivo. en 53 minutos el buque se hundió. El Piedrabuena y el Bouchard no lo captaron nunca. El submarino nos siguió entre 15 y 18 horas por debajo del agua y los buques nuestros que tenían sonar no lo captaron. Tuvimos que hacer rápido el abandono y salir a naufragar. Ese día había 90 kilómetros de viento y olas de 7 metros.

—¿Qué estabas haciendo en el momento del impacto de los torpedos?

Yo estaba debajo del puente de comando, en la mitad del buque. Se cortó la luz, se empezó a sentir griterío, olor a quemado, uno de los torpedos empezó a largar como un gas que te axfisiaba y empecé a sentir agua en los tobillos. El torpedo que pegó en proa le cortó 20 metros de la proa. Yo conocía bien el barco, así que sabía lo que tenía que hacer. Hay una estrategia a seguir en esos momentos.

—El ataque termina siendo fuera de la zona de exclusión. ¿Qué les generó eso?

Por eso lo hunde tan rápido, porque nos pega fuera de la zona de exclusión con todos los compartimientos abiertos. Si nos pega dentro de la zona de exclusión obviamente pegaba donde yo hacía guardia y no estaría acá. Eso hubiera salvado a muchos del naufragio, porque hubiera dejado al buque escorado, estanco unas 10, 15, 20 horas, pero no se hundía. Está preparado para que cuando es atacado así no se hunda. En este caso se metió mucha cantidad de agua y fue inevitable. A ellos no les importó atacar fuera de la zona de exclusión. Han vivido en guerra, usurpando toda la vida. Hunden el Belgrano para darle comienzo a la guerra. Si bien el Belgrano en la zona que estaba no era una amenaza, ellos sabían que iban a hacer mucho daño humano y material. Era un barco insignia de la armada, algo de lo mejor que había. Ahí mueren la mitad de los muertos que dejó la Guerra de Malvinas.

—Tuvieron que abandonar el barco

La instrucción había sido hasta llegar a la balsa, después de tirarse a la balsa con 90 kilómetros de viento. La balsa en el mar se movía constantemente fue muy difícil. Si no te agarrabas enseguida, te caías al agua y no eran aguas cálidas, ahí teníamos salvavidas pero si te caías durabas 4 minutos vivo. No tuvimos tiempo para nada. Se rompieron los tanques de petróleo y a 200 metros era todo petróleo, que también estaba la posibilidad de que se prenda fuego.

—¿Cómo fueron las horas de naufragio?

Cuando ocurre el ataque, el Piedrabuena y el Bouchard se van del lugar. Fue a las 16:00 y a las 17:30 es de noche ahí. Cuando volvieron ya estaban las 70 balsas en el mar y se les re complicó el rescate, porque no había una lancha liviana, el barco se tenía que arrimar a la balsa. Nosotros atamos las balsas para que el avistaje sea mejor, pero con el viento que había las tuvimos que desatar porque cortaba las amarras y podía romper la balsa, así que se separaron todas las balsas en el mar. Estuvimos 42 horas en la balsa. Íbamos prendiendo bengalas para que nos vean. Hacía mucho frío. Yo agarré 9 frazadas y cuando estábamos en la balsa encontré gente muy desabrigada, otros en calzoncillos y me quedé con una sola frazada. La pasamos muy mal. Nos pegó una zaranda el mar.

—¿Tuviste miedo?

Sí, miedo a caer al agua. A que se nos de vuelta la balsa. Iba un suboficial con nosotros y después de las 25 horas ya no sincronizaba del frío. Él tenía 50 años, nosotros 20. Creo que eso fue lo que nos salvó.

—¿A dónde fueron luego del rescate?

Fuimos a Comodoro Rivadavia, donde nos atendieron. Ahí yo me quedé sin destino, porque mi destino era el Belgrano, entonces me vine un mes de licencia a mi casa acá en Luján. Después, hasta que terminó la guerra, fuimos a la Escuela Mecánica. Era más para tener un control.

—¿Tomaste dimensión de lo que pasaba?

No tomaba dimensión en ese momento. Yo era asistente de un capitán y me decía «¿Sabés donde vamos? Vamos al muere». Yo confiaba mucho en el Belgrano, pero sin saber lo que tenía el enemigo. Te siguen 15 horas y te hunden cuando quieren, estábamos en una diferencia infernal. Ellos tenían mejores armas, fueron ayudados por Estados Unidos que le prestó todos los satélites para mirar nuestra flota de mar y los hermanos chilenos le dieron la logística que podían.

—¿Cómo fue tu vuelta a Luján?

Yo volví el 8 de mayo y estaban todas las confiterías bailables abiertas, todos los boliches. Parecía que no había pasado nada. Quedé medio descolocado. Me dolió, no estuvo bueno.

—¿Qué sentiste el tener que ver el final de la guerra desde tu casa?

Yo sabía que habíamos cumplido. Con 20 años nos tocó a nosotros y no conozco a nadie que no haya querido ir. Me hubiera gustado haber estado allá.

—Les faltó el reconocimiento a la vuelta, Gustavo…

Alfonsín nos metió abajo de la alfombra. Pasaron muchos años sin reconocimiento. Esto es como una quemadura: si vos te quemás, necesitas la crema enseguida, no diez años después. Eso es lo que le pasó al veterano. A muchos le costó conseguir trabajo, otros nunca consiguieron, quedaron mal psicológicamente.

En 2007, por pedido de Gustavo, el Intendente Miguel Ángel Prince bautizó la calle del Barrio Lanusse donde vive y desde entonces lleva el nombre de Crucero Ara General Belgrano. Además, frente a su casa hay un monolito que recuerda a sus compañeros caídos en combate. «Para mí que mi calle lleve ese nombre es un orgullo tremendo. Da la casualidad que son dos cuadras, casi la misma medida del Crucero, que medía 186 metros», comenta Gustavo.

—¿Cómo conmemorás los 2 de mayo?

Para los tripulantes del Belgrano es un día muy importante. Si bien el 2 de abril es un día muy importante porque recuperábamos nuestras islas, el 2 de mayo recibíamos un cachetazo y perdíamos 323 vidas, un buque. El buque se compra pero las vidas no. Para los que sobrevivimos y para los familiares que no le pueden ir a tirar una flor a los caídos es un día muy importante.

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