Una invitación constante al trabajo, al estudio y la investigación, sin que devenga en aburrimiento. Inquieto, creativo y reflexivo. Padre de una familia de artistas. Sus primeros pasos, algunas reflexiones sobre la cultura y algunos paisajes familiares en la vida de Jorge “Hueso” Ricciardulli.

Hueso es el pintor más destacado de la ciudad. Tiene pocos años menos de vida que de trayectoria artística. Poca academia pero mucho estudio y una búsqueda permanente en el arte y la filosofía. Sus cuadros se expusieron y vendieron en galerías de varios países. «Una amiga los vendía como si fueran las reuniones de táper, hasta que después colgábamos los cuadros con los números de teléfono» según cuenta sobre sus primeras exposiciones en Europa.

En una tarde de verano le arrancamos algunas anécdotas de su niñez que ilustran su concepto artístico, reflexiones sobre la cultura y el rol del estado, y algunos paisajes familiares en la vida del pintor y padre de una familia de artistas.

Nos recibe en su taller, convertido en una exposición permanente, repleto de cuadros en cada rincón. Interrumpe un dibujo que prepara para un concurso mientras su hija Rosaura apenas baja el volumen de las guitarras que suenan para dar ambiente y renueva el mate para empezar esta nota.

Foto: Julieta Brancatto

Pinta tu aldea.

De padre carpintero y madre ama de casa, el antecedente artístico en el gen Ricciardulli es un tío de Hueso. “Tío de mi viejo en realidad. Tío abuelo mío sería. Fue un tipo muy interesante. Escribió libros de grabado, estuvo con Torres García y fue amigo de Petorutti. Vivió en Europa hasta que el franquismo lo expulsó y laburó con anarquistas en rescates de obras ante la usurpación nazi. Yo lo conocí pero siendo muy chiquito”.

Jorge tomó sus primeras clases a los seis años, se aburrió antes de los diez y “a eso de los once, doce” cobró su primer trabajo como artista cuando pintó motivos de Disney en la habitación que una madre acondicionaba para el hijo que esperaba.

«En ese momento no había profesores de arte acá. Teníamos una profesora de música en la Escuela 14 que después de clase en una casa grande tenía como si fuera un centro cultural de ahora y ahí iban varios artistas que enseñaban piano, canto, idiomas y dibujo».

Foto: Julieta Brancatto

Hueso recuerda a una de sus primeras profesoras de arte cuando aún era un niño. «Ella venía, le daba unos pincelazos para que el cuadro quedara bien y mostrarle a los padres como aprendían los chicos. Te lo firmaba con tu nombre porque a nosotros no nos salía firmar con óleo. Nos hacia copiar paisajes berretas en terciopelo negro. El puentecito, el lago y una caña de bambú; no pasaba de eso, era un plomazo. Me costó mucho, después, desestructurarme y aprender a trabajar con el hemisferio derecho».

Ya de adolescente pasó por la la Escuela de Arte. «En ese momento estaba la premisa esa de pinta tu aldea y serás universal. Tenía de profesor a Pipo Ferrari y me decía que pinte las cosas de Luján. ‘¿Pintaste a la tía ojos?’ me preguntaba siempre. La tía ojos era una vieja que usaba unos culos de botellas como anteojos. Yo vivía con unos amigos artistas en una especie de comunidad frente a la tía ojos que estaba en el depósito del parque de diversiones. Cuando la vieja abría el portón del depósito se veían unos caballos de calesita colgados o autos chocadores rotos que dibujé pilas de veces”.

Como esos cuentos del viejo de la bolsa o la luz mala a Hueso le decían que la Virgen lloraría si hacía algunas travesuras. En eso de pintar la aldea, la imagen de María protagonizó varias de sus obras y aquel cuento del llanto también: La ilustración «El milagro de la niebla”, una escultura con la Virgen llena de abrojos o su trabajo “El día que la Virgen lloró”.

Foto: Julieta Brancatto

“Mierda! Ninguno me salió abogado”. 

Nada hay de disociado en la vida de Hueso. A sus veintitantos y tras vivir algunos años en comunidad con otros jóvenes artistas se casó con una colega, María Alejandra, con quien tuvo cinco hijos, todos artistas. Lucio es muralista, Lino fotógrafo, y Oliverio y Rosaura, pintores. Clarita toca el violín.

“Como los hijos de abogados salen abogados y los hijos de dentistas salen dentistas. Yo mucha bola no les dí a los chicos, en el sentido de enseñarle ejercicios o algo así. Pero lo mamaron. Teniéndolos a upa de bebés seguía pintando y en ese ámbito salieron así».

Rosaura es una de las hijas que más frecuenta el taller y pide consejos a su padre. “Nacimos con eso, corríamos en el museo en el medio de las muestras, jugábamos en esos ambientes. Nos curtimos así. Nos nutrieron en libertad y creatividad” testifica. “Mierda. Ninguno me salió abogado” contesta Hueso.

Además del talento, algunos de los Ricciardulli hijos heredaron la flexibilidad en las articulaciones que le dio el apodo al pintor en su niñez. «Hacía pruebas con el cuerpo, Rosaura y Lino también lo hacen. De chico me tocaba con los pies la nariz, las piernas las ponía atrás de la cabeza, esas cosas. La primera vez que quise ponerme las piernas atrás de la cabeza me quedé trabado. Me había quedado sin respiración y tuvo que venir mi vieja a destrabarme. En la escuela alguien empezó a decirme ‘hueso’ y ahí quedó. Lo adopté como sobrenombre».

Foto: Julieta Brancatto

El mandato artístico.

Para el pintor “el mandato artístico viene de acá” dice mientras se señala la cabeza. El asunto de la creatividad está en la percepción.

“La motricidad la podes entrenar pero el mandato viene de la cabeza. La percepción es pensamiento. Tenes que reflexionar sobre cómo vez la cosa, no sobre qué es la cosa».

Hay gente que dice ‘no tengo mano’. Y no se trata de tener mano sino de tener percepción. Por eso podemos pintar con el pincel en la boca o en los pies como hacen muchos pibes que no tienen extremidades. Lo peor es el pintor sin cabeza, no sin mano”.

Foto: Julieta Brancatto

El rol del estado en la cultura de un pueblo.

Ricciardulli se convirtió en un profesional del arte con el paso del tiempo. Imposible de anticipar en aquellos años donde se rateaba de sus primeras clases. Ser un hombre de consulta sobre las cuestiones culturales lo llevó a dirigir el Museo de Bellas Artes durante seis años. Actualmente ejerce como docente y volvió al Museo como subdirector.

“En cultura el estado tiene que promocionar y asistir. Hay que ayudar a que las expresiones artísticas crezcan y se desarrollen. Para mi habría que pagarle a la gente que elige laburar en el arte. Que te den una beca y tengas que entregar cuadros, asistir a talleres, comprar materiales, etc. Hay que asistir a los espacios en donde el arte se desarrolla. Las direcciones culturales no innovan, y los pibes no se sienten integrados. El Estado y las instituciones en general tienen que acercarse y bancarse las nuevas modalidades”.

Rosaura suma a la charla el valor de lo colectivo y asume los desafíos de una juventud disconforme. «Está todo bastante vacío. Yo intento poner énfasis en lo colectivo. Mientras sigo con lo mío, participo y trato de aportar en espacios grupales como en el Centro Cultural Artigas y en el Taller Artó o en Centro de Estudiantes de la Escuela. Tenemos pocos recursos, muchas veces viene gente agradecida porque podemos conseguir una pared para pintar. Tenemos que aprovechar los espacios que hay, intentar articular y abrirnos a lo nuevo para sumar”.

De aquel tío abuelo a las nuevas generaciones las semillas dan frutos. Varios litros más de pintura garantiza la siembra de Hueso. Mientras nos retiramos de su taller, retoma de a poco el trabajo. Sus obras explican buena parte de la historia local, la que fue y la que el creó sin pedir permiso. Nuevas ideas aparecen en su cabeza, toman forma y pronto se convertirán en postales del pueblo que lo vio crecer como artista.

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