¿Hacia una verdadera democracia participativa?

Nicolás Arrué
Nicolás Arrué
Arquitecto y Urbanista. Cooperativista. Secretario de FEMOBA. Presidente del Consejo Urbanístico Ambiental de Luján.

En su película “Brazil” (1985), Terry Gilliam nos muestra cómo la sociedad del control estatal absoluto, manejada por una burocracia implacable y una tecnología supuestamente infalible, atenta contra el ser humano, su dignidad, su creatividad, sus posibilidades de soñar y de realizarse.

Unos catorce años más tarde, David Fincher en “El Club de la Pelea” (1999), nos alerta sobre la sociedad neoliberal actual, absolutamente controlada por el mercado, y la sociedad de consumo: la violencia (del mercado) genera violencia (de quienes van quedando al margen).

Interesa la ficción para reflexionar sobre modelos de la realidad que, también, son a veces
ficcionales en las formas en que se relatan, y actúan sobre nuestras subjetividades. En estas dos películas pueden verse dos modos distintos de concebir el poder dentro de nuestra cultura. Ambos modelos se insertan en el contexto de una democracia, pero en la primera las posibilidades de elección están restringidas por un Estado burocrático y asfixiante, mientras que en la segunda las posibilidades de elegir “libremente” se restringen por la cantidad de dinero y el lugar que cada quien ha llegado a ocupar dentro del esquema del mercado.

Importante: ambas películas ensayan formas disruptivas de eludir esos poderes supremos que atan y someten a los sujetos. Ahora bien, ¿es posible pensar una democracia (demos=pueblo, kratos=gobierno, “gobierno del pueblo”) donde realmente parte del poder sea de la gente, y donde el poder real no nos ate ni someta? Me refiero al poder real, no necesariamente al poder político.

En el libro “Chomsky y Mujica: Sobreviviendo al Siglo XXI”, ambos referentes contemporáneos se preguntan, justamente, de qué manera se puede vivir “con causa” y sin caer en “el consumismo implacable”. En esos diálogos, Pepe Mujica revela algunos aspectos de la primera democracia, la de los atenienses en la Grecia clásica, que yo en gran parte desconocía.

La democracia en Atenas del Siglo V antes de Cristo, implicaba que todos los ciudadanos (sí, ya sé, no todas las personas eran consideradas ciudadanos) podían participar del Ágora, y tomar la palabra en las discusiones que se daban para la formulación de las leyes, las cuales, luego, eran votadas por todos. Una suerte de democracia directa, no representativa, donde la mayor parte de los cargos públicos no eran elegidos por votación, ¡sino por sorteo!

Esto implicaba, por un lado, la imposibilidad de la corrupción y de que una élite tome el control del gobierno, pero también implicaba una gran responsabilidad de todos los ciudadanos: cualquiera podía resultar sorteado para un cargo público, por lo tanto debía estar bien informado y participar activamente de la vida ciudadana, o sea, de la “política” (polis=ciudad), porque en el caso de tener que asumir una responsabilidad pública, debía hacerlo con idoneidad, o enfrentar ser juzgado por un tribunal, (también elegido por sorteo), de quinientos jurados.

No propongo que se instale el sistema ateniense pero si invito a reflexionar por un instante, sobre la posibilidad de recuperar algunas cuestiones que nos acerquen, como sociedad, a una verdadera Democracia, con participación real de las personas. Lo que tenemos hoy en día sería otra cosa.

Quienes transitamos y promovemos espacios de participación ciudadana, conocemos las
grandes dificultades que conllevan. En mi humilde opinión, son principalmente tres. La primera y menos obvia, es que la gente participe, o sea, que quiera participar: esto implica, como dijimos, asumir responsabilidades, escaparle al aislamiento, y sobre todo ceder un poco de nuestro tiempo, una de nuestras posesiones más preciadas.

La segunda es que nadie quede sin ser escuchado o escuchada, que todas las opiniones tengan lugar y valgan lo mismo; sin que burócratas o tecnócratas pretendan apropiarse de la palabra y opaquen los puntos de vista menos “calificados” pero que muchas veces encierran la mayor verdad.

La tercera dificultad, y la más difícil, es que se le dé lugar a esa participación: obtener algo de poder en manos de vecinas y vecinos implica ceder algo de poder de manos de gobernantes y funcionarios; obviamente, cuesta ceder ese poquito de poder. Con tantas dificultades, alguien podría preguntarse: ¿por qué molestarse?

Vivimos una gran crisis de representación. Francamente, votar cada dos años, sobre un menú preestablecido y negociado en mesas oscuras a las que no accedemos, con poderosos sistemas informáticos y algoritmos de redes sociales que cada vez manipulan más a los votantes, nos convierte en meros espectadores de un sistema de poder al que, muchas veces, no le importamos, al menos no como personas. ¿Tal vez sí como consumidores? Finalmente el poder circula entre aquellos que buscan más poder y ven a la población como “votantes”, y aquellos que ven a la gente solo como “consumidores”, manipulables a través del marketing, los algoritmos y el crédito.

¿Pero no es que vivimos en democracia? ¿No es el “gobierno del pueblo”? Pienso que va siendo hora de que, al menos, nos creamos que sí; que busquemos formas de participación directa, que nos informemos, que nos acerquemos a la toma de decisiones, que sintamos, como los atenienses, que la ciudad es nuestra, que la provincia es nuestra, que el país es nuestro, y que el mundo es nuestro; y que tenemos algo que decir al respecto; y que eso que tenemos para decir, ¡debe ser tomado en cuenta!

Cada vez es más difícil que alguien logre representarnos realmente, las personas resultan constantemente defraudadas, al adherir a discursos con los que acuerdan, pero comprueban con el tiempo que la práctica política no sostiene esos discursos. Las verdaderas representaciones no aparecen ni en la tele ni en el celular: aparecen en el encuentro interpersonal y comunitario, y se reafirman en la práctica política (o no). Tal vez, entonces, en la búsqueda de la democracia “directa”, en ese camino de involucrarnos y participar, encontremos una mejor democracia “representativa”.

Tenemos un menú de opciones a la hora de participar: existe la participación como
manifestación en la calle, en las plazas, en reuniones que surgen de acuerdos comunitarios, gremiales, sectoriales. También podemos participar en los espacios colegiados de las universidades, de las escuelas, asambleas barriales, ambientales, sociales, sociedades de fomento, comedores comunitarios, y muchos espacios más.

En algunos municipios existe el Presupuesto Participativo, como mecanismo institucional donde la ciudadanía participa elevando propuestas y toma decisiones en la administración de una parte del presupuesto municipal. En otros municipios existen Consejos Ciudadanos (el CUA, Consejo Urbanístico Ambiental de Luján es uno de ellos) donde los temas de la ciudad son discutidos por vecinos y vecinas que pueden plantear su mirada en un dictamen que debería ser atendido por los funcionarios.

Lo importante es involucrarnos, interesarnos, informarnos, y estar al tanto de las discusiones y los asuntos de la ciudad, sentar posición frente a los mismos, dar las discusiones, buscar consensos.

El desafío de estos tiempos parece ser que re-inventemos e integremos formas de participación real, y que las llevemos a la práctica comunitaria. Toma tiempo y trabajo, es verdad, y más aún en estos momentos en que el poder, desde todos los ángulos, busca recluirnos a la apatía y la inacción. Parece mucho más que utópico, sin duda lo es; pero tal vez puede ser una manera de asumir el protagonismo en nuestras vidas, en nuestras comunidades, y de no terminar enajenados en una vida de fantasía como Jonathan Price en “Brazil”, o disociados en una nube de violencia como Eduard Norton en el “El club de la pelea”. Tal vez en esta búsqueda entre vecinas y vecinos aparezca algo que se empiece a parecer un poco más a una verdadera democracia.

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Nicolás Arrué
Nicolás Arrué
Arquitecto y Urbanista. Cooperativista. Secretario de FEMOBA. Presidente del Consejo Urbanístico Ambiental de Luján.

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