Guerreras del arcoiris

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Las semillas guardan secretos milenarios que se revelan en cada brote. En días de celebración a la madre naturaleza, Esteban Gómez vincula la tradición andina con la comunidad educativa de una escuela pública de nuestra ciudad.

“Waina Atoq” era una niña de 10 otoños en su memoria. Vivió en la región imperial del Chinchay Suyu (hoy la frontera entre Perú y Ecuador). Me contaron unos abuelitos que se la recuerda hasta nuestros días como un “Apu” protector. Su historia es pequeña como sus piecitos. Esos pequeños pies y manos, morenas y ajeadas por la tierra y el viento, tuvieron mucho trabajo por aquellos días y noches.

Hace 500 años robaba semillas, de allí su apodo “joven zorrita”. Todos en su pueblo se enojaron con ella, incluso sus papás, pero después de varias aventuras se supo la verdad: “No las robó, las guardó en una cueva para cuando hagan falta”.

Muchos hacen rogativas y prenden velas para que la pequeña Apu proteja la siembra y fecunde las cosechas materiales y espirituales.

Waina Atoq pertenece a la legión de “Guerreros del Arcoiris”, seres que según la cosmovisión andina, guían, estimulan y protegen espiritualmente a aquellos seres humanos que cuidan y aman a la madre tierra.

La aurora

Quizás no se enteraron pero hace unos meses fenómenos extraños se sucedieron en nuestra ciudad.

Rastrillos, palas y palos comenzaron a desaparecer de algunas casas. En las oficinas del INTA local, desparecieron mágicamente bolsas con semillas. Zapallo, zapallito, tomates, acelga, lechuga, ajíes y hasta algún que otro plantín de albahaca. El reconocido ingeniero José Luis Castañares declaró a un medio periodístico que pudo ver desde su oficina a un pequeño gnomo correr en sentido a la nueva autopista, arrastrando algunas bolsas. Lógicamente se desdijo luego, para no ser mal interpretado. Incluso algunos docentes de botánica de la UNLu, como Martín, Bruno y Laura afirmaron que papeles y libros desaparecían por las noches para volver a aparecer a los dos o tres días. Si les preguntan; negarán todo.

Como en un relato de Borges, varias personas de la Feria de Agroecología del barrio El Mirador tuvieron episodios similares mientras dormían. Comentan a quien quiere escucharlos que una pequeña zorra las corría en un laberinto y luego enfrentaba valientemente a un minotauro hecho de plástico y brea.

Felizmente, hace algunas semanas aquí en Luján se supo la verdad: un grupete de niñas y niños de la Escuela Publica nº 29 del barrio San Bernardo, guiados de Jasmín Cano, docente y amante de la tierra, no robaban semillas; “las guardaban para cuando haga falta”.

Palas y rastrillos en manos de papás y mamás, prepararon la huerta. Se acercaron a la escuela, a la de sus hijos. A su escuela. Labraron la tierra y prepararon su vientre para fecundarla. Hicieron la compostera orgánica con ayuda de otras docentes y no docentes, armaron los plantines junto a niñas y niños que, riendo y asombrados, sin saberlo convocaban a los Guerreros del Arcoiris.

Para los pibes fue y “está siendo” como diría Paulo Freire, una experiencia transformadora. Trabajar la tierra y la huerta les permite aprender saberes milenarios. La capacidad de trabajar en equipo, superar obstáculos, incertidumbres y cansancio y fundamentalmente la capacidad de espera. Saber esperar. Algo que está en vías de extinción. El ser humano posmoderno ama lo instantáneo, el vértigo de las pantallas y esa negación caprichosa a aceptar que la naturaleza no le pertenece, sino que somos parte del ella y le pertenecemos.

La tormenta

Junio de 2019 ha sido el mes más caluroso en el planeta desde que a finales del siglo XIX se mide la temperatura a nivel global. Los bosques desaparecen. Año a año «se secan» kilómetros de coral oceánico. En los últimos 5 años hubo 20 millones de seres humanos que migraron a causa de catástrofes ambientales. Desde la última glaciación (hace aproximadamente 11.000 años) que no sucedía semejante movimiento de humanos. La devastación no se detiene.

El tecno-capitalismo en sus versiones populistas de izquierdas o de derechas, empuja a ricos y pobres a consumir lo que sea y como sea. Como resultado la basura se amontona en la puerta de nuestras casas. Nuestro basural a cielo abierto, el más grande de Buenos Aires no deja de engordar. Sus fauces tienen 10 metros de profundidad, herencia de una vieja tosquera, pero otros 10 metros de altura. Hectáreas de humana vergüenza al igual que nuestra impune adicción a consumir.

Ningún gobierno ha enseñado a moderar el consumo, y es poco habitual la concientización en lo importante de tener nuestra huerta, plantar árboles y sombra en vez de comprar aires acondicionados. No nos han enseñado a separar basura, reciclar ni a reducir. Al contrario, se fomentan los anabólicos financieros para que compremos más electrodomésticos, más autos, más celulares y más plásticos. La riqueza de una sociedad jamás se mide en cantidad de objetos a los que se pueda tener acceso. Eso es relato para cándidos.

En toda relación social, por ejemplo entre ricos y pobres, explotadores y explotados, productores y consumidores, gobernadores y gobernados circulan y se intercambian significantes que dan sentido y consolidan esas relaciones. El dinero y los objetos son los significantes preferidos por el tecno-capitalismo.

Pero existen otras relaciones y otros significantes.

El bienestar  o buen vivir (sumaj kawsay) se evidencia en el intercambio de capital simbólico para cada ciudadano, en justicia, salud y educación de calidad, en familias integradas, en lazos sociales fuertes, en una alimentación saludable, en proyectos colectivos superadores y en el respeto al medio ambiente y a otros seres vivientes.

Todo lo demás es ficción consumista amarilla, azul, blanca o ultravioleta.

La esperanza

Frente a la dolorosa realidad, vienen a nuestro auxilio estos niños y niñas que están aprendiendo a sembrar, a soñar y a tejer junto a sus padres sueños colectivos. Cada vez son más las familias que se animan a la huerta. En balcones, terrazas o en el fondo de la casa. En cajones, en botellones plásticos o macetas. Hoy en casi todas las escuelas se habla, educa y debate en torno al cambio climático y sus consecuencias. Son los y las pibas las que señalan, cuestionan o limitan las malas prácticas de los adultos.

También se multiplican las cooperativas y experiencias grupales comprometidas con el cuidado del ambiente. Como “Usina Eco” y su gigantesca labor educativa y de gestión de lo reciclable, o “Inundados de Luján” y su férrea defensa del curso natural del río y sus humedales. Últimamente aparecieron algunos pibes y pibas de “Fridays for future-Luján”, otros que defienden la “Reserva Forestal Quinta Cigordia”, también hay experiencias cercanas en Mercedes, Areco y Gral. Rodríguez.

El gran desafío es generar hábitos personales y familiares que puedan mitigar daños y si los Apus nos ayudan, revertir la degradación ambiental. Para eso todos tenemos que cambiar en algo, nuestra forma de vida.

En fechas de celebración de pachamama, tengo Fe en el cambio, porque allí se ven, allí van llegando hombres y mujeres como Jasmín, sus amigos y varios papás y mamás de esos pequeños y pequeñas guerreras del arcoiris.

Fotos: Julieta Brancatto

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