El Licenciado Esteban Gomez relata en primera persona una experiencia sabatina entre cuerdas y cuerdos. Entre realismo mágico y “la única verdad”.

La tarde de un par de sábados atrás fue una de esas en las que la melancólica y tanguera realidad social me atravesaba la médula y por ende, mi estructura ósea, psíquica, anímica y espiritual. Había cometido un error que, frente al altar de Dionisio el Hereje, juré no repetir. Leí datos del ahora honesto INDEC, que me decían que casi el 50% de los niños de mi país son pobres… mejor dicho, están empobrecidos.

Casi como un vagabundo desconsolado, estaba devorando baldosas cuando crucé Mitre y fui sorprendido por un enjambre de unos 300 vecinos y vecinas, amuchados en torno a la fuente. Confieso que la vista anuló mi oído, y me acerqué anticipando algún accidente, algún robo, o tal vez algún político regalando canastas navideñas. Un sábado a las 19.00 horas sólo puede convocar a tantas personas si algo raro sucede. Y sucedió.

Ah. Antes, a  modo de advertencia, sugiero que aquellos lectores formados en el materialismo monista, y cegados aún por las luces positivistas, abandonen este artículo, ya que lo encontrarán vacío de datos científicos, mensurables y tranquilizadores. Lo que presentaré es mi verdad de los hechos, y como toda verdad, será una construcción creativa, subjetiva y arbitraria.

Entonces me fui acercando allí donde algo pasaba y con cada metro recorrido mi audición fue en ascenso; emergieron de la nada melodías, sonidos y de repente, una orquesta. La Orquesta de Cuerdas de la UNLu, que desde 2016 viene “polenizando con arte” el aire de nuestra ciudad. Este grupo de casi 50 Abejas del Arcoíris, oriundas de Pilar, Luján, Gral. Rodríguez y Moreno, son guiadas en su vuelo por el Maestro Sergio Martínez Reyes, y acompañadas por otro maestro, Diego Golia, jefe del Dpto. de Cultura de Extensión Universitaria.

Me acerqué como quien se acerca a una obra de El Bosco, despacito y en silencio, para saborearla onanísticamente. Un fragmento de la “9º Sinfonía” de Ludwig van Beethoven alcanzó como maravillosa interpretación para sorprender a más de uno.  Cuando todavía me dolían mis manos de aplaudir, llegó “La pequeña Serenata Nocturna” del gran masón, Wolfgang Teofilus Mozart.

Hasta allí, lo de siempre; el público al borde de la emoción, y el olvido de toda traza mundana y existencial. Pero de pronto, escucho un susurro detrás de mí. Un susurro familiar de alguien que murmuraba en alemán. Seguramente, una sincronicidad cuántica supo que mi linaje teutón sembró en mi mente aquel idioma, aunque llegándome de manera escueta y rústica. Al darme vuelta, observo a un hombre de mediana estatura, delgado y algo pálido, pero me llama la atención su ropaje. Me pregunta, en un claro alemán, ¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este? Sin consciencia de mis actos, comienzo a explicarle fluidamente en su propio idioma. En los días posteriores, supe por una amiga cultora de la astrología, que la música de Bach, Haendel, Mozart y Beethoven, abren portales interdimensionales por los cuales sólo algunos seres se desplazan.

El dialogo siguió, y los segundos fueron días. Días que alcanzaron para explicarle algo de estas tierras, de nuestra historia, y aparecieron Borges, Rosas, los sueños del Che, la Conquista del Desierto, Perón, José Hernández, Almafuerte, Sarmiento, Discépolo y su métrica, Guastavino, Piazzola, y hasta tuvimos tiempo de hablar de Dictaduras y de la Gesta de Malvinas. Él me contó cómo es su Salzburgo natal, del padre jodido que tuvo, de sus hijos muertos, de sus viajes por la Europa aristocrática, el período pre revolucionario, el hambre, la peste, y de su gran amor, Constance…

Pero hasta ese momento, mi estado de consciencia alterada no me permitía percibir lo obvio, e inocentemente pregunté: ¿Quién es usted? Una suave curva en la comisura de sus labios, bastó para comprenderlo todo.

Antes de irse, me explicó que estábamos en un país extraño pero apasionante. Que si después de 400 años de expoliación, masacre, desidia y corrupción política, 300 personas se congregaban en una humilde plaza pueblerina a escuchar música clásica, interpretada por jóvenes entusiastas y soñadores, había esperanzas. Él también conoció a los dueños de la desesperanza, aquellos señores de la guerra y el hambre, que en el siglo XVIII sembraban desigualdad, y se enfrentó a ellos pagando caro sus ideas. Pero me explicó cómo Schiller, Kant, Rousseau, Goethe, Shakespeare, y tantos otros, iluminaron en su corazón cualquier oscuridad. Me confesó en voz baja que si en nuestra ciudad existen Museos, Peñas, Teatros, Plazas, Escuelas, Clubes, Universidades y Bibliotecas, y muchos pero muchos artistas, nada teníamos que envidiar a Paris, Heidelberg, Viena, Roma, Múnich, Ámsterdam, entre otras ciudades que el visitó.

Al finalizar el concierto me vi en la obligación ética y cósmica de presentárselo a sus colegas, Sergio y Diego. Por la razón antes expuesta, el idioma no fue un problema. Los vi tan felices que me alejé sin saludar y sin hacer ruido. Pasadas las 21.30, una chelista los llevó a los tres en su Renault 12 a la plaza Belgrano, quizás una geografía edilicia familiar para Wolfgang. Se supo que comieron empanadas en una peña cerca del rio, y que quedó encantado con los charangos, sikus y quenas. Si le preguntan a los maestros y a la chelista del Renault 12 lo negarán todo, como es habitual en estos casos, pero quien escribe está acostumbrado a realizar acciones que juró no realizar, por lo que me permito transmitirlo a todos ustedes.

Si pudiéramos tan sólo reconocernos en el otro, si pudiéramos por unos años tirar todos para el mismo lado, si asistiéramos a más conciertos, a más clases de danza y de pintura, si la poesía fuera habitual en el consejo deliberante, seguro que construiríamos otra sociedad. Por lo pronto, la gente de la UNLu me prometió un concierto con obras de Vivaldi. No me lo pierdo, tengo ganas de hablar sobre la Italia Barroca…

 Lic. Esteban Gomez

 Psicoanalista UBA  MN 25591 MP 25668

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