Transacciones rápidas, en plena calle o en la casa de un conocido, por montos que a veces no superan los 10 mil o 20 mil pesos. En los barrios de Luján, al igual que en muchos puntos del país, proliferan los prestamistas informales. No se trata de grandes organizaciones, sino, muchas veces, del propio vecino que empieza con un mango ahorrado, lo ofrece como salvavidas ante una urgencia y, a la hora de cobrar, despliega niveles de violencia y extorsión extremos, con tasas de interés que son absurdas.
El negocio de estos prestamistas barriales se basa en la usura y en atrapar al deudor en un círculo interminable. Las tasas de interés rozan el 100% mensual y operan bajo la modalidad conocida como «gota a gota», con cobros diarios o semanales que imponen intereses de hasta el 20% por día. Cuando entregan el dinero, las reglas son unas, pero ante el primer atraso, las condiciones cambian de manera arbitraria.
Ahí es donde comienza la violencia. La cobranza abandona cualquier vía pacífica y el objetivo pasa a ser despojar al deudor de lo poco que tiene. Un préstamo de 300 mil pesos puede terminar costándole a una familia su moto, el auto, los electrodomésticos e incluso su propia vivienda. Todo esto acompañado de escraches en redes sociales, para obligar a la víctima a pagar.

Lo más alarmante es el nivel de brutalidad con el que operan estas personas. Lo que hace un tiempo podía ser «un apriete», hoy se dirime con violencia física y hasta con armas de fuego. El ministro de Seguridad bonaerense, Javier Alonso, advirtió sobre este cambio en la violencia y comentó que «Se duplicaron los tiros en las piernas». Este suele ser un aviso al deudor moroso, antes de que la violencia escale aún más.
El terreno donde florecen estos prestamistas es el sobre endeudamiento formal que asfixia a las familias. Según el último «Mapa de la Deuda» elaborado por el Centro de Estudios para la Ciudad (CEC) y la Fundación Friedrich Ebert (FES) a partir de datos del Banco Central, en Luján hay 13.216 personas en situación de mora (el 24,74% de los deudores registrados). Con deudas que promedian los $3,94 millones entre los morosos, miles de vecinos quedan «manchados» en el sistema financiero legal y, ante una crisis, solo les queda golpear la puerta del prestamista del barrio. Con el agua hasta el cuello de acumular deuda en lo formal, muchos de estos prestamos que son otorgados por los prestamistas barriales son para morfar.
Crónicas de la usura: cuando el prestamista te golpea la puerta

Para comprender el nivel de violencia con los que se manejan los prestamistas barriales, Ladran Sancho recogió los testimonios de dos familias lujanenses, cuyas identidades se resguardan por seguridad.
El primer caso corresponde a un hombre de 48 años, trabajador de fábrica en relación de dependencia desde hace 15 años. Vive con su compañera y sus tres hijos. A pesar de tener un sueldo estable, la plata dejó de alcanzarle. Se endeudó primero con el banco y con Mercado Pago. Cuando esa deuda se volvió inmanejable, empezó a pedir «de a puchitos» a prestamistas de la zona.
Para intentar cubrir las cuotas semanales, tuvo que conseguir un nuevo empleo. A sus 8 horas de fábrica con turnos rotativos, le sumó otras 5 horas diarias manejando su auto para la aplicación DiDi. Sin embargo, las constantes roturas del vehículo lo obligaron a destinar dinero que no tenía para arreglar su única herramienta de trabajo extra. Hoy, la angustia lo atraviesa por completo: «El poco tiempo que estoy en mi casa, lo uso para dormir, porque llego liquidado. Me pierdo los actos de mi nene, no voy a jugar más al fútbol con los pibes. Era eso o entregarle la heladera al prestamista», comentó.
Un simulacro de fusilamiento en el barrio Lanusse:

El segundo testimonio expone la cara más salvaje de los aprietes. Un jubilado que toda su vida se dedicó a la esquila de animales, sacó créditos para comprar dos máquinas, para poder expandir su pequeño negocio. La inversión falló, tuvo que achicar su jubilación para pagar y, al verse complicado, contrajo nuevos microcréditos para cubrir los primeros. Terminó atrapado en una red de 15 pequeños créditos y dos deudas de hasta un millón y medio de pesos.
Los acreedores de los montos grandes eran personas de Exaltación de la Cruz que montaron una «pequeña empresa». Su modalidad inicial para cobrar era la insistencia psicológica; luego, cuando llegaban los aprietes fuertes, se justificaban diciendo que ellos solo trabajaban para «gente de arriba» y mandaban a otros a cobrar.
Pero la violencia más cruda vino de los propios prestamistas del barrio, los que exigen el pago inmediato con un 25% de interés semanal. Si el jubilado recibía 200 mil pesos, a la semana siguiente debía 250 mil, un monto que continuaba corriendo sin freno. Al no poder pagar, comenzaron los episodios de terror: los cobradores le saquearon la casa llevándose muebles, bicicletas y electrodomésticos. La violencia llegó al extremo cuando estos cobradores utilizaron armas de fuego contra el jubilado y le realizaron un simulacro de fusilamiento.
El impacto emocional golpeó en la familia. El entorno relató episodios de abandono del hogar por varios días, intentos de quitarse la vida y la humillación de tener que recurrir a otros parientes para juntar plata y calmar, al menos, a los cobradores más violentos.
El denominador común en este drama es la desprotección total: en ninguno de los casos se radicó la denuncia policial ni se buscó ayuda institucional pensando en las posibles represalias. El miedo a perder la vida termina siendo la garantía de cobro de estos prestamistas.






