Olivera, la localidad más castigada en cada inundación, acumula dolores de varios lustros. Son muchas las familias que desde 2011 sufrieron el flagelo de esa combinación entre el clima y la política de la indiferencia. Pero un día la mano empezó a cambiar y aunque lejana, se vislumbró en las primeras discusiones de cooperativistas del Movimiento de Trabajadores Excluidos con el gobierno municipal, la posibilidad de encarar un plan de viviendas para relocalizar a las 40 familias más afectadas por el flagelo de las inundaciones.

En 2016 empezó la obra a la vera de la ruta 5, en la entrada del pueblo y no sin sobresaltos, complicaciones burocráticas y trabas políticas se construyeron las viviendas conveniadas con el gobierno nacional y el municipio de Luján y ejecutada por laburantes del MTE.

La obra que comprende un nuevo barrio en Olivera finalizó recientemente y hoy luce las 40 casas a estrenar. Con el apuro que generó la última tormenta se propusieron la mudanza de las primeras familias que habitaban a la orilla del río y corrían mayor peligro. Desde Ladran Sancho volvimos al barrio para contar las historias de vida detrás del proceso de relocalización.

Rosa

Vivió durante 40 años a la orilla del río junto a su marido y sus hijos. “La pasamos re mal todas las veces que nos inundamos” que no fueron menos de diez según recuerda en el comedor de su nueva casa.

Ahora vive con su hija Julia que las próximas semanas tendrá familia. El pequeño Lucio no conocerá más que el relato familiar de las inundaciones. El alivio de su madre no se deja relatar y le escapa al lente de la cámara que apenas registra una postal familiar en la puerta que da al patio de la nueva casa.

“Hicieron una reunión en El Remo, estamos evacuados y nos dijeron lo de las casas” recupera Rosa sobre la tarde que les informaron que se iba a iniciar un plan de viviendas para relocalizarlos a una zona inundable. Como había sucedido otras veces, las promesas no fueron recibidas con demasiada credulidad.

“Ahora estamos bien, cómodos. Nos estamos adaptando, uno extraña igual. Estos días con el calor extrañé estar abajo de las plantas, pero ya vamos a ir acomodandonos” trata de sintetizar Rosa lo que vive por estos días. El cambio no es fácil. “Cuesta mucho dejar tu casa, pensar en todo lo que dejas atrás, pero no queda otra” resume.

Yanina

Tiene 26 años y junto a su pareja levantaron la casa familiar donde criaron dos hijos y tuvieron que abandonar tras repetidas inundaciones. Un tercer pequeño que no alcanza el año de vida se queda prendido a la teta durante las rememoranzas de la madre.

“Yo viví en el fondo. Me inundé 7 veces hasta que en la última (hace tres años) tuvimos que alquilar en otro lugar. Hace dos semanas que tiraron la casa y nos mudamos para acá”. Después de un silencio y una sonrisa melancólica agrega “es difícil. Cuesta un montón. Tenes que cerrar los ojos y hacerlo. En esa casa estábamos a 50 metros del río, pero era nuestra, la planificamos con nuestro marido y estuvimos edificando dos años. Ahí criamos a ellos dos” dice señalando a sus hijos de 6 y 8 años.

Ella es ama de casa, él como la mayoría en el nuevo barrio trabaja en el frigorífico y así bancan la olla. “Estamos bien por ahora dentro de todo y a como están las cosas. De a poco podemos comprar algo y sabemos que está vez no las vamos a perder. Nos cuesta mucho adaptarnos pero estamos contentos” trata de resumir las emociones Yanina.

“El de 6 era bebe, es más, estaba embarazada y me inundaba” recuerda el nacimiento de su segundo hijo. Aunque el agua se llevó los recuerdos familiares, “no tengo ninguna foto, nada” dice, las secuelas quedan en forma de afecciones respiratorias y en la piel de la familia. “Él tiene problemas en los bronquios, nació así, en plena inundación; y el otro era un poquito más grande cuando empezaron las inundaciones”. Junto con niños y las pocas cosas que pudieron cargar sumaron a la “negra”, una perra vieja que integra la familia desde las tiempos más difíciles.

Igual que Rosa y que tantos inundados, Yanina tampoco creyó de una que podía llegar a ser relocalizada cuando en el centro de evacuados le hicieron la encuesta. “No me la creía” dice aunque se pasó los últimos dos años siguiendo el avance de la obra, “los nenes me decían mami córtala con ir a ver las casitas. A veces me acercaba a charlar a ver como venía la construcción”.

Fátima

Vive un poco más alejada del resto de las casitas del barrio junto a su pareja. Es madre de Felipe, un niño de 7 años que ya hizo amigos en el barrio y hasta entrada la noche juega cerca de la casa.

Melani, la pequeña que alza en brazos es trasplantada de hígado y necesita cuidados especiales. Nació con atresia de vías biliares y sin vesícula. Hasta sus tres meses vivió al lado del río y las condiciones hostiles agravaron su enfermedad.

“Cuando la llevamos al Hospital ya estaba avanzada la enfermedad, fue a terapia y directamente a la lista del INCUCAI para ser trasplantada. Los médicos dijeron ya no hay nada más para hacer y a los dos días llego el hígado y acá estamos con controles, remedios y a esperar que no lo rechace”.

Con la enfermedad de la pequeña desde el Garraham se negaban a darle el alta hasta que pudiera vivir en una casa en condiciones higiénicas. Mientras duró la construcción en el nuevo barrio de Olivera; Fatima y sus dos hijos vivieron en la casa de su madre; el padre aguantó en la vieja casita al lado del río.

“Nos vamos a casa mamita” le dijo su padre a Melani emocionado cuando se enteró que tenían fecha para mudarse. Así lo recuerda Fatima. “Estuvimos ocho meses separados y nos veíamos en las visitas que hacía él. Fue mucho tiempo” dijo.

Hasta hace pocos días la lluvia atormentó a la familia. “El agua llegaba hasta acá” señala la altura del techo. Ya pasaron las primeras lluvias en la nueva casa y pudieron dormir. “La primera vez en mucho tiempo que pudimos dormir mientras llovía. Igual al otro día fuimos a ver el río” dice.

Las historias se repiten y entregan en sus matices las particularidades de cada familia. Una vida quedó atrás y una historia nueva se abre paso en las ruinas de un pasado que deja marcas en la piel, los pulmones, los recuerdos, las perdidas materiales y las simbólicas.

Para las 40 familias que habitarán el nuevo barrio de Olivera no hay punto de bifurcación, sino un proceso de varios años. Desde 2016 cuando un grupo de militantes y trabajadores excluidos apuró a la gestión municipal para que entregara terrenos y la construcción de las viviendas a hoy, nada fue fácil. Sin embargo, la lucha da sus frutos; una vida nueva comienza para las familias inundadas de Olivera.

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Fotos: Julieta Brancatto

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