El odio en sus discursos

Alexis Sepúlveda
Alexis Sepúlveda
Lic. En Psicología, con trabajos en diversos equipos interdisciplinarios en atención y coordinación, y actualmente abocado a la labor clínica. Repartiendo el tiempo entre la música y la literatura como anclaje necesario para el día a día.
“Sabes que el consuelo amansa cuando a veces mal es bien
Que el camino no me sigue, soy yo quien lo sigue a él
Y al viento no se le ordena por donde cantar o ir
Que dentro de tu enemigo, algo tuyo va a salir”
Gabo Ferro/Luciana Jury

Hace poco me topé con una entrevista radial y otra televisiva en donde se hablaba sobre los discursos de odio, sus características, y sus implicancias, por decirlo de alguna manera. Dos cosas me llamaron la atención de estas entrevistas.

La primera tiene que ver con que ambas entrevistas, en mayor o menor medida, coincidían en su argumento troncal al nominar una especie de tridente fundamental que favorecía la proliferación del odio; el tridente estaba compuesto por: las desigualdades socio-económicas, el anonimato que provee la masificación de las redes sociales, y la falta o precariedad de respuestas institucionales para alojar el malestar. 

La segunda cosa que me llamó la atención tiene que ver con una curiosidad lenguajera y estaba más bien ligada a algo que se deslizaba en las voces de los interlocutores cada vez que nombraban el título del asunto que los convocaba. Me refiero a que los involucrados en la charla, sutilmente, y tal vez sin advertirlo, decían, en algunos momentos, “discursos DE odio” y, por otros, “discursos DEL odio”.

Arrancando por esto último pensaba en la curiosidad (¿comicidad?) que produce el desplazamiento de la preposición “de” al contraerse con el artículo “el”, puesto que, armada así la oración, uno puede hacer el ejercicio de imaginarizar al Odio como algo en sí mismo, como una especie de entidad que susurra al oído emitiendo discursos que afectan a las personas. Y es esto, dicho así, pensé, no está tan lejos de lo que, en psicoanálisis, salvando las distancias y a riesgo de ser poco riguroso, se propone como Discurso del Otro. Quiero decir, Eso que balbucea en un Sujeto y produce efectos en la subjetividad, y que, de manera muy general, nominamos Lo Inconsciente.

No voy a meterme en estas cuestiones más “teóricas”, simplemente las menciono porque me resultaron propicias para abrir una serie de preguntas en relación a la temática de los discursos de odio, los sujetos que los encarnan y los que son carnadas, las pasiones y los argumentos de la primera cosa que atrajo mi atención.

El Odio, y también los otros.

Para Jaque Lacan el odio, junto al amor y la ignorancia, era una de las pasiones fundamentales de la dimensión del ser. Esto quiere decir, entre otras cosas, estructurantes e…inevitables. Cuando se habla de los discursos de odio, en relación a las entrevistas mencionadas, pero también a textos, artículos u ensayos al respecto, muchas veces se deja entrever que bajo el significante Odio se coagulan una multiplicidad de sentidos. Me refiero a que, dentro de los discursos, se suelen colar otras pasiones o afectos que no estoy seguro de que, al abordarlos, representen lo mismo, individual, social y políticamente. 

Por lo general se suele presentar al odio como el elemento principal para dar cuenta ciertas prácticas segregativas, expulsivas o violentas. Históricamente se lo ha situado en la cúspide de las pasiones oscuras o negativas. Y suele ser utilizado, junto al amor, como las pasiones privilegiadas para pensar los afectos en las épocas y en la estructuración, por decirlo así, del campo político. 

Aquí aparece otra pasión que suele usarse como contrapartida, como némesis, del odio: El Amor. Decía que para Jaques Lacan el odio y el amor eran pasiones fundamentales del ser, y también habría que decir, a contramano de como suelen ser usadas, no son antagónicas. Para Lacan amor y odio se dirigen al Otro y forman parte del hablanteser.

Y traigo a cuenta esto porque cuando se habla desde “el lugar” del amor se suele trazar fronteras inmediatamente respecto de aquello que vendría a ser el lugar del odio. Y hay que estar advertidos de trazar líneas divisorias que armen antagonismos precipitadamente, el amor y el odio en sí mismos no significan que quien lo habita sea bueno y otro malo, no son buenos los que aman ni son malos los que odian. El peligro de establecer de manera apresurada una categoría moral en base a estas pasiones es decantar en imperativos del estilo: “Hay que amar por sobre todas las cosas”, “hay que amar sin condiciones” o un aforismo que ha resonado bastante en los últimos tiempos “el amor vence al odio”. 

Se sabe que en nombre del amor se han cometido las peores atrocidades o que ciertos discursos de consenso y no confrontación pueden decantar en aplastamientos subjetivos. Está claro que pensar categorías puras no es una buena coordenada. Y Habría que ver, por ejemplo, si el odio, al desmenuzarse, no tiene también la potencia de movilizar a quien padece lo injusto.

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Alexis Sepúlveda
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Lic. En Psicología, con trabajos en diversos equipos interdisciplinarios en atención y coordinación, y actualmente abocado a la labor clínica. Repartiendo el tiempo entre la música y la literatura como anclaje necesario para el día a día.

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