La línea que despierta odios, amores, risas y emociones. El colectivo que une Luján con la Capital se vuelve un lugar mágico.

Cuando vemos un micro de la empresa Atlántida, sentimos una conexión especial.

Puede ser nostalgia, puede ser cansancio, puede ser la idea que estamos cerca de Luján o que estamos lo estamos perdiendo aunque no tengamos que viajar. El 57 se volvió parte de nuestra identidad como lujanenses por ser la única empresa de transporte público automotor que nos conecta de forma directa con la ciudad capital.

A partir de experiencias compartidas sobre la odisea de viajar en bondi surgen anécdotas y sentimientos encontrados que despierta el 57. Aparece el humor, la inconsciencia al volante, las pésimas condiciones de seguridad e higiene, y por supuesto, la solidaridad entre laburantes. Pero como no todo es risueño también aparecen variedad de situaciones de acoso y violencia que despiertan el más enérgico repudio.

Un poco de historia

Si bien el 57 presta servicios entre la Ciudad de Buenos Aires y otras localidades como Pilar, Zárate o Moreno, los distintivo es su histórico recorrido entre el barrio de Once y Luján.

La Lujanera, fue una mítica línea de colectivos que unía Plaza Miserere con Luján y quebró en diciembre del 2003, luego de varios cambios de dueños y problemas económicos. La línea, que llevaba el número 52, llegó a tener casi 400 micros y 1.000 empleados.

Al costado de La Terminal se encuentra una playa de estacionamientos utilizada por la línea Atlantida.

A fines del 2007, la empresa Atlántida que prestaba otros servicios desde Luján, se hizo cargo del recorrido. Cuando comenzó a explorar el nuevo servicio el viaje de punta a punta costaba 7 pesos con 50 centavos.

En 2015 la empresa fue adquirida por parte del Grupo DOTA, un gigante del transporte en la Ciudad de Buenos Aires. El grupo está manejado por la familia Faija y son socios en las distintas líneas con Luis Rodríguez y José Santoli.

Olores y otros vahos

La limpieza y la seguridad de los colectivos no es una característica de la linea 57. Los usuarios suelen quejarse del olor a pis, a pata, de vómitos encontrados en el piso o en los asientos de los bondis y también de otros vahos que abundan cuando el sol pega y el calor humano aprieta.

«Una vez venía con una maqueta de la facultad y una cucaracha me empezó a caminar por encima. Voló todo por los aires» contó una estudiante que usa el 57 para ir a cursar. Las cucarachas son otro viajero frecuente pero que se ahorra de pagar el boleto. Las anécdotas están plagadas de la presencia esos insectos.

Llueve afuera, llueve adentro

Abundan las historias con filtraciones de agua. Desde los aires acondicionados a los días de lluvia. Ahí aparece el ingenio popular para sobrellevar el viaje. «Una vez viaje sosteniendo un tupper para que no se moje una chica con el agua que perdía el aire acondicionado».

Y si llueve ni hablemos. «Un día horrible, ya había parado de llover, me siento del lado de la ventana, frena de golpe y me cae como si fuera un baldazo de agua en la cabeza desde el techo».

Avísame si viene alguien, papi

Durante los años que el boleto de colectivo estuvo mayormente subsidiado era común ver el servicio a Once estallado de gente. Tantos eran los lujanenses y vecinos de localidades aledañas que viajaban y la obsesión por exprimir hasta el último espacio, que desde la empresa comenzaron a organizar «filas de parado» y «filas de sentado».

Los carteles indican las plataformas para los distintos servicios. La normalización de la «fila de parados» no necesita cartel.

El que avisa, no traiciona. La necesidad de volver a la ciudad y la ventaja patronal de ser la única operadora permitían organizar filas de personas que decidían viajar como sea y soportar condiciones inimaginables.

«Avisame si viene alguien» es una de las frases que se puede escuchar en hora pico durante los cruces de Acceso Oeste y La Reja o Francisco Álvarez. ¿Quién la dice? Sí, al chófer no le queda otra que consultas a quienes están pegados al vidrio delantero y contra la puerta.

¿Vamos bien, chófer?

Los chóferes son también parte de este mundo y juegan un rol importante. Quienes están a cargo de llevar a los pasajeros despiertan amores y odios. «Una vez me dijeron que tenía subsidio de pobre, por pagar con tarifa social» tiró un chofer como para romper el hielo con algo de discriminación clasista.

Fruto de la presión constante y las condiciones de laburo la inconsciencia al volante es moneda corriente. «Un día en un servicio desde Palermo el chofer agarró el metrobus en contramano y yo iba pegada al parabrisas».

La pica con los automovilistas es histórica. «Viniendo de capital el colectivero encerró sin querer un auto y el tipo le dijo de todo. La cara se le transformó, automaticamente comenzó a perseguir al auto para encerrarlo, pero esta vez apropósito».

La más llamativa de las historias fue la de una mujer que tuvo que manejar un 57 mientras el chófer y otros pasajeros empujaban el colectivo que se había quedado. Pero como contrapartida mucha rabia aparece cuando se «avivan» de los chóferes y no te frenan en la parada.

Un poder hipnotizador

Cursar varios días a la semana o tener que viajar todos los días vuelven al 57 una segunda cama para muchos. El poder de tocar el asiento y dormirse es un don que se va desarrollando viaje tras viaje. Pero el mayor don es el de levantarse en el momento justo de la parada deseada. Todo calculado.

Azul, rojo o verde son algunos de los colores de los asientos de la linea 57. El placer de dormir una siesta reparadora.

«Las dos horas de sueño profundo en el 57 a Palermo eran las más esperadas en épocas de cursada», «Viajo desde los 11 años y mil veces me despertaron los chóferes en Miserere por quedarme dormida», «Tenía el superpoder de dormir profundamente y despertarme en la UNLu», «Yo me desperté en el fondo sola con el colectivo ya estacionado en los talleres de Palermo, dónde se estacionan después del recorrido. Me levanté y el chóferse asusto».

Acoso y situaciones desagradables

No todas las historias despiertan una buena anécdota. Las mujeres que se toman el 57 también están expuestas al riesgo de cruzarse con hombres que las acosen y violenten.

«Volvía de la Capital y cuando desperté en Humberto algún ser se había limpiado su semen en mi vestido» relata una pasajera que sufrió de esos episodios asquerosos pero que son más común de lo que la mayoría cree.

Otra mujer cuenta «Un loco se subió al lado mío, me dormí y me dejó un papel que decía: tan bonita hasta para dormir. Tu belleza y no se que decir. Seguí soñando princesa. Es muy hermoso verte así pero un placer seria poder invitarte a salir».

Y el más común de los acosos sexuales el que cuenta una viajera que veía «como un hombre iba apoyando a una chica más chica. Cada vez que el 57 frenaba, aprovechaba y lo hacía. No le importó que la chica le dijo que se ubique».

Una relación de amor-odio

El 57 y sus recorridos despiertan todo tipo de reacciones. Experiencias de todos los colores y olores. Recuerdos de cuando había que pagar con monedas y todo se volvía más complicado. Algunos nostálgicos recuerdan los carteles azules frente a la nueva luminaria led y otros no quieren recordar absolutamente nada de su paso por este maravilloso y muchas veces riesgoso mundo.

En el 57 se han aprobado exámenes. También se ha llegado muchas veces tarde al laburo. Nos hemos despertado en el momento indicado o terminamos a kilómetros de nuestro destino.

El 57 genera sensaciones encontradas y para muchos y muchas es parte de la identidad de esta ciudad, por más que sus dueños ya no sean de acá. Todos vivimos alguna vez en ese mundo, el maravilloso mundo del 57.

Fotos: Victoria Nordenstahl

Publicidad

1 COMENTARIO

  1. Habria que hacer un libro al estilo «la gente anda diciendo» con anecdotas del 57. Nuestra vida arriba de ese bendito bondi.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí