Escrache sí o escrache no. La polémica no es nueva pero se profundizó tras la denuncia de Thelma Fardín. El punto más fuerte se dio con las declaraciones de Rita Segato, quien cuestionó los linchamientos aunque diferenciándolos de los escraches. Natalia Pérez de la Defensoría de Género explica en esta nota qué son, por qué usarlos y cuál es el rol de la justicia y los medios de comunicación.

El efecto Thelma abrió la puerta a un destape de denuncias que mediante escraches en las redes sociales dejaron expuestos a violentos de todas las edades y estratos sociales. En el medio de la avanzada, la antropológa Rita Segato advirtió sobre la “repetición de los modelos masculinos” de hacer justicia, dando lugar a un nuevo y necesario debate para el feminismo.

En ese contexto, Luján no quedó exento de la ola de escraches y denuncias que llegaron a la política, el espectáculo, los sindicatos y el ámbito municipal, entre otros espacios. En el territorio local la Defensoría de Género utiliza el escrache como método de acción ante mujeres, niñas y diversidades que atraviesan o atravesaron situaciones de violencia.

En medio de las dudas y tensiones sobre la metodología, su referente Natalia Pérez explicó a Ladran Sancho qué son los escraches, para qué sirven y por qué son parte de un movimiento de transformación social.

-¿Qué lectura haces del efecto Thelma, donde miles de mujeres se animaron a denunciar situaciones de abuso y acoso?

-Thelma ha llevado a terminar de cerrar lo que había iniciado hace tiempo el movimiento feminista, que es el escrache, con la visibilización de casos particulares. Lo que genera Thelma es un gran impacto que llegó a todos los estratos sociales y que ha divido aguas también. Esto de, si le creo o no le creo, vinculado al miedo de una parte de la sociedad que no está atravesada por el movimiento feminista; y si bien entienden la violencia de género, les cuesta salir de la idea del ámbito privado y dejar de pensar que es algo que le pasa a un otro desconocido. Lo que hizo Thelma es visibilizar de una manera grandiosa, muy organizada, pensada y estratégica. Es lo que hacemos algunas organizaciones, pensar bien de qué manera lo hacemos público y qué queremos lograr con esa visibilización.

-¿Entonces qué se busca con los escraches?

-Esto tiene dos partes importantes. Una de ellas es el hecho de decir, la expresión colectiva del escrache. De poder decirlo y encontrar solidaridad en otra persona que quizás está pasando lo mismo. Tal vez no se hace de manera tan consciente pero sabés que encontrás alguien a tu lado. Una cuando escracha no va a buscar opiniones en contra, sino la solidaridad de la otra, del otro. Es una mirada de aceptación, ese changüí que les queda, de creer que alguien más te va a creer, sino no lo harías directamente.

-¿Y la otra parte?

-Por otro lado, la parte más importante, es que el escrache es una respuesta a una incapacidad por parte del Estado, a una falta de acción o a una mirada social injusta que termina desencadenando en tomar eso que nos pasó y hacer justicia de manera particular, pero siempre buscando una transformación social, buscando esa mirada de aceptación, aprobación y comprensión del otro.

-¿Ante esta realidad que se complementa con fallos patriarcales y de revictimización es que se apela a las redes sociales y no al sistema judicial?

-Totalmente. El tema es que lamentablemente hoy la violencia de género no es una tarea que el Estado tenga la decisión política de resolver y prevenir. No es lo que le interesa al Estado. Actualmente lo que busca es invisibilizar estas cuestiones o trabajar sobre las consecuencias.

-Hay varias posiciones en contra del escrache como metodología. ¿A qué crees que se debe?

Criticar el escrache es también una falta de conciencia de lo que pasa en la justicia, una falta de experiencia en relación a este ámbito, algo que podemos ver todo el tiempo en la militancia y en el trabajo en relación a la justicia, donde acompañamos a personas en situaciones de violencia y encontramos trabas permanentemente y una forma de juzgar que no tiene ninguna perspectiva y ningún punto que atraviese lo que le pasa a esa mujer. Porque aquella que denuncia es convertida automáticamente en victimaria, es señalada y tildada como una posible mentirosa. Juzgan desde una mirada patriarcal condenatoria, hacen un proceso inverso a cómo debería investigarse la violencia de género. Esto debe modificarse y es por eso que muchas mujeres se están replanteando las formas de hacer justicia.

Intervención pública en la Plaza Colón de la Asamblea Feminista de Luján. Foto: Josefina De Mattei

Rita Segato advierte sobre el punitivismo y hace una diferenciación entre el escrache, cuando la justicia no da respuestas, y el linchamiento, donde ya no hay garantías de deliberación. En el caso de la Defensoría ¿se podría decir que es una instancia intermedia?

-Se ha hablado mucho del linchamiento mediático y en redes sociales, yo opino que el hecho de poder hablar no tiene que ver con un linchamiento. Jamás podemos decir que una persona que se anima a hablar, con todo lo que eso significa y tras haber transitado situaciones de violencia, se convierta en una agresora. Porque sino tenemos otra vez una mirada patriarcal sobre aquellas personas que deciden tomar la palabra y decir algo que hasta el momento no se podía decir. Es atravesar esa barrera de decir sólo lo que está aceptado socialmente, porque la inacción política nos llevó a esto, a decir lo que duele, lo que no gusta y lo que en algún punto compromete los privilegios de un otro que obviamente se va a ver amedrentado. Pero nosotras tenemos una perspectiva revolucionaria y sabemos que bajo este sistema, no vamos a cambiar nada si no cuestionamos esos privilegios de una manera más fuerte, firme y contundente.

-¿Qué es la acción directa y cómo es el proceso previo a la denuncia o escrache?

-En principio nosotras sostenemos que hablar, escrachar y visibilizar es una forma de autodefensa. Las mujeres se comunican con nosotras, por diferentes medios, nos juntamos a conversar y les contamos nuestra lectura de la problemática de la violencia de género, que no es algo aislado que le pasa sólo a ella, sino que es algo social y de acción pública y que luchamos para erradicarla.

-¿Cuáles son los pasos concretos?

-Le preguntamos qué es lo que quiere hacer. En muchos casos buscan denunciar, en otros una perimetral, en otros quieren escrachar solamente. Todo eso nos llevó varios debates, sobre cómo y a quienes escrachar, y llegamos a la conclusión de que ya es de conocimiento público que la justicia no actúa y que no da ningún tipo de respuestas. Entonces si la mujer tiene ganas de escrachar sin tener aún la fuerza para poder ir a hacer una denuncia en una comisaria, está bien y es respetable. Porque el escrache es también una forma de denuncia.

-¿Qué papel juega en ese proceso el acompañamiento entre mujeres?

-Es fundamental. Por eso lo importante también es decirle todo lo que puede pasar, prepararla para lo que se da luego de la denuncia que generalmente tiene que ver con una exclusión y señalamiento por parte de los demás. Pero lo más importante de todos es dejarle en claro y que entienda que no está sola. La idea es que nosotras acompañamos y que ella pueda lograr ese empoderamiento que va llevando el proceso. No es hacer el escrache por ella, porque en el proceso de ver cómo hacer las cosas, esa mujer que no tenía herramientas aprende a ser estratégica. Para eso es fundamental un grupo de contención.

Natalia Pérez participó de la comisión que creó la ordenanza que exige la formación en género de los choferes de transporte público. Foto: Julieta Brancatto

-¿De que manera se puede hacer un balance si es efectivo como método?

-El método funciona. Hay muy pocas situaciones de retroceso donde se vuelve con el agresor, pero en la mayoría de los casos ha servido. El escrache es un método de justicia urgente para cuando no tenés otra posibilidad. Son mujeres revictimizadas por la justicia un montón de veces y que ya no tienen nada que perder. Pero también hay muchas cosas por ganar, pero saben que depende de los lazos entre mujeres. Es buscar la organización y estrategia en ese escrache. No presionamos a nadie a hacerlo, sino que les damos herramientas para que aquellas mujeres empiecen a ser protagonistas de sus vidas.

-Como Defensoría no recomiendan la denuncia individual desde las redes sociales personales. A partir del caso Thelma eso se desbordó, incluso en Luján llegó a la política o al ámbito institucional. ¿Qué se hace ante esa situación?

-El desborde es celebrado siempre porque estamos en una situación que es revolucionaria, entonces no podemos darnos el lugar a decir ‘el desborde no’ o ‘paremos esta furia’. La cantidad de denuncias que hay es muy grande porque además la violencia está tipificada en todas sus versiones y todas hoy tienen nombre, existen. Eso hace que la gente pueda dejar de naturalizarla y que se generen nuevas redes de contención. Que hoy en Luján estemos hablando de una necesidad política de seguir encontrándonos mediante colectivas feministas y que sigan apareciendo espacios nuevos, tiene que ver con que hay una situación social que obligó a que se generen esos círculos de contención, acompañamiento y formación feminista. Una cosa llevó a la otra. No es que se volvió inútil la visibilización y la utilización del escrache, sino que colaboró con que este movimiento crezca.

-Los medios de comunicación tenemos un rol importante y responsabilidades como actores sociales, incluso dentro del movimiento feminista. ¿De qué manera crees que deberíamos trabajar en este nuevo contexto?

-Sobre todo los grandes medios, a partir del amarillismo, también han sido motores de visibilización que no han estado tan buenos y que han generado también su movimiento de crítica. Así aparecen otros medios que empiezan a decir que hay cosas que no están copadas y que frente a lo que está pasando es necesaria otra mirada. Eso también dio lugar a la explosión de medios cooperativos o/e independientes que se organizan y le hacen frente a esta injusticia mediática de los medios hegemónicos. Hoy hay cosas que se condenan socialmente. El ejemplo del periodista de Clarín que escribió sobre la violación colectiva en Miramar y generó tantos rechazos, al punto de modificarla y tener que salir a dar explicaciones, es un mensaje a los periodistas; que tienen que cambiar la mirada porque esto que nos pasa y que nos hacen, duele. Porque enfurece y porque esa furia es histórica y nos tiene cansadas. Nuevamente una cosa lleva a la otra y el movimiento feminista empuja a que ciertas lógicas tengan que cambiar necesariamente, porque estamos hablando de una revolución.

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