El acto transgresor de mirar (se)

El autorretrato surge hace milenios como una necesidad de exploración, diálogo y mirada sensible que se nos devuelve a través de nuestra propia imagen. Hoy, autorretratarse pone en cuestión el lugar que ocupamos como personas atravesadas por un contexto sociopolítico mundial en donde las mujeres y disidencias nos mostramos al mundo, a través del arte.

Un autorretrato es una fotografía tomada a nosotras mismas en la cual contamos un sentimiento, sensación, pensamiento, crítica, etc. usando nuestro propio cuerpo como herramienta para proyectar eso que queremos decir. Es fundamental la intención, generalmente lograda a través de la introspección, del trabajo en producción. El autorretrato es una técnica que, por cuestiones de naturaleza artística, siempre tiende a observar el mundo y de cierto modo representarlo. ¿No es eso lo que hacen todas las artes? La diferencia es que, en este caso, nos ponemos y exponemos para manifestar corporalmente aquello que nos agobia, alegra, preocupa o simplemente para crear una idea con nosotras en el escenario. Ese pensamiento fue pasado por el cuerpo y trabajado internamente antes de ser un autorretrato. Acaso sean estos factores, entre otros, los que diferencian un autorretrato de una selfie, fotografía más ligada a mostrar un momento instantáneo, sin un concepto detrás ni el trabajo reflexivo sobre la toma de posición que nos reclama el autorretrato. Allí, ponemos en juego nuestra forma de ver el mundo, a través de nosotras mismas.

Historia de mis pieles, Laura Zalenga. Autorretrato.

Ahora bien, más allá de la repercusión exterior que pueda tener un autorretrato, es importante centrarnos en el trabajo personal que requiere esta apertura como canalizadora de emociones. Para autorretratarnos, debemos estar dispuestas a vernos con ojos amables, de aceptación. Es normal que, en este gesto de enfocarnos, encontremos cuestiones propias que no nos gusten, ya sean estéticas o de expresión. Casualmente, uno de los rasgos más destacados del autorretrato tiene que ver con comprendernos, aceptarnos y encontrar un canal de salida para manifestar aquello que odiamos, extrañamos, o quisiéramos ser.

Sin título, Claude Cahun. Autorretrato.

Es difícil conocer las múltiples facetas de las que estamos hechas, y en una foto tomada por nosotras mismas podemos aprender mucho. Como una sorprendente vuelta a una misma, en ese bucle hay sobre todo una pregunta, más que un afán de exposición. El autorretrato es un lenguaje que abre una puerta al autoconocimiento.

Los disparadores son múltiples: ganas de vernos desde afuera, de denunciar la dictadura de un solo modelo de cuerpo, de gesto, de pose. Podemos no posar, taparnos la cara, editarla para agregar o restar objetos, que salgan nuestros pies o manos. Lo importante es que quienes tomemos la foto seamos nosotras mismas, ya sea con un temporizador, un disparador automático o sosteniendo la cámara. En el autorretrato, seamos quienes seamos, estamos tomando esa decisión. Esta es una serie de autorretratos de la artista local Paula Fratton:

El contexto donde tomamos el retrato también habla: nuestra habitación, el mar, una pared graffiteada, un camino abandonado. Todo comunica y da luz a lo primero que vemos de nosotras: nuestro cuerpo. Eso se conjuga con la emoción, el ambiente, el color que queremos mostrar. Hay autorretratos más planificados que otros, con más o menos edición, pero una cosa es segura: nacen de un deseo de mirarnos, y de construir la imagen donde nos queremos ver. Los resultados, por más planificados que sean, resultan inesperados: el autorretrato nos da la posibilidad de descubrir algo propio de lo que teníamos idea. Es el gesto de ponernos frente a nosotras, algo que permite la fotografía desde siempre, pero hoy con más facilidad e instantaneidad que nunca.

Todos los espejos, Sathia Sol. Autorretrato.

Actualmente existe un consumo desmedido de imágenes aparejado a la edición de fotografías en pos de ser adecuadas al modelo hegemónico de belleza. En esas fotos, parece ser que las postura, los cuerpos, los gestos, son siempre los mismos. Nuestro desafío como mujeres y disidencias, es construir una imagen que se aleje de los cánones preestablecidos. Nuevas formas, posturas, cuerpos. Nuevas imágenes circulando. Las nuestras.

Naomi Wolf, en su libro “El mito de la belleza”, expresa:

Al tiempo que las mujeres logran traspasar la barrera de la estructura de poder, los desórdenes alimentarios se multiplican y la cirugía plástica se volvió la especialidad médica de más rápido crecimiento. Durante los últimos cinco años, se ha duplicado el gasto consumista, la pornografía se ha vuelto la categoría más importante dentro del medio publicitario y en las encuestas a miles de mujeres, confiesan que una de las metas en la vida es perder entre 5 y 10 kilos. Muchas mujeres tienen más dinero, poder, campo de acción y reconocimiento del que jamás habíamos soñado, pero con respecto a cómo nos sentimos acerca de nosotras mismas físicamente, puede que estemos peor que nuestras abuelas no liberadas.[1]

En un contexto sociohistórico donde estamos en lucha por romper con los esquemas de pensamiento opresores que vuelcan sobre nuestros cuerpos y solo buscan seguir profundizando una estructura de poder y desigualdad hacia las mujeres, resulta esencial el trabajo de fotógrafes que abordan el autorretrato desde la revalorización de cuerpos reales. Esto es fundamental a la hora de pensar en el impacto que puede tener una obra cuando atraviesa nuestras pantallas. ¿Por qué elegimos mostrar nuestros autorretratos y por qué no? ¿Cuáles son los límites en la edición de las obras?

El pezón nuestro de todos los días, Ana Harff. Autorretrato. La artista busca exponer la desigualdad que existe en plataformas de amplia circulación de imágenes, como Instagram, que constantemente censuran los pezones femeninos, no así los masculinos.

Como contracara a los medios masivos que aspiran a cosificar nuestros cuerpos estableciendo parámetros de belleza hegemónicos – e inexistentes – que producen a las mujeres un gasto de tiempo, dinero y un impacto psicológico real, sostener una postura que no idealice los cuerpos ni pretenda alentar el consumo de un concepto de “mujer” simbólicamente deformado, es una batalla que necesariamente debemos dar. El autorretrato, es un puente hacia ello.

Sin título, Ana Harff. Autorretrato.

[1] Wolf, N., & Reynoso, C. (1992). El mito de la belleza. Debate feminista5, 209-219.

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