junio 14, 2024
19.2 C
Luján

Donde sobra corazón: “Hay que laburar en el barrio, hablar con la verdad y acompañar”

Mabel López sabe lo que es pasar hambre. Por eso, su trabajo es garantizar la comida y ayudar a los vecinos del barrio San Pedro. En esta nota reflexiona e invita a salir del asombro generalizado.

Mabel López espera en La Casita de la Organización Popular La Corriente Luján (Ituzaingó 74). Varias mesas escolares unidas forman un mesón desnivelado, pero fuerte, sólido como la decisión de Mabel de terminar ahí mismo la primaria. “Cuando tengo un rato libre, me acerco y repaso los pisos. Mantenemos el espacio con otras compañeras. Ahora estaba acomodando para que a la tarde esté lindo”. Es que a las 17:00 llegan los estudiantes de un plan fines con foco en memoria. 

Hace poco, Mabel salió abanderada. Eso la llena de alegría, dice y agrega que “la bandera representa a todas las compañeras que venimos a estudiar”. Sobre La Casita, el espacio que habita explica: “Me dan un lugar para empoderarme y eso me genera ganas de hacer más cosas. Yo desde acá me voy dando cuenta de lo que falta y de lo que es posible hacer en el barrio; y lo hago antes de que la gente diga che, esto está mal”.

En el barrio San Pedro se ocupa de un playón y garantiza una olla popular. Y cree que el trabajo es más fácil cuando contás con otros, pero no solo se trata de una división de tareas: “Tener a alguien al lado te permite enseñarle para dejar un legado”. 

Cuarenta y ocho años de un aprendizaje no formal

Mabel nació en un momento bisagra para el país, en 1976. A los catorce, quedó embarazada de la primera hija; a los diecinueve, del segundo. Para ese entonces, todavía desconocía cómo funciona su sistema reproductor. Lo comprendió entre la llegada del segundo y del tercer hijo. Nadie, en ningún lado, le había dado información al respecto. Tampoco nadie le había enseñado sobre la maternidad. 

- Advertisement -

“Yo aprendí todo de memoria. A moverme fuera del barrio, el precio de las cosas, a que no me metan gato por liebre, a militar… Hasta hace tres meses, no había tenido la oportunidad de ir a la escuela”, describe. Ahora sueña con licenciarse como trabajadora social. 

Antes trabajaba con el Polo Obrero, limpiaba zanjas y barría. A veces iba a la quema para hacer una diferencia. Desconocía cómo se mide un kilogramo, pero sabía exactamente cuántas y qué botellas tenía que juntar para llegar a esa medida. 

A la fecha, vive en la casa de una hija. Su idea es conseguir un lote para hacerse lo propio en el San Pedro. Gracias al dinero que consigue como empleada doméstica (“yo no recibo ningún plan”, aclara), más lo que ganan sus dos hijos mayores, el grupo familiar tiene su comida asegurada.

La fiesta se arma con un paquete de galletitas

Desde hace ocho años, se hace cargo de la olla popular. Asisten 260 familias, todas numerosas, y cada vez son más con el correr de los días. En total, tres personas se encargan de la comida que dan dos veces por semana: martes y jueves. “Si pudiéramos cubrir todos los días sería un golazo; y también dar meriendas, porque la leche es lo más difícil de conseguir, para nosotros y para las familias”, explica. 

El alimento que reciben viene de La Corriente y del Municipio, pero Mabel aclara: “Yo recibo lo que sea de donde venga, porque todos necesitamos, y yo sé quién necesita qué y también sé que lo más difícil de sostener una olla popular es la carencia. Cuando te falta qué cocinar, cuando te falta el gas, cuando te faltan las verduras… ¿vos sabés lo que es decirles que un día no pudimos cocinar, sabés la cara con la que se va la gente? Cuando viene una madre a pedirte algo que no tenés, te parte el alma”. 

- Advertisement -

Como contraparte, Mabel señala que si tienen galletitas se arma una fiesta. “Eso, para los pibes… te imaginarás, ¡un lujo!; se van contentos como si volvieran de un cumpleañitos”. 

La gloria es una pelota rodando

En el San Pedro había una canchita. Los profesores expulsaban a quienes generaban conflicto y, desde el playón donde Mabel tiene su olla, los recibía. “Cuando yo caí al barrio, había mucha maldad. ¿Por qué? Porque no tenían una referente. Yo me planté y fueron dejando las gomeras, fueron ubicándose”, refiere. Y añade: “Yo creo que si los pibes hacen lío es porque la gente no los sabe tratar”. 

Según Mabel, el deporte es todo para ellos, pero la sentencia incuestionable no se le escapa: “Sin comida no pueden. No tienen fuerza para patear la pelota. Se le tuerces las patas. Pierden el equilibrio. Yo los he visto tumbarse por no comer”. 

La militancia transforma

“En el barrio, sobre todo por lo que escuchan en la tele, los vecinos le tienen miedo a la política. Ese miedo no desapareció. Y lo entiendo, porque yo también lo tuve. Yo tenía miedo de que me hicieran algo en la calle. Militaba sin saber exactamente qué era militar, pero comprendía que tenía que ver con la solidaridad”, explica Mabel. 

Sobre la coyuntura local, comenta que en su momento “vinieron y compraron el voto. Ahora esos votantes de Milei ya se bajaron y se acercaron a nosotros”. Sobre la gestión actual describe que “el intendente siempre hizo obras y siempre dio la cara llueva o truene. Y cuando nos ha prometido insumos para el playón o para la olla, respondió”. 

Sobre la militancia barrial considera que es codo a codo ya que la militancia significa lazos, por eso es fundamental. “Hay que estar en los barrios, hay que conversar con los vecinos para conocerlos, y que se sepan escuchados de verdad. Y explicar, siempre, sobre todo a los jóvenes. Después crece, crece, y ya no se puede parar la bola de nieve”, agrega. 

“Los pibes deben conocer, primero, cuáles son sus derechos. Y después tienen que conocer qué es una marcha, qué es una asamblea, trabajar el tema de la vergüenza, que es muy fuerte por el origen y porque no tienen la práctica de hablar en público; y si dicen poco, está bien, que digan poco, pero que digan; y si se equivocan, que se equivoquen, también está bien, pero sabiendo que están acompañados”.  

La hora de la mujer que comparte una causa pública

Mabel ya no se piensa sin su pertenencia al barrio. Y los pibes, que la reciben como a una madre popular, tampoco se imaginan sin ella. Las familias confían en ella y eso lo fue ganando con el tiempo. “La gente humilde tiene que ver que laburás en el barrio, y no solo eso, sino que tiene que ver que sostenés esa actividad a lo largo del tiempo”. Y, sobre todo, “hablar con la verdad y acompañar”.

También cuenta que tiene el WhatsApp de todos los vecinos. Y cuando algo sucede es a la primera que llaman. “Soy respetada en todos los barrios: en el San Pedro, en el San Jorge, en el Santa Marta, en el Santa María. ¿Por qué? Porque la gente sabe quién soy”.

Sobre su trabajo en el barrio expresa: “Ojalá hubiera más propuestas para ayudar, cualquier tipo de donación siempre suma”, dice, y no mendiga; exhorta, interpela a que la comunidad se mueva. La lucha no es de Mabel. En todo caso, ella es solo un botón de muestra de qué se puede lograr si se las voluntades se suman. 

Después, describir a Mabel es como intentar encerrar el infinito en una cáscara de nuez: quien quiera conocerla, ya sabe dónde hacerlo.

Dejanos tu comentario

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí
Captcha verification failed!
La puntuación de usuario de captcha falló. ¡por favor contáctenos!

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

spot_img

ÚLTIMAS NOTICIAS

Ayudanos a sostener este proyecto autogestivo

Sumate a la Comunidad y participá todos los meses por regalos, entradas y descuentos.

Elegí el monto, ingresá los datos y listo!