La historia, la literatura, la filosofía y todas las formas del arte se han encargado de describir y tipificar el amor. Lo cierto es que el amor es tan diverso como la naturaleza, tal vez por eso aquellas definiciones son tan variadas. Es decir que no existe una definición universal porque coexisten tantas formas de amar y sentir, como personas hay en el mundo.

Es en esa diversidad que Gina (64), Natalia (30) y Sol (20) se identifican. Todas atravesaron diferentes dificultades para asumirse y decirle al mundo lo que sentían, y el contexto histórico y sociocultural fue determinante para cada una. Hoy las une el feminismo, el saber que no están solas, el comprender que la diversidad habla de un colectivo y no de la diferencia.

Torta, lesbiana, homosexual, pansexual, queer. Hay tantas formas de nombrarse que incluso una de ellas confiesa que cambió su forma de autopercibirse con el paso del tiempo y la formación en géneros. Con bastante esfuerzo otra intenta comprender de qué se trata cada una de las formas de sentir mientras Sol, la más joven del grupo, le explica pacientemente.

La diferencia generacional es palpable entre estas mujeres al momento de comprender la vorágine feminista que las atraviesa. Las mismas dificultades que Natalia y Gina tienen para comprender el nuevo lenguaje, es el que en su momento vivenciaron para salir del clóset. Para Sol tampoco fue fácil reconocerse como pansexual, pero ella es parte de una generación que se acerca cada vez más a la inclusión.

Foto: Julieta Brancatto

“Yo fui esto siempre, pero en un momento me hice cargo de que algo me pasaba, que algo me daba vueltas y no estaba convencida de cómo estaba llevando mi vida, era como una sensación de vacío. A los 19 años abrí la puerta y dije ‘no me gustan sólo los varones’ y aunque no me reconocía como bisexual pensaba en que era posible que también me gusten las mujeres. A los 23 me empezaron a pasar cosas muy concretas con compañeras y ahí dije sí. Fue una identidad más sólida para mí el hecho de nombrarme bisexual. A los pocos meses me identifiqué y comencé a decir que era lesbiana”, cuenta Natalia ante la atenta mirada de Gina y Sol.

Para esta última el proceso tuvo algunas diferencias. Por ejemplo tardó menos tiempo en darse cuenta de que algo dentro suyo le mostraba su incomodidad. “Desde que era chica había algo que me pasaba con las mujeres que no encajaba con lo que me habían enseñado que era ‘sos chiquita y te gustan sólo los nenes’. A los 11, 12 me empezaron a gustar físicamente las chicas tanto como los chicos, pero lo de las chicas no lo decía porque sentía que había algo que estaba mal”.

El desarrollo sexual la sorprendió tempranamente y con varias reflexiones: “Conocí a una piba que me dijo que le gustaban las chicas. Me empezó a gustar cada vez más y me empecé a replantear todo esto. ´¿Por qué no? Si me gusta, si me atraen, si miro tanto mujeres como varones pero lo de las mujeres no lo digo’, pensaba. Me empecé a replantear el amor. Fue algo re loco contárselo a mis amigas. Ellas decían ‘mira que bueno que está este chabón’. Sí, no lo niego, pero también me gusta la novia; es como que abrí el abanico y dije ‘el amor no es hetero, puede venir de cualquier lado’”.

Gina vivió un contexto completamente diferente, es de otra época en la que la información, los medios de comunicación y el internet no eran las herramientas de desarrollo social que hoy significan. Sin embargo desde muy pequeña sabía quién era, qué sentía y qué quería. “Lo mío comienza a los 5 años, ya tenía una elección. Creo que ya estaba definido mi camino en cuanto a mis gustos hacia las chicas; las niñas en aquel momento”, recuerda.

Foto: Julieta Brancatto

“Fue una constante hasta los 15, 16 años cuando por mandatos, tuve que tener una relación con un varón, impuesta por mi familia. Duró poco tiempo, unos dos años que fueron de sufrimiento porque yo estaba en la cama con él y a mí se me representaba el cuerpo de una mujer, siempre. Hasta que tuve la posibilidad de conocer una persona que como en la película Mujer bonita, vino y me rescató y nos fuimos a vivir a Entre Ríos. Siempre tuve y sentí la maravillosa idea de que el amor está enfocado hacia el cuerpo y la mente de una mujer, hasta el día de hoy”.

Fueron años de sufrimiento, dice Gina. El proceso de autopercepción y de identificación suele estar lleno de contradicciones, de dudas, de miedo, pero también de dolor. No sólo y no tanto por lo que cada uno siente, sino por el de afuera, el otro, la otra, aquellos que no comprenden al mal llamado diferente.

“A partir de que me empecé a nombrar, me hice cargo de un montón de cuestiones que me pasaban desde muy chica, donde esa atracción la reprimía de diferentes maneras. Empecé a desmenuzar cada una de las pequeñas violencias que había sufrido a lo largo de toda mi vida. La mirada del otro que siempre era despectiva: sos la machona, sos esto, sos lo otro. Sabía que eso me hacía mal pero no me lo discutía. Me lo empecé a discutir ya más grande, a los 15, cuando mis amigas tenían su vida sexual afectiva más encaminada y yo estaba recontra trunca y no entendía qué era lo que pasaba”, recuerda Natalia en quien los mandatos familiares también calaron hondo.

“Estuve un montón de tiempo tratando de cumplir a rajatabla el sentido de lo femenino. Lo que más recuerdo del afuera es mi necesidad de tener movimientos femeninos. Yo veía todo el tiempo a mi mamá y mis hermanas y sus amigas, y todas eran delicadas naturalmente. Yo envidiaba esa delicadeza, esa motricidad fina. Había exigencias re violentas a nivel simbólico y nunca podía llegar a cumplir con las expectativas que se generaban en mí, en cuanto a lo femenino”.

Foto: Julieta Brancatto

“Abrirme fue tardío porque vengo de una familia de curas y monjas que dejaron sus hábitos, muy educada en el catolicismo y fue muy difícil plantearlo. Lo hice recién a los 24 años y con mucho miedo. Pero apenas me nombré tuve la necesidad de decírselo a todos. Les dije: ‘Si alguien pregunta, nunca lo oculten’. Tuve una necesidad plena de salir de ese armario para que nadie más pudiera pensar o sospechar algo, que esté claro y que saliera de mi boca; que yo era esto y que no me nombren de otra manera. Rechazaba todo tipo de insulto o menosprecio, no quería que se me volviera a nombrar despectivamente o por atrás. A partir de que me nombré, tuve la necesidad de que el resto me nombre de la misma manera que lo hacía yo”.

La historia de Gina tiene algún punto en común: el catolicisimo. Sin embargo cuenta que nunca tuvo la necesidad de aclarar nada con su familia. Su desafío fue con ella misma, “siempre fue aceptarme yo y nunca dejar de ser auténtica. Era una lucha contra mí misma siempre, no era para ellos. Yo no quería vivir para ellos ni para lo que esperaban de mí”.

Su familia no la violentó por sus elecciones, fue la comunidad lujanense quien se encargó de eso. “Era dramática la sociedad de Luján en aquella época, te castigaban, marcaban e identificaban mucho como la tortillera, la machona, esos términos bastante agresivos que vos decías ‘¿por qué tengo que pasar por esto si no hice nada?’”.

Sol tiene 20 años, vive en un mundo distinto al de Gina aunque al igual que esa mujer que le triplica la edad, su reto más difícil fue aceptarse. “En realidad lo difícil fue conmigo, no con el resto. Tenía ese miedo a no poder encarar a una mujer, sentía que no podía, que no era digna de poder hacerlo. Siempre jodí con que tenía olor a hétero y por eso las mujeres no me daban bola, que era demasiado femenina y ahí aparece el estereotipo de que tenés que ser medio machona para que te gusten las mujeres”, problematiza mientras las compañeras asienten con la cabeza.

Foto: Julieta Brancatto

Feminismo y diversidad

Las separan años, historias, experiencias, décadas enteras. A pesar de las diferencias y las distancias, hace poco tiempo Gina, Natalia y Sol se unieron en la militancia del feminismo y la diversidad, un espacio de sororidad y compañerismo que las encontró más hermanadas que nunca, y con la consciencia de saber que ocupan ese lugar no sólo por ellas mismas, sino fundamentalmente por les compañeres de al lado; y Nati lo explica con algo de emoción.

“Apenas me hice cargo de lo que sentía, empecé a introducirme en el feminismo y comencé a comprender esa veta de que yo no soy lo único que importa. Siento que mi militancia dentro de la diversidad, dentro del feminismo, es entender esto de que hasta que no todes tengamos libertad plena, no la va a tener nadie en lo particular. El feminismo me hizo ser consciente de que no estoy sola en este mundo y que no puedo luchar solamente por mí, sino que hay que luchar por la liberación de todes”.

“En su momento, cuando me reconocí, lo viví de manera muy linda y con mucha libertad. Cuando pasaron algunos años me empecé a poner trabas, sin saber bien qué quería o echándome la culpa. Y no era necesario ponerme esas trabas. Creo que ahora, cuando me encontré profundamente con el feminismo, entendí que hay mucha más gente que piensa como yo, que no estaba tan errada. Ahora puedo decir que lo estoy viviendo con mayor plenitud”, reflexiona Sol entre lágrimas de libertad.

“El feminismo estuvo conmigo siempre”, reconoce Gina. “La elección y actitudes de mi vida, lo que yo dí en aquel momento es lo que ahora se llama feminismo, pero antes no tenía nombre. Para mí la libertad siempre fue necesaria, pero en su momento una ciudad como esta no te lo permitía. Pero si no estaba la libertad acá, la ibas a buscar a otro lugar, y eso fue lo que hice. Hoy vivo como quiero. Logré eso y me aferré siempre a eso y pude lograr vivir como quiero y como siento”.

Son las 17hs, y la Asamblea Feminista se reúne para seguir construyendo igualdad. Algunas compañeras se acercan a la ronda y escuchan con atención lo que estas mujeres tienen para decir. La emoción está a flor de piel. “Esta bueno porque es un repaso por la vida que no te lo permitís siempre”, dice Gina sonriendo, como siempre. Después de varios profundos abrazos, se ayudan a colocarse en las muñecas los pañuelos verde y naranja, por el derecho al aborto legal; y la separación de la Iglesia del Estado. Se miran en complicidad, se vuelven a abrazar y se incorporan a la ronda. El aquelarre feminista e inclusivo vuelve a sesionar.

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