Ayer los cuerpos disidentes coparon las calles, hoy el profesor e investigador de la UNLu Walter Giribuela acerca una mirada sobre las diversidades sexuales y las formas de hacerlas invisibles.

Dos chicas van a tomar un café al recoleto bar “La Biela” en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el mozo las echa. Les dice que “eso”, besarse, no se puede hacer ahí. El problema no es el beso. El problema es que las besantes no son de sexos diferentes.

Laura Aixa Xuxu Aguilar Millacahuin se hizo famosa dos veces: la primera, al convertirse en la primera transexual de Tierra del Fuego en obtener la partida de nacimiento y DNI de mujer tras la sanción de la ley de Identidad de Género. La segunda cuando una ex pareja, varón, la asesinó a cuchillazos y algunos medios informaron que habían matado “al primer travesti que cambió de sexo”.

Otros, corrección discursiva mediante, hicieron referencia al asesinato de «la travesti» o la «famosa trans fueguina«. Ninguno habló de femicidio, aunque legalmente la muerta era una mujer.

Evelyn, una trabajadora sexual de Posadas, fue asesinada a los 36 años. Era una vieja trans, que había superado en un año la expectativa de vida promedio para las personas travestis y transexuales. Pocos hablaron de eso; sólo se limitaron a emitir juicios morales respecto de su actividad. Nadie salió a esgrimir el polémico «sin clientes no hay trata». Era trans; ahí parece no aplicar eso.

Foto: Victoria Nordenstah

Dos chicos pasean por una calle cualquiera de Buenos Aires y pasan desapercibidos para la multitud hasta que deciden tomarse de la mano. Por lo bajo o a viva voz comienzan a ser percibidos y, especialmente, a ser nominados: sodomita, pervertido, maricón, trolo, puto, afeminado, maraca, blando, amanerado, invertido, muñeca quebrada, raro, loca, nena, señorita son apenas algunas de las maneras con que se habla de ellos.

Llaman la atención dos cosas: la impunidad con que son heridos discursivamente y la vinculación entre esos insultos y una supuesta equiparación con el género femenino. No se les «perdona» que se tomen de la mano y, para que les quede claro, le asignan valor femenino (femenino y negativo, claro) a la acción, por lo que deciden llamarlos nena, señorita o, lo más habitual, hablarles en femenino. Sí, eso es lo peor: hablarles en femenino, hablarles como se habla a una mujer. Se supone que eso va a “curarlos” o, al menos, a humillarlos tanto que pensarán dos veces antes de cometer el inmenso atentado de tocarse siendo del mismo sexo.  

Si, como creemos, somos seres lingüísticos o -como expresa Butler- «seres que necesitan del lenguaje para existir» , el lenguaje es constitutivo del ser y no solo una de sus múltiples características. Este lenguaje injurioso (insistimos, injurioso por lo femenino que se le impregna) no hace más que evidenciar el valor negativo que se le asigna a toda aquella orientación sexo-genérica que escape a la perversa red semántica que vincula virilidad, heterosexualidad, normalidad y sanidad entre sí, oponiendo en una equivocada construcción dicotómica su antítesis, compuesta por las nociones de feminidad, homosexualidad, anormalidad y enfermedad.

Autores como Ana María Fernández postulan que, desde hace unos años, estamos asistiendo a un proceso que identifica como un estallido en la visibilización de las diversidades sexuales. Si bien esto es empíricamente comprobable, también lo es el hecho de que nos queda aún un importante camino por recorrer.

Foto: Victoria Nordenstahl

Creemos que este fenómeno, el de la visibilidad, se presenta como novedoso ya que, previo a él, las sexualidades no heteronormativas y las no volcadas a la reproducción eran ocultadas, silenciadas, es decir, invisibilizadas.

Entendemos por invisibilización una estrategia que se implementa desde el poder con el objetivo de borrar las alteridades, las diferencias. Y como el ordenamiento sexual moderno ha ubicado a la orientación sexo-genérica en una perspectiva de lógica identitaria, ya que aquella pasa así de ser una de las características del ser humano a transformarse en una dimensión determinante de identidad, la lucha por la visibilización no es otra cosa lucha por la identidad.

Cuando esta identidad es cargada de una connotación negativa, la ilusión de hacerse invisible pasa a transformarse en una estrategia de supervivencia y, siguiendo una lógica sintomática, la parte que se busca invisibilizar (el deseo no heteronormativo) en ocasiones se expande al todo.

Es así como queda en evidencia que el medio hostil es el que lastima y no la orientación sexo-genérica. La diversidad sexual fue pensada, durante mucho tiempo, desde una perspectiva heteronormativa y patriarcal que implicaba extrañamiento y reificación.

Todo lo que escapara a la lógica heterosexual y a la lógica reproductiva era visto como una cosa a analizar y a ajustar, y a la vez era contemplado desde un lugar que le asignaba el papel de extrañeza e inferioridad.

Foto: Victoria Nordenstahl

Cualquier persona con orientación sexo-genérica diferente a la heterosexual era ese componente exótico que se apartaba de la norma esperada, del sendero de la normalidad, pero al que la vida cotidiana nos acercaba, independientemente de la intención de hacerlo.

En la década de los ochenta del siglo pasado, apareció publicado por primera vez el icónico artículo de Adrienne RichHeterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana que, desde una perspectiva feminista, acuñó la noción de heterosexualidad obligatoria para dar cuenta de la invisibilidad que tienen, en las diferentes esferas de la vida (cotidiana, académica, etc.), las orientaciones sexuales que escapan a la heteronormatividad, especialmente la lésbica.

Si bien hoy esta suerte de presunción de heterosexualidad sigue vigente, podemos vislumbrar un paulatino proceso de visibilización de orientación sexo-genéricas disidentes.

Este proceso de visibilización se enmarca en un contexto social más amplio, que implica una serie de modificaciones respecto de las representaciones sobre la diversidad sexual y que deben comprenderse en nuevas configuraciones sociopolíticas y nuevas perspectivas teóricas. Queda en evidencia que durante mucho tiempo las personas de orientación sexo-genérica homosexual fueron intencionalmente construidas a partir del papel de enemigo al que temer.

Ese temor, basado en juicios morales-religiosos pero también en requerimientos políticos vinculados con la necesidad de propiciar un nivel de natalidad adecuado para poblar el extenso territorio de un país joven que comenzaba a consolidarse como tal, llegó a ser inicialmente evocado a partir de referencias indirectas, dejando su nombramiento taxativo sólo a las profesiones hegemónicas que se encargaban de ubicarlo claramente bajo la égida discursiva de la desviación, la patología y la perversión.

Foto: Victoria Nordenstahl

En una segunda instancia, y ya consolidada la imagen de persona enferma, esta nominación pasaría a constituirse a partir de un discurso crudo y estigmatizador, que asignaba a los sujetos homosexuales valoraciones negativas que excedían su atracción por las personas del sexo opuesto y que los ubicaban en el lugar de personas a las cuales temer. La figura de enemigo quedaría ya fuertemente consolidada en el imaginario social.

Estas representaciones se mantuvieron inalterables a pesar de los cambios políticos que vivenció la Argentina a lo largo del siglo XX: democracias, dictaduras, ideologías más conservadoras o más progresistas coincidieron en posicionar a las personas homosexuales como enemigos e, incluso, como agentes de la dominación externa (ya capitalista, ya comunista).

Los diferentes sectores parecieron coincidir en la construcción de un Otro no deseado a partir de la orientación sexo-genérica no heterosexual, algo que comenzó a modificarse paulatinamente hacia mediados de la última década del siglo pasado.

Este 8 de marzo se llevó adelante el Segundo Paro Internacional de Mujeres. Entre las demandas principales se encuentra el exigir respuesta a la violencia física, social, política y verbal, entre otras, que sufren actualmente las mujeres en diversos lugares del mundo.

Se trató de un acto político, que como todos los de su clase, tendió a desnaturalizar lo establecido, visibilizar lo oculto y erradicar lo opresivo. Sin dudas, la tarea está más que iniciada. Sin dudas, el camino por recorrer aún es amplio y requiere de la incorporación de sectores subalternos a la tarea que queda por delante.

El autor es Dr. en Ciencias Sociales y Humanas. Lic. en Trabajo Social. Docente e investigador de la Universidad Nacional de Lujan

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