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domingo, 18 abril 2021

Buenos días, Señorita Google

Hacia dónde vamos y a dónde no queremos volver. Entre la incertidumbre de la digitalización y las falencias del aula tradicional, interrogantes en torno a las estrategias educativas para la nueva fase de la cuarenta.

Una niña toma clases desde su casa todo los días, excepto los fines de semana, porque su mamá piensa que es mejor sostener algunas rutinas. Del otro lado de la pantalla, el profesor exige demasiado para su edad. La niña se frustra. Odia la escuela. 

No es una escena de la realidad sino uno cuento de Isaac Asimov, titulado «Cómo se divertían».  No tan casualmente este fue el texto elegido por el Ministerio de Educación para las primeras actividades del plan de continuidad pedagógica en el área de prácticas del lenguaje. 

¿Con qué intención? ¿Hacernos la idea de que la escuela del futuro llegó antes de lo esperado? ¿Hacer un guiño a los ciento de miles de docentes que se arrojaron a las aguas turbulentas de la formación autodidacta en el área de las TICS? ¿Recordarnos que de un lado y del otro de la pantalla aún hay seres humanos? 

Cuando hablamos de pedagogía rara vez encontramos certezas. Sin embargo el contexto global profundiza la incertidumbre y, al mar de preguntas que giraban en torno a la vieja escuela entendida como aquella que se mantenía hasta marzo del 2020, se suman los nuevos interrogantes en torno a una escuela con distanciamiento social.    

Más preguntas: ¿genera la pandemia la oportunidad de pensar un nuevo capítulo en la historia de la educación argentina? ¿Hacia dónde vamos? ¿A dónde no queremos volver?   

En buena hora las autoridades del área de educación separaron las calificaciones numéricas de los procesos de evaluación en las escuelas públicas y privadas de todo el país, al menos, durante el desarrollo del primer cuatrimestre. 

«Evaluar no es lo mismo que calificar», explicaron en el documento base sobre educación y evaluación para la Provincia de Buenos Aires que confeccionó la subsecretaría de educación de la Dirección General de Cultura y Educación, publicado el 12 de mayo. 

El sistema de calificaciones (y clasificaciones) numéricas o alfabéticas que venía arrastrando una escuela pensada en el siglo XIX, estaba tan aferrado al imaginario escolar previo a la pandemia, que las posibilidades de reemplazarlo eran utópicas o, por lo menos, lejanas.      

El texto detalla una serie de estrategias para evaluar los procesos educativos. Herramientas que hacen hincapié en los aspectos cualitativos de la enseñanza y el aprendizaje y que apuntan conocer el progreso de las y los estudiantes, sus avances y sus dificultades. 

Las autoridades de la Provincia resaltan algunos aspectos a evaluar: si el estudiante sostiene el vínculo con la escuela y les docentes, si tiene acceso a las propuestas de trabajo, si puede resolver las actividades, plantear dudas, consultar y compartir las producciones con sus pares. 

En este punto surge el primer obstáculo que docentes y estudiantes advirtieron desde el comienzo del período, y que marca una división profunda entre quienes pueden establecer una comunicación fluida con la escuela y quienes no: el acceso directo a la red de Internet. 

De acuerdo al último informe de la Cámara de Argentina de Internet, en el tercer trimestre del 2019, el 43,9%  de las casas en argentina no contaba con acceso fijo. Y, según el ex Ministerio de Modernización, el 70% del territorio, donde vive casi un tercio de la población, no tenía el año pasado acceso directo a una red.    

En una rápida reacción, el Ministerio de Educación puso en marcha el programa Seguimos Educando, una plataforma digital en donde se subía el contenido que hizo de base para las primeras etapas de la educación a distancia pero que no logró algo necesario, la comunicación oficial con les estudiantes y un canal que asegure el diálogo que posibilita la experiencia educativa. 

A prueba y error, y sobre la base de aplicaciones y programas que no están específicamente pensados para educación, docentes y equipos directivos se han puesto al hombro la hercúlea tarea de crear inteligencias escolares con lo que había a la mano, atadas con alambre y a fuerza de una inmensa sobrecarga laboral. 

La mayor parte de las escuelas de Luján utiliza grupos de Whatsapp, Facebook y casillas de correo electrónico. Conformaron grupos referentes de profesores, preceptores o directives que establecen el vínculo con los estudiantes para enviar trabajos y recibir fotos de las resoluciones. 

Son pocas, en su mayoría las instituciones de gestión privada, las que pueden acceder y proponer el uso de plataformas educativas como Google Classroom o realizar videoconferencias por Zoom o Meet.       

En el documento base de la Provincia también detallan que la evaluación debe brindar insumos para modificar las propuestas de enseñanza durante la suspensión de clases “así como también para planificar la vuelta a las clases presenciales”. Pero, ¿cómo serán esas clases presenciales? ¿Tienen las escuelas la capacidad edilicia para garantizar la distancia social, es decir, la salud de les pibes y les docentes?

Y además, ¿tiene el Estado capacidad de generar plataformas para impulsar lo público y lo diverso en la mixtura entre lo digital y lo presencial? ¿Podrá la educación salir del embretado en el que quedó entre los monstruos tecnológicos y la escuela de Sarmiento? 

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