Bloquera de la Libertad, baldosas y bloques de recuperación

Ocho laburantes, en su mayoría recuperados de consumo problemático, construyen un futuro de dignidad desde una bloquera ubicada en el ex Instituto Alvear. La historía de vida de pibes y pibas excluidos de la sociedad que hoy se inventan su propia oportunidad apostando al trabajo cooperativo.

En la entrada del ex Instituto Alvear, una pequeña unidad productiva construye baldosas y bloques de cemento llenos de sueños y futuro. Allí funciona la Cooperativa «Bloquera Libertad», una unidad productiva de la rama de construcción del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE).

Cuando todo parecía no tener retorno para la bloquera y los dos laburantes que la mantenían a flote a puro sacrificio, en diciembre del 2021 la unidad productiva tomó impulso.

Reactivar el espacio fue una apuesta de la organización con el fin de generar puestos de trabajo para diferentes compañeros y compañeras de la economía popular, pero particularmente para quienes habían atravesado por un proceso en las diferentes casas de Vientos de Libertad.

Al paso de cuatro meses ya cuenta con ocho trabajadores y proyectan que, para fin de año, puedan estar laburando 20 laburantes. Bloquera Libertad es más que una unidad productiva, es una oportunidad de reinsertar a la sociedad a pibes y pibas que en realidad nunca fueron incluidos.

«Nuestro objetivo es darle laburo a los compañeros, la organización nos impulsa a eso», cuenta Darío, coordinador del espacio.

Darío se recuperó hace tres años. Cuando salió le costó conseguir laburo, pasó por diferentes trabajos hasta que llegó a Vientos de Libertad y entró a trabajar como sereno en la bloquera. «Hoy estoy lleno de orgullo de estar acá, arrancamos desde abajo y estamos creciendo. Estoy lleno de orgullo de que nos venga a ver gente importante», comenta, mientras se prende un cigarrillo.

Durante 28 años, Darío consumió diferentes sustancias que lo llevaron a un día decidir internarse para darle un nuevo rumbo a su vida. Hace un año pensó en tirar la toalla, pero la solidaridad de los compañeros y compañeras y la fuerza propia evitó que vuelva a tropezar.

La producción viene viento en popa. Pedidos de otros espacios de la organización, la venta al público y el dañado pero irrompible tejido social permiten aumentar las ventas y pensar grandes proyectos de futuro.

«Apuntamos a producir todas los materiales que se necesitan en la construcción. Por ahora arrancamos por esto, pero la idea es seguir creciendo y generar más puestos de trabajo», explica Norman, quien se encarga de la parte administrativa de la bloquera.

Con una tasa de desocupación del 7 por ciento, más del 40 por ciento de la población bajo la línea de la pobreza, y un mercado que no puede generar los puestos de empleo necesarios, el proyecto colectivo es una esperanza para muchos y muchas en un contexto para nada favorable.

«Apostamos a construir puestos de trabajo. Sabemos que hay mucha crisis de trabajo en nuestro país y queremos subsanar un poco eso desde este lugar. En un mundo así, para alguien que sale de un proceso es mucho más difícil, cuando salís del proceso salís con una mano atrás y otra adelante», comenta Darío.

Mientras muchos políticos hablan de reemplazar planes por trabajo, Darío y sus compañeros lo construyen día a día y rompen con todos los prejuicios. «La gente tiene una mala imagen de nosotros, nos ven como ovejas negras. Nosotros estamos remendando nuestros errores. A veces nos critican por tener un plan social, pero acá hay trabajo, pueden venir a verlo, nadie nos regala nada. El plan es una ayuda pero nosotros venimos acá todos los días a laburar», argumenta con más claridad que algunos economistas y políticos.

Hacen baldosas de diferentes modelos, dos modelos de bloques y próximamente proyectan sumar adoquines es la producción de esperanza, sacrificio y la posibilidad de un futuro mejor.

Esa es la apuesta de Adrián Pino, que con 53 años labura en la bloquera desde antes de ese diciembre donde se reactivó el proyecto. El laburante pasó por dos épocas de consumo, la primera desde sus 14 años hasta los 24. Allí hizo un tratamiento y arrancó a estudiar la problemática para lograr recibirse como Operador Terapéutico en la Universidad de Quilmes.

«Estuve 15 años limpio, por golpes en la vida, cuestiones personales, volví al consumo. Me enojé con la vida», comenta. Por 10 años más consumió crack hasta llegar a vivir en la calle y tocar un punto de quiebre. «No quería vivir pero estaba vivo», relata.

Cuando decidió internarse, en plena pandemia, no encontró donde hacerlo por el aislamiento. La posibilidad de Vientos de Libertad le cambió la vida. Al igual que la bloquera y la organización.

«Estoy muy agradecido a la organización, porque detrás de esto hay una organización que pone todos los recursos para que esto sea posible. El esfuerzo nuestro es reconocible y también es valorable la posibilidad que nos da el espacio», manifestó.

Pino sabe que hay diversos enfoques sobre la problemática: consumo problemático, enfermedad, patología, que es curable o que es crónico. Sin embargo, tiene una certeza: «Para no volver a consumir tiene que haber una propuesta de vida que sea tentadora».

Para eso, desde su experiencia y conocimiento, busca crear un buen ambiente de trabajo, sostener la rehabilitación y un grupo humano solidario. «Somos todos distintos pero compartimos la misma problemática. Somos hermanos del dolor, por lo vivido», sostiene.

La idea es generar una propuesta que sea mejor a la que generalmente hemos sufrido en la infancia, adolescencia y durante el consumo. La idea es armar algo mejor, para conmigo y para con los demás.

Franco Segura es otro de los laburantes de la bloquera. De sus 29 años de vida, consumió 13. Por la droga perdió el vínculo con su familia, su hogar y llegó a estar en situación de calle. Un día se encontró a las 7 de la mañana con un vaso de fernet en una mano y en la otra una pipa. «Qué onda pensé, necesito ayuda. Ahí fui y me interné», relata.

Luego de su paso por Vientos de Libertad salió a tirar de un carro para ganarse el pan, como la mayoría de los rehabilitados. Un día le sonó el WhatsApp, le comentaron la propuesta de la bloquera y no lo dudó.

Franco sabe que la vida para una persona que pasó por consumo problemático es más difícil que para el resto. Esas vidas están atravesadas por la exclusión, marginalidad y la estigmatización.

«Es imposible conseguir laburo después de salir de un proceso. Cuando salís pensás de qué vas a trabajar y solo te queda vender en la calle, o empujar de un carro. En el mercado laboral formal no hay trabajo, te miran de todas formas, con todas las caras. Vos venís de la calle, de ser un falopero y nadie te cree que ya no te drogas más», explica.

La bloquera le dio una estructura, una rutina y le permite alejar su cabeza de la posibilidad de volver a consumir. «Este proyecto nos ayuda para no creer todo el tiempo en que te podés equivocar, además está bueno porque generamos puestos de trabajo y vamos sumando a más compañeros. Eso me llena el corazón», agrega Franco.

El laburo de los ocho compañeros no es solo coordinar la bloquera, hacer bloques, baldosas o administrar los papeles de la cooperativa. La contención es parte de ello, el sostener a un compañero y que no vuelva a la tentación del consumo.

«Hay días que venís para atrás y los compañeros te dan una mano. Venías acá y contás lo que te pasa y eso te ayuda un montón», concluye Franco.

Para consultas por los productos de la Bloquera Libertad podes hacerlo a través de WhatsApp a estos números 11 6104-1230 (Norman) o 11 6215-6072 (Darío); a través de Facebook o en el ex Instituto Alvear (venta al público).

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