Foto: Victoria Nordenstahl

Es un día cualquiera de semana y horario de escuela. Un pibe de 16 años falta en el aula, está buscando entre la basura para rescatar cartones, plástico, aluminio, cobre. “En una de esas, también comida en buen estado, ropa, mercadería. Bueno, cosas que sirvan para la casa” dice.

En el predio del barrio San Pedro, el basural a cielo abierto más grande de la provincia de Buenos Aires es tierra de nadie. O de todos. Y más que nada, de los que menos tienen.

“Ahí entrás a la hora que querés. Esperás que venga un camión y cuando descarga tratás de rescatar algo. Tu laburo es revisar la basura no es estar arriba de la máquina” cuenta su cotidiano doloroso el pibe.

Se sabe más de los efectos de la contaminación, de las consecuencias del humo, de las historias clínicas, de las ordenanzas que faltan, de las que están y no se cumplen, de los reclamos, de las Comisiones, de las denuncias. De todo, menos de las familias que viven de lo que otros desechan.

En esa rutina adversa, este pibe perdió un dedo cuando colaboraba con los muchachos del camión de la empresa Multiproposito que descarga basura en La Quema. Los empleados de la empresa privada de recolección lo arrimaron un par de cuadras después de que la máquina le aplastara el dedo y rajaron. Caminó lo más rápido que pudo con la mano envuelta hasta su casa. Su madre lo recibió mientras atendía a sus hermanos y hermanas.

“La sacó barata porque fue un dedo y hay gente que se muere así”, intenta consolar la madre. Ella misma perdió a un primo en un episodio similar. “Dos se murieron hace poco” agrega el muchacho “y otro pibe perdió tres dedos”, suma.

En la familia son 5 hijos, la madre y su pareja remándola para llegar a fin de mes. Muchas veces han ido juntos a La Quema pero hace tiempo dejaron de hacerlo, alguien tiene que quedarse para cuidar a una nena de poquísimos años y oficiar casi de custodios en su casa del barrio San Jorge desde el último robo en el que perdieron todo.

El abandono histórico de la clase política se replica una y otra vez. A los más pobres les pega de lleno. Por los pasillos del municipio rebotan en cada ventana. “Tiene que iniciar un expediente en Salud” o “Pida hablar con Sergio Fernández (sub secretario de Obras y Servicios Públicos)”. Se va a cumplir una semana del accidente y desde la municipalidad nadie se acercó a la familia para asistirlos.

Foto: Victoria Nordenstahl

La más pequeña, la de tres; apenas entiende lo que está pasando. El pibe todavía vendado continúa su rutina con la mayor normalidad posible. Juega con ella, la acompaña y maniobrando con las vendas le limpia la boca llena de chocolate después del alfajor que le compró.

“Muchas veces me decía `mamá me voy a la escuela, chau, te amo’ y volvía con 300 ó 400 pesos que nos servían para comer ese día o tirar un par con matecocido o té” explica su madre. “Yo me daba cuenta que había ido al basural ¿Y yo que le voy a decir? Sí yo misma como no puedo ir por que estoy con la más chiquita (de tres años) vengo a pedir al centro con respeto y a la gente que pueda colaborar con una moneda”.

Multiposito realizó la denuncia en la Comisaría y facilitó los datos del seguro. Después de remarla buena parte del viernes acompañada por una amiga de la familia lograron iniciar un expediente para que le entreguen el precario médico y así poder iniciar los trámites. Con suerte, la plata del seguro los ayudará a tirar algunas semanas. Pero todavía hay que cumplir pasos búrocraticos y en el laberinto municipal, para esta familia, a cada minuto se bifurcan los caminos.

Con el garrón del accidente, el pibe retoma la idea de volver a la escuela. “Ahora no voy a poder trabajar y tengo ganas de terminar la secundaria. Pero no sé como voy a escribir” dice. El accidente fue en la mano izquierda, su mano hábil.

Tiene 16 años pero aparenta más. Callado, tímido. Abajo de la visera esconde rasgos entre mezclados de un hombre de trabajo y un adolescente en edad escolar. Dejó en el primer año de la secundaria “pero ahora quiero volver, quiero terminar y después ver que a qué me quiero dedicar”.

Antes de La Quema pasó por el Zoo Luján. “Carneaba animales para darle a los leones, los tigres. Tienen de todo ahí. Ganaba bien, estaba de lunes a lunes y carneaba como 16 animales por día. Entrabamos a las 6 de la mañana y salíamos como a las 5 de la tarde. Ocho meses estuve” recuerda.

Su madre piensa que difundir su historia “sirve para que se conozca, para que el municipio se haga cargo y haga algo con esto. Los pibes no pueden estar ahí. Ojalá se haga algo para que la gente tenga trabajo y hagan algo con el tema del basural”.

Siguen revolviendo un café en la estación de Servicio de Mitre cerca de la plaza, antes de entrar a dar vueltas por el municipio, esperando un gesto de humanidad en un mundo de papeles y sellos, de ventanas cerradas. Lleno de indiferencia.

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