A propósito del (falso) “adoctrinamiento”

Patricio Grande
Patricio Grande
Historiador y Profesor Adjunto de la UNLu

Bajo la falsa y disparatada idea de un “adoctrinamiento” en curso a millones de estudiantes, hoy desde el poder estatal se instalan potentes discursos que cuestionan la legitimidad científica y pedagógica de los actuales contenidos escolares y universitarios. 

Si bien la idea de que existiría en el territorio argentino una suerte de adoctrinamiento ideológico masivo es totalmente absurda, cabe explicitar que los contenidos de la enseñanza nunca son “neutrales” ni “naturales”. Por esta razón, es necesario interrogarse sobre los motivos de su configuración histórica y presente en los documentos curriculares oficiales, en los libros de texto y de su desarrollo en las aulas. Es decir, se trata de habilitar diversos mecanismos que posibiliten realizar una reflexión crítica sobre bases científicas y una desnaturalización de los contenidos y saberes educativos del pasado y el presente.

Con este telón de fondo, me propongo mostrar cómo y para qué en Argentina el nacionalismo (de tinte liberal-conservador) fue el objetivo principal de la historia en la escuela durante más de un siglo (desde el momento de su instalación, hacia fines del siglo XIX, hasta la reforma educativa sancionada en el año 1993). Para ello, recupero aquí algunos fragmentos de distintas producciones académicas realizadas en el marco de mi labor como investigador en el Departamento de Educación de la Universidad Nacional de Luján.

¿Qué historia se enseñó oficialmente en las escuelas argentinas?

En nuestro país el nacionalismo fue la razón fundamental de la disciplina historia en la escuela durante más de un siglo. Es decir, desde los inicios del régimen liberal-oligárquico hasta la consolidación de la restauración democrática bajo el gobierno neoliberal de Carlos Menem. Un nacionalismo que fue mutando a lo largo de las décadas: desde su interés originario por homogeneizar ideológicamente a la nación frente a la llegada masiva de inmigrantes europeos hacia un particular culto a la patria para justificar el protagonismo de las Fuerzas Armadas en la política argentina, la defensa del autoritarismo y la represión estatal.

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, con el objetivo de “argentinizar” a la masas recién llegadas al país, se buscó crear desde el propio Estado (siguiendo la obra historiográfica de Bartolomé Mitre) una representación en el imaginario colectivo centrada en la construcción una nación mítica compartida por todos, con un pasado glorioso y un destino de grandeza. Por entonces, la idea de nación se suponía previa a la existencia de las naciones mismas y a los propios Estados nacionales en proceso de formación y/o consolidación.

Es decir que “desde arriba”, a través del poder estatal, se construyó (aunque no exento de tensiones y debates incluso al interior de la propia oligarquía gobernante) una idea y un discurso hegemónico sobre la nación: una suerte de entidad autónoma que se colocaba por encima de la voluntad de los individuos, signada por su esencia atemporal (su origen se “pierde en el tiempo”) y un destino propio hacia la emancipación. Se apelaba a una narrativa esencialista (ahistórica) centrada en la epopeya o gesta patriótica con héroes individuales (varones) definidos y “canonizados”.

La conformación de la matriz identitaria nacional debía ocupar un lugar principal en el desarrollo de la vida escolar. Para ello, se apeló a la utilización de “rituales patrióticos o cívicos” a través de la construcción de efemérides y la puesta en escena de los actos escolares, cuyas fechas o hitos centrales fueron el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816. 

Como escribió hace algunos años el académico Rubén Cucuzza, la construcción de la nación pasaba en gran medida por los rituales escolares, entre ellos, la lectura del libro de texto: “La influencia del libro escolar no es menor en la conformación de las identidades nacionales a través de tradiciones inventadas o de mecanismos a través de los cuales determinadas comunidades se imaginaban a sí mismas”.

En líneas generales, podemos afirmar que durante un siglo los contenidos escolares oficiales de historia se mantuvieron sin variaciones. Completamente escindidos de las motivaciones e intereses de los historiadores profesionales y de las transformaciones ocurridas al interior de la “historia académica” tanto en el ámbito nacional como internacional.

La renovación del siglo XXI y los nuevos desafíos

La modernización curricular ocurrida en Argentina desde la década de 1990 (en un contexto de crisis de los Estados nacionales), resultante de dos reformas educativas nacionales (1993 y 2006), mostró modificaciones en la tradición escolar de nuestro país  y propuso un acercamiento hacia las preocupaciones y producciones de la “historia académica”. 

En términos generales (sin entrar en cuestiones “finas”) los actuales contenidos de historia presentan una mayor complejidad, se incorporaron nuevos conceptos disciplinares y fuentes históricas, se analizan procesos históricos desde una perspectiva latinoamericana y se introdujeron grupos sociales (obreros, campesinos, indígenas, mujeres, etc.) invisibilizados hasta hace algunas décadas. También existen nuevos sentidos o finalidades de la historia escolar relacionadas con las nociones de diversidad cultural, las libertades democráticas, los derechos humanos y las ideas de multiperspectividad, multicausalidad y multivocidad histórica.

Sin embargo, en el actual cuadro político y educativo argentino, repensar y reintroducir las categorías de nación y nacionalismo en el ámbito de la historia escolar es una tarea pendiente y necesaria. Pero debemos hacerlo a partir de cuestionar determinadas representaciones “nacionales” sobre los grupos de poder y las clases subalternas. También es necesario reconceptualizar y repensar la nación: como un espacio donde existen contradicciones y colisiones a partir de las múltiples fracturas interiores de clase, etnia y/o género y de las tensiones resultantes entre asimilación y confrontación. Ello significa comenzar a desnaturalizar y problematizar las jerarquías raciales y de clases que existen al interior de la nación moderna.

Para concluir, me parece interesante dejar planteados algunos interrogantes que nos permitan seguir analizando y pensando esta problemática: ¿Qué es Argentina? ¿Quiénes somos Argentina? ¿Hay tareas históricas o “cuestiones nacionales” pendientes en nuestro país? ¿Cómo se procesaron históricamente los antagonismos sociales/políticos al interior de Argentina y sus múltiples fracturas de clase, género o etnia? ¿Qué plantean las investigaciones recientes desde el campo de la historia sobre la compleja construcción de la nación y el nacionalismo? ¿Qué lugar ocupan hoy la nación y el nacionalismo en la enseñanza escolar de la historia?

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Patricio Grande
Patricio Grande
Historiador y Profesor Adjunto de la UNLu

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