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miércoles, 21 abril 2021

45 años después: testimonios desde los infiernos de la dictadura

Durante el Juicio contra las Brigadas de Banfield, Quilmes y Lanús declararon Miguel Prince y Gustavo Fernández. El testimonio mantiene activa la memoria y la búsqueda por la verdad y la justicia.

Buenos Aires, 26 de agosto de 1976. El Comando Jordán Bruno Genta irrumpe en el departamento de la calle Fernández en Capital Federal. Destrozan lo que encuentran a su paso, incluidos a los hermanos Carlitos y Gustavo Fernández, militantes de la Juventud Peronista que pernoctaban allí.

Los golpean, los atan y comienzan el derrotero que los llevará por centros clandestinos donde serían interrogados por militares que buscaban información sobre militantes, grupos organizados y artistas de Luján.

La historia, es parte de una trama amplia y profunda: barrer con la resistencia al modelo neoliberal que solo podía instaurarse bajo las botas de militares. El resultado, 30 mil compañeros detenidos desaparecidos y otros tantos que padecieron el terrorismo de Estado y aún dan testimonio.

Entonces, Gustavo paraba de casa en casa desde que “la situación se había vuelto muy complicada”. Carlitos, tardó un poco más en alejarse de Luján, le costó desprenderse de la Escuela de Arte donde oficiaba de profesor de cerámica, pero las primeras detenciones lo motivaron a volver a contactarse con la organización. A sus 26, había alcanzado grado de importancia dentro de Montoneros, era la referencia en Luján. Así llegó a Capital Federal, cuando la junta militar ya había perpetrado el golpe, donde fue secuestrado con su hermano y todavía permanece desaparecido. Gustavo logró fugarse en un traslado y gracias a ese instante las generaciones siguientes pudimos conocer esta historia.

La militancia de los ´70. Entre otros, Miguel Prince y Carlitos Fernández.

La memoria está intacta, la lucha por la verdad y la justicia también. El juicio que busca determinar la responsabilidad de policías, militares y civiles que participaron de secuestros, torturas y desapariciones en el pozo de Quilmes, el pozo de Banfield y el Infierno de Avellaneda tiene lugar a instancias del Tribunal Oral de La Plata por estas semanas. Recientemente, declararon Gustavo Fernández y Miguel Prince, ambos ya lo habían hecho en 2004 en los conocidos como juicios por la Verdad.

“Éramos dos hermanos que iniciamos la militancia política en el año 1972 en el barrio El Quinto. Hacíamos trabajo barrial y actividades características como las pintadas” recuerda Gustavo sus primeros pasos en la militancia.

Sobre la calle Humberto, una baldosa colocada por iniciativa de la Comisión de Familiares y Amigos detenidos desaparecidos recuerda a Carlitos. “Era ceramista, en mi casa había un taller. Los dos trabajábamos pero él se dedicaba de lleno. Estaba casado, tenía dos hijas” sigue Gustavo frente al juez, la fiscalía y la querella vía zoom. A su tercera hija, Carlitos no llegaría a conocerla.

Tiempo antes del 24 de marzo, Gustavo marchó a Capital, Carlitos permaneció hasta después del golpe. El Comando Jordán Bruno Genta ya le pisaba los talones, fue un grupo de oficiales del Regimiento 6 de Mercedes que se adjudicaba los secuestros de lujanenses y tenían por insignia “Dios, Patria y Hogar”.

Eran los tiempos donde el fundador de la Unión Vecinal, Silverio Pedro Sallaberry detentaba el cargo de comisionado desde el mes de mayo. Bajo su gestión en Luján, desaparecieron Mónica Mignone, Omar Santiago, Oscar Alcides Peralta, Rubén Raúl, Dardo Dorronzoro, Graciela Ester Erramuspe, Raúl Esteban Aguirre, Jorge Leonardo Elischer, Enrique Guerrero, Julio Navarro, Irma Noemí Tardivo, Vicente Omar Pascarelli, Arnaldo Harold Buffa, Hilda Zulema Vergara, María de los Ángeles Torres, Alcides Carlos Ramírez, Carlos Fernández, Ricardo Luis Palazzo, Pedro Núñez, Juan Carlos Barroso, Carlos Durán, José Alfonso Orellana, Rosa María Cano, Georgina Simerman, Raquel Menna y Pablo Finguerut. Otros tantos sufrieron los tormentos de la dictadura que incluyeron detenciones, apremios y torturas.

“Carlitos había conseguido trabajo en una fábrica de cerámica y un lugar para quedarse. Yo estaba un día en un lado, otro día en otro, era una situación que se tornaba peligrosa, entonces me voy con él. Me lleva a la casa del cuñado de un amigo de la infancia, también militante político, Miguel Prince, quien le había prestado la casa para que se quede” sigue el testimonio de Gustavo.

Al día siguiente, irrumpiría el comando. La madrugada del 26 de agosto de 1976, los hermanos Fernández fueron llevados a la superintendencia de seguridad federal. “No teníamos justificativos de por qué estábamos ahí pero nos toman una declaración y nos llevan a una celda” detalla Gustavo. Al día siguiente, el mismo Comando retoma el maltrato que por algún tiempo se volvería rutina. En el baúl de un auto serían trasladados a otro lugar.

Miguel Prince correría la misma suerte días más tarde. “Fui secuestrado el 2 de septiembre de 1976, un jueves a las 11 de la noche en Lavardén 95, Parque Patricios. Allí funcionaba un pensionado universitario. Irrumpió un grupo de tareas y durante media hora fui sometido a simulacros de fusilamientos, percutaban las armas en mi cabeza, ponían el caño de las armas en mi cabeza. Me hicieron poner de rodillas y con un cable de velador me sujetaron las manos, muy pero muy ajustado”. Las cicatrices y los problemas de circulación en las manos lo acompañarían durante los siguientes años.

Gustavo y Carlitos fueron torturados durante los interrogatorios. Los militares buscaban información sobre militantes y artistas de Luján. “Tenían un montón de nombres de gente de Luján que ellos consideraban subversivos, pero me doy cuenta que no tenían conocimiento de cómo funcionaba la parte operativa de los grupos de Luján”. Según el testimonio de Gustavo, su hermano había pasado el mismo calvario. El interés del Comando, radicaba sobre todo en la Escuela de Arte y con especial énfasis en un joven, Ricardo Palazzo.

“Palito” fue detenido en septiembre de 1976 junto a su pareja, continúa desaparecido. “Comenzó a militar en la Juventud Peronista, especialmente en la JP Regional 8. Su trabajo político lo desarrollaba junto a otros compañeros en el barrio Lanusse”, así lo describió Jimena, hija de Carlitos Fernández cuando se lo homenajeó hace algunos años. Rosita, madre de palito y también una de las Madres de Plaza de Mayo, aportó “que se llevaba una frazada para el barrio. A veces nos faltaban pavas, platos. Todo iba para el barrio”.

Jimena (hija de Carlitos) junto a Rosita (Madre de «Palito»)

Mientras tanto, para Gustavo y Carlitos volvieron los tormentos a los dos días del traslado. Los militares seguían obsesionados por conocer los detalles que hacían a la vida política de la Escuela de Arte de Luján. “Además de la picana me pusieron una bolsa en la cabeza y mientras tanto me pegaban cada vez con más intensidad” no logra olvidar Gustavo. Cuando ya no podía gritar, aparece un superior que ordena suspender el interrogatorio. Así transcurrió aquel septiembre del 76, llevaban más de 15 días de secuestro.

Por aquellas horas supieron que estaban en Avellaneda gracias a una avioneta publicitaria que anunciaba un circo. Recordar cada escalón, cada metro de cada pasillo fue determinante para reconstruir la verdad ya que todo el tiempo estuvieron con los ojos vendados, salvo cuando los guardias se retiraban y podían quitárselas hasta sentir de lejos, las puertas que anunciaban el retorno de la custodia. “Por la mirilla, vi un patio con un enrejado, me dio a entender que era un lugar de la policía, enfrente había un bañito muy precario pero muy pocas veces nos llevaron, comida prácticamente nada, llegamos a estar seis días sin comer” testificó. Por las descripciones que realizó y un croquis que confeccionó para la CoNaDeP se confirmó que estuvo en el Centro Clandestino conocido como el Infierno de Avellaneda. Allí, cumplió sus 23 años.

El ex centro clandestino de detención en Avellaneda es en la actualidad un espacio para la memoria.

El Centro Clandestino de Detención de Avellaneda funcionó desde comienzos del golpe hasta 1978. Dependía de la Brigada de Investigaciones de Lanús y esta a su vez, del represor Miguel Etchecolatz. Se estima que pasaron alrededor de 330 militantes de organizaciones peronistas y de izquierda, gremialistas y estudiantes. La mayoría continúan desaparecidos. El general Ramón Camps fue quien instauró el apodo “El Infierno”. Él y Etchecolatz fueron condenados por crímenes de lesa humanidad.

En el infierno, Gustavo coincidió en la misma celda con Miguel Prince. Miguel, fue liberado al quinto día tras sufrir dos interrogatorios junto a una trabajadora social de Gral Rodríguez. Durante el juicio contó que «Con ella, nos llevaron en un choche, y al hermano lo llevaron en el baúl. Nos dejan en un baldío de Dock Sud, el traslado habrá durado 10 o 15 minutos”.

De aquellos tormentos, el ex intendente de Luján recuerda a Carlos Ochoa, un compañero del Banco Nación y un joven de 15 años de La Plata, Víctor, vinculado al movimiento estudiantil, además de Gustavo Fernández. “En un momento llevan a Miguel Prince, quien le había prestado la casa a mi hermano” recuerda Gustavo, sin detalles de aquella convivencia en las celdas de Avellaneda.

Tanto Gustavo como Miguel remarcan las diferencias entre el grupo de tareas encargado de los interrogatorios que incluían torturas y también de los traslados, respecto al personal de custodia que llevaba comida cada tanto y vigilaba a los detenidos. “La impresión con la que nos quedamos es que era un espacio de la policía utilizado por estos grupos de efectivos del ejército con jurisdicción en Luján y más concretamente vinculadas al regimiento 6 de Mercedes” informó Prince tanto en 2004 como recientemente frente al tribunal de La Plata.

La pesadilla de los hermanos Fernández continuaría en otro centro clandestino de detenciones. Para entonces, habían desarrollado “una gran habilidad” para bajar y volverse a colocar las vendas cuando el ruido de las puertas anunciaban la llegada de los guardias. “En ese lugar, el trato fue distinto, no había grupo de tareas ni torturas” comenta mientras se reclina Gustavo como quien busca un envión para seguir adelante.

El pozo de Quilmes en la actualidad.

Otra vez, por una mirilla conoció que el lugar tenía celdas alineadas a lo largo de un pasillo largo que daba a un hueco. Por ese hueco, supo por los gritos que en el piso inferior también había mujeres. Enfrente había otro pasillo y una sola celda más. Desde allí “un muchacho me fue enseñando a hablar con señas, haciendo las letras con las manos, resultó ser Néstor Ruso” y por las noches de diálogos mudos supo que era de La Plata, que hacía tiempo que estaba detenido y tenía un ahijado que era cura en Mercedes. Por su descripción y la de otros detenidos se supo que se trataba del pozo de Quilmes. Gustavo también coincidió con militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo por aquellas horas. Con su hermano Carlitos, pudo charlar de celda a celda, durante algunas noches. Estuvieron hasta el 29 de septiembre cuando ambos fueron nuevamente trasladados.

El testimonio encuentra una pausa antes de encaminar el final del relato. Un momento imborrable no solo para él, también para las siguientes generaciones. Del tercer trayecto, Gustavo solo recuerda que los encargados del traslado preguntaron al pasar por “la comisaría vieja” a alguien en la calle. Junto a Carlitos pasaron dos noches atados. Al tercer día los ruidos anunciaban la vuelta de la violencia. “Me gritaron ‘me mentiste hijo de puta’. Era como si se hubieran enterado de cosas que yo supuestamente tenía que saber y no les dije”.

El último traslado fue notoriamente más largo que los anteriores. «En un momento me dio la sensación de que estábamos entrando a Luján por la curva de un puente, agarramos una calle de tierra durante pocos metros y paran”, Gustavo todavía no sabe donde están, sospecha que su hermano podría estar en el baúl o en un coche atrás del suyo porque llega a escuchar un comentario que refiere a ‘estos de atrás’.

El falcón que trasladaba a Gustavo se detiene. La memoria de los caminos no falló, estaban en Luján nuevamente, aunque él no lo confirmaría hasta minutos después, cuando logró fugarse de los infiernos de la dictadura militar.

La venda estaba prácticamente baja por el traqueteo del camino, a lo lejos se escuchaban voces y risas. Gustavo, quedó solo en el coche. No dudó en destrabar la puerta con la boca, salió y corrió a la camioneta estacionada a pocos metros. “Dije despacio, llamé, Carlos y no me respondieron”.

Es lo último que supo de Carlitos, aquel pibe de 26 que soñó en cambiar el mundo junto a una generación irrepetible. Gustavo corrió hasta chocarse con un cerco, recorrió algunos metros a la vera del arroyo pero antes de cruzar un puentecito un disparo lo interrumpe en su carrera. “Me asusté, pensé que me habían descubierto” dice, “pero ví que había un criadero de pollos y supuse que se trataba de un sereno que vio movimiento y tiró al aire. Tuve que retomar en otra dirección, cortando campo”. A lo lejos, las luces de la ruta 5 le permitieron reconocer las torres de la Usina de la Cooperativa Eléctrica, estaba saliendo de Hostería. Tiempo después sabrá que se trataba de una casa quinta, propiedad del oficial mercedino Schestopalek.

Durante los dos meses desde su secuestro en el departamento de la calle Fernández en Capital Federal había perdido 20 kilos, le costó llegar al barrio Sarmiento donde un amigo lo cobijó y lo contactó con un familiar lejano que le dio resguardo, primero en Open Door y durante varios años en Chivilcoy hasta que la tormenta fue amenguando. Pasaron varios años de clandestinidad y temor, y los aprietes continuaron con familiares.

Gustavo Fernández declara frente al tribunal de La Plata vía zoom. Marzo de 2021.

Pasaron 45 años, ahora, está nuevamente frente a la cámara del zoom, hablando para el tribunal de La Plata y quienes seguimos la transmisión por streaming. Este juicio, podría determinar cómo operaron miembros de las fuerzas y civiles durante la última dictadura militar, y achicar el margen de impunidad de los esbirros de la dictadura. Para Gustavo, para los y las sobrevivientes del terrorismo de Estado y también para quienes heredamos los sueños de aquella generación, sigue vive la lucha por la verdad y la justicia e intacta la memoria.

Colocación de la baldosa que recuerda a Carlitos Fernández en la calle Humberto. Año 2015

Este relato se construye a partir de los testimonios de Gustavo Fernández (hermano de Carlitos Fernández) y Miguel Prince durante el juicio por el Pozo de Banfield, Pozo Quilmes y El Infierno de Avellaneda. Las novedades respecto a la causa pueden seguirse en https://diariodeljuicioar.wordpress.com/

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